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martes, 17 de julio de 2012

Entrar a Bolivia, entre prejuicios, vergüenza y restricciones económicas, pero con total admiración.



Cansados como estábamos, después de evaluar opciones, lo mejor fue cruzar a Bolivia esa misma noche.  Yo ya conocía Villazón y en el marco del viaje en el que fui, no la había apreciado. Todos los que hacemos el tan de moda viaje al NOA pasamos la frontera para comprar los regalos en Bolivia, porque es más barato, ni tanto, pero para los que la ratoneamos todo suma. Además Villazón es una ciudad de contrabando con aduana y migración irrisoria para una frontera internacional. Obviamente, a su gente no le gusta que vallamos todos los mochileros de verano a comprar artesanías industriales porque favorece el cambio y su economía es más débil.
Oki era cordobés, blanco pero con acento no porteño; el señor Pum era morocho de pelo lacio largo, por lo que no iba a tener tantos problemas y Monk y yo blanquísimos, de pelo castaño y look gringo. Todos ya sabíamos que en Bolivia no quieren a los extranjeros (para ellos son todos gringos, yunkies, europeos, argentinos, brasileros, etc), que ante el menor problema si la despótica policía interviene le da la razón al boliviano y que su trato es cortante mucho antes que cordial, que no se negocia ningún precio y que los camioneros te cobran por los dedos. La verdad es que antes de entrar temíamos un poco la magnitud de la discriminación anunciada, no porque nos pareciera mal que se tomen al extranjero como un potencial despreciador de sus costumbres, sabiduría y color de piel, recordando sus antecesores saqueadores, torturadores y asesinos; si no por el factor humano que no lograríamos conocer. Además a mi me daba vergüenza entrar como argentina con acento porteño y blanca, a Bolivia tan discriminada, despreciada, explotada y humillada por otros argentinos. Y cabe decir que muchos de esos argentinos de mierda no se contentan con discriminarlos, humillarlos, explotarlos y ningunearlos en argentina, si no que muchas veces como el cambio nos favorece y además es barato, se van de vacaciones a Bolivia a completar la misión y acumular argumentos a favor de los abusos tales como la falta de higiene, la precariedad del transporte, la pobreza y marginalidad, y la falta de cultura occidental. Hijos de puta. Con humildad y la tarea de encontrar bolivianos dispuestos a escuchar que no todos los argentinos somos racistas y explotadores y compartirles nuestra admiración por su cultura, entramos a Bolivia esa misma noche. Emocionados y apasionados por su mundo, por conocer las treinta y pico de etnias que constituyen el Estados Plurinacional de Bolivia, las reivindicaciones de Evo y sus críticas.  El mímino detalle de que en todo el país no haya ni un macdonals creo que ya hace de Bolivia un lugar al que es un honor poder conocer; aún cometiendo la burrada de pensar este hecho por sí mismo y no como expresión de las fuerzas de sus culturas que resisten la invasión.

Todas las fronteras tienen estas instancias: migraciones (una del país del que se sale y otra del que se entra) y aduana (en la primera se declara los bienes con los que se sale y en la segunda se detallan las características de los que se entran así como su valor). La mayoría de las veces están mezcladas o unificadas y en el caso de La Quiaca – Villazón la primera no tiene aduana y en la segunda es un formulario que se completa sin el menor control material sobre el equipaje. Pero es imprescindible cuando uno cambia de país salir legalmente y entrar legalmente, o sea, sello de salida y sello de entrada con la correspondiente visa. La visa es el permiso que el país al que se ingresa otorga para poder quedarse, 30, 60, 90 días y las hay de turismo, de trabajo, de residencia, etc, y otras son pagas (por ejemplo en Venezuela les cobran a los yunkies ese permiso de entrada y cuando quieren irse deben pagar el doble por la salida). Aprovecho el espacio para explicarlo, porque conozco muchísima gente que por no saberlo (y porque no conozco una sola frontera en la que expliquen bien los pasos a seguir y como manejarse) creyó que con la salida alcanzaba, entró ilegal al país sin saberlo y se enteró en un casual control policial cuando ya esto era un problema.
Los gendarmes argentinos fueron amabilísimos hasta con Monk que los maltrató bastante, cuando después de esperar 10 minutos en la ventanilla de los gendarmes bolivianos se fue a quejar con los gendarmes argentinos con un argumento parecido a este: estoy entendiendo bien? Te estoy diciendo que ya esperé 15 minutos y me estás contestando que no podés hacer nada, a pesar de que no hay nadie a quien tengas que atender, y que tengo que seguir ahí, esperando, hasta que a alguien se le ocurra aparecer? Porque me parece algo tan absurdo que quería dejar las cosas en claro. Se ve que ya estaban acostumbrados, porque se sonrieron y nos convidaron mate. Llegaron los otros gendarmes, llenamos los formularios y fuimos a enfrentar el horror de la ciudad comercial contrabando fronteriza, del trafico caótico boliviano, la mugre y la discriminación anunciada.
De todo lo que nos habían dicho no se cumplió nada. El tránsito no era ordenadísimo, pero nadie nos tiró el coche encima como en las ciudades argentinas (lo que sí me sorprendió fue ver autos carísimos, como un modelo de nissan que no había visto ni en bsas, en una ciudad tan pobre). Encontramos alojamiento barato, yo me tiré un lance y nos hicieron un descuento considerable; sonrisas cálidas de por medio. Fascinados como estábamos salimos a recorrer y nos encontramos con festejos por el aniversario de la ciudad, con desfiles, música en vivo y fuegos artificiales. Pensé que hay gente que se contenta con ser recibido o despedido de una ciudad por la lluvia como buen augurio. Así de hermoso es el universo conmigo, siempre me da más de lo que puede imaginar (gracias). No faltó cruzarnos con argentinos durante el paseo que se quejan de no ser Gardel con la plata como esperaban. Los retamos por esperar y pretender que Bolivia sea un prostíbulo freeshop, y les aconsejamos volverse si no iban a disfrutar de las diferencias.
Al día siguiente nos ocupamos de los aspectos organizacionales del viaje, como el cambio y el transporte (postergando una vez más el recorrido en común) y para nuestra desgracia al problema de no poder sacar plata del país, se le sumaron, la ausencia de bancos que nos cambien peso argentino por boliviano al cambio oficial y el aumento de la yerba mate. El tema económico se empezaba a vislumbrar para el orto, pero como viajera era algo que ya sabía que tarde o temprano iba a pasar. Entre la fascinación por la tan distinta, admirable e interesante cultura boliviana, los deseos de no consumir y todo lo que quería dejar atrás, el disponer de muchísima menos palta que la esperada pasó a segundo plano.  Lo único que necesita un viajero es lo mínimo indispensable para alojamiento, comida y transporte y a veces ni siquiera, porque la gente te invita o convida, se puede hacer dedo o pedir descuentos y existen muchísimas maneras más de las imaginables para dormir sin pagar. Con mucho menos dinero antes me iba a quedar sin plata obligándome la situación a generarla, y en el instante que uno descubre que puede vivir en cualquier lado de cualquier cosa, ya es libre para siempre; y a mi eso me había pasado en México, asique adelante!
Era tanta mi fascinación por el mundo boliviano, quechua al sur oeste, que cada vez que miraba a alguien a los ojos sentía que le expresaba mi admiración. Nunca podía dejar de sonreírles (ni siquiera a una chola que me maltrató bastante, porque le molestaron mis preguntas sobre la comida que vendía y sus ingredientes)y la mayoría devolvía la sonrisa con una simpatía que tiraba a la mierda todo lo que nos habían dicho; y yo más me emocionaba, porque sentía que les gustaba que estuviéramos ahí. 

miércoles, 27 de junio de 2012

Hacia Bolivia

Los dos pos (sr. Mon y Pum) se fueron a conocer Humahuaca antes de la fecha pactada para cruzar juntos la raya. Oki y yo no nos podíamos mover, porque esperábamos él una encomienda de su mamá y yo mi mochilota con todas mis cosas que les había dejado a mis amigos en Tucumán, pensando que regresaría luego de hacer Catamarca. La caja de oki llegó con apenas unas horas de retraso y la mía tardó casi un día más, porque en la terminal de Tucumán se tomaron todos los feriados de semana santa, incluyendo el sábado, cosa que para mí hasta ese momento era impensable. Asique pasamos toda esa tarde comiendo los exquisitos huevos de pascua que había mandado la mamá de oki, mientrsa yo inventaba sin para historias sobre una alergia gravísima que tenía, para conmover a la gente de la terminal y que convencieran a los choferes de que despacharan mi mochila con la medicación y la pomada cuanto antes. Finalmente llegó como cuatro horas antes de lo previsto, pero a las cuatro de la mañana, por lo que no la tuve como hasta las diez como me habían dicho. Igual aprovechamos el tiempo en despedirnos de amigos, sobre todo de zipo, otro cordobés chuleadazo que había acompañado a oki en la primera parte de su viaje. Ninguna despedida termina temprano y esta no fue la excepción, aunque ya teníamos ganas de estar en un lugar diferente desde que habíamos bajado de la peregrinación y habían empezado los feriados de semana santa.
Como si los pos lo hubieran intuido, dos segundos antes de abandonar el histórico camping del gran tilcara, nos empezaron a llover al celular listas detalladas de las pertenencias que se habían olvidado y los posibles lugares donde las encontraríamos. Asique, como si esos cinco días de demora no me hubieran puesto lo suficientemente intranquila por la encomienda que venía con mi compu, mi pasaporte y mis dólares, además de todas las otras cosas, demoramos veinte minutos más en el operativo repatriar los objetos perdidos de los pos.
En la terminal me reconocieron y me preguntaron por la alergia, ahora me la curo seguro les dije y aproveché para pedirles que me dejaran pasar a su oficina a buscar la pomada y ponérmela. Desesperada y dormida como estaba encontré todo en cinco minutos y redistribuí lo necesario, sin permitirme buscar el perfume que tantas ganas tenía de ponerme. Estábamos apurados porque teníamos que llegar a la quiaca esa tarde y yo había convencido a oki de llegar a dedo.
Nos plantamos en la estación de servicio y contrario a mi pronóstico tardó más de dos horas un camionero en llevarnos. Como en casi todas mis experiencias, nos levantó el mejor que nos podía tocar. Era un boliviano que había vendido el lote que había heredado y vivía en argentina hacía más de veinte años. Se había comprado un camión que él mismo manejaba y aprovechaba para viajar y conocer. Amo los camiones, si fuera por mí me movería sólo en ellos pero a veces no sale, le conté. A él también le encantaba llevar gente, porque le gustaba la vida de los viajeros y se arrepentía mucho de no haberse animado a hacerlo cuando se fue de Bolivia. Eran otras épocas, muy peligroso y no lo hacía tanta gente, me contó. Además nos explicaba todo, la agricultura y economía de la zona. Yo le conté la misma historia que le contaba a todo el mundo, cuando en mi primer viaje a la región me ofrecieron milanesa de llama como plato típico y me horroricé, y una chola muy irónica me preguntó si comía las empanadas de carne del mercado y cuántos kilómetros hacía que no veía una vaca. Se cagó de risa como todos.
El peor dedo de mi vida, el único medianamente malo, había sido hacía un mes aprox, con mis amigos los tucus desde tafí del valle a amaicha. Después de esperar más de tres horas al mediodía con el sol del altiplano achicharrándonos toda la piel y eufóricos de
insolación, un viejito lleno de pelo blancos en la cabeza y brazo y acento anglo, había parado su auto importado para preguntar para que lado quedaba cayafate. Yo le había indicado y mangueado, obvio. Medio desconcertado dijo que sí y subimos (como no puede ser de otra manera con todos nuestros petates desparramados y dos músicas distintas en dos celulares distintos en las manos). El señor nos miraba sobresaltado y asustado. Apagamos las músicas y se empezó a escuchar una como de misa que era la suya. El camino estaba lleno de curvas, subidas y bajadas y nos dijo que nos pusiéramos el cinturón de seguridad porque el peligroso y una vez él había tenido un accidente gravísimo. Y nos empezó a contar la historia, toda tétrica y macabra de cuando se le había muerto la esposa en ese accidente gravísimo. Lento, pausado, transpirado y macrabo. A nosotros nos daba risa porque estábamos bastante insolados, pero igual advertíamos su energía densa. Cada vez que había una curva se desintonizaba la emisora y hacía la música religiosa más tipo fúnebre. Lo peor fue cuando contó que le había puesto gas al auto importado y no tuvimos más dudas de que estábamos en manos de un desequilibrado. Cada vez que la tucu y yo, que íbamos atrás, nos movíamos o nos decíamos algo, él disminuía la velocidad, se daba vuelta para mirarnos a ver qué hacíamos. En las bajadas apagaba el motor, porque creería que así economizaba. Cuando se empezó a quedar sin gas, en vez de pasarlo a nafta, siguió prendiéndolo y apagándolo hasta llegar a una estación. Al tucu le contó la historia de su vida y de qué mal la había pasado en todas las enfermedades que había tenido, porque era hombre, motivo por el cual el tucu se convirtió en su defensor cada vez que la tucu y yo nos acordábamos y nos cagábamos de risa. Las demás todas buenas experiencias, como la de este señor que nos fue contando sobre Bolivia mientras nos acercábamos a ella.
Nos dejó en un cruce entre nuestra ruta y la que lo llevaba a su mina de carbón. Pero antes nos habñló maravillas de Potosí (su ciudad) y del tío, que es quien acompaña y protege a los mineros que lo tributan. Nos contó que la primera vez que había vuelto a saludar a su familia, una noche vio una luz dorada vertical, desde el piso hacia arriba en el cerro y se asustó. Al día siguiente contando y preguntando, le habían dicho que era un señal del tío, que lo había elegido para mostrarle donde había oro, que sólo él lo veía; que debía ir con su tributo (chupi y coca) dejárselo y poner una señal, al día siguiente ir solo y sacar el oro. Nuestro amigo manifestó que ni en pedo entablaba amistad con el diablo y mucho menos por su oro, asique nunca más había mirado ese cerro de noche. Yo estaba más que maravillada con semejante historia y quise ver que le pasaba a oki, pero este estaba inmutable detrás de sus anteojos, miré por abajo y dormía el culeadazo. Nos despedimos, yo le quise regalar una de las billeteras recicladas que hago o un dibujo en agradecimiento, pero ni aceptó ni me dejó que se los enseñe siquiera.
Varados en tres cruces estuvimos fácil cuatro horas, odiados, en frente del puesto de gendarmes que revisan a todo el mundo que toma esa ruta en una u otra dirección (desde o hacia Bolivia). Nosotros fuimos un caso especial y creo que los desconcertamos. El camión nos dejó a unos metros hacia la derecha paralelo a su puesto y de alli caminamos hasta dos o tres pasando su puesto y creo que no supieron si les competía revisarnos o no, por eso no nos dejaban de mirar. Yo me acordaba la primera vez que había estado en ese control con mi amiga la fotógrafa de pelo fuxia y del gendarme que se le había dado por revisarle uno por uno sus miles de rollos mientras se hacía el simpático; y agradecía la confusión y nuestra libertad.
Cuando empezamos a vivir la hora número cinco sin que nadie nos levante en esa ruta desierta para llevarnos a la quiaca, le informé a oki que ya estaba harta, que iba a sacar mi perfume y jugar un poco con las cosas que había estado esperando. Oki asintió y abrió su mochila también. Yo encontré mi perfume y él encontró el de él, boludeamos un rato y los intercambiamos, ambos nos pusimos los dos mientras los gendarmes nos
miraban y buscaban algo para decirnos. Ya nos habían hecho cambiar de lugar dos veces y a mi me habían dicho que me sentara más alejada de la ruta. Con oki planeábamos trampas para matarlos sin dejar huellas. Después del perfume saqué los libros, después los lápices de colores y el cuaderno de dibujar, cuando me aburrí las dos remeras para hacer cambio de vestuario si quería; me sentí transpirada y desarmé toda la mochila hasta encontrar las toallitas húmedas de limpiarle el culo a los bebes, me lavé la cara con eso y le ofrecí una a oki que le encantó la idea. Solo cuando me faltaba sacar de la mochila las ojotas, la toalla, el snorkel y la hamaca que llevó para cuando llegue al caribe y quizá la pollera hindú, a lo lejos se vio un micro. Lo paro? Dijo oki, ansioso por irse. Yo pago diez le dije, e incrédula de que iban a hacer semejante descuento empecé a guardar con toda la paciencia del mundo; era como si jugara a que nos iban a descontar tanto y llevarnos después de cinco horas de nada. En menos de un minuto me hizo seña de que nos íbamos, y yo tenía todo TODO TODO TODO desparramado, que con el pánico esénico, la gente que apuraba desde arriba, los choferes que estarían cansados y querían llegar, los gendarmes que miraban, el bus estacionado en el medio de la ruta, la curva a unos metros, TODO parecía el triple, no me entraba en la mochila, estaba nerviosa y torpe y sentía más sueño que nunca. Oki me ayudaba y yo no podía retener que guardaba él y que guardaba yo, fue un caos. Cuando subimos nadie parecía enojado y agradecí a mi paranoia que hubiera creado semejante realidad paralela en mi cabeza, porque entonces yo ahora tenía una buena noticias.
Mejor que el precio, la buena onda colectiva y el calorcito del bus, fueron los asientos. Eran como sillones, alcochonados y reclinables. Nosotros veníamos de 15 días en carpa, peregrinación de por medio. Me puse la música en el mp3 y me quedé dormida escuchando música como tanto me gusta hacer (costumbre que me va costando ya tres auriculares rotos en lo que va del viaje, porque parece que los aplasto) y amando ese momento. Al instante siguiente me despertó oki (una vez más) con el cuento de que habíamos legado, que nos habíamos pasado y estábamos en el taller de la empresa y que mi celular no paraba de sonar. Fue horrible salir de ese sueño divino que estaba teniendo con una canción hermosa, para tener que hacerme cargo de mi mochilota toda mal armada y pesada, de encontrar la terminal y de los 500 mensajes de los chicos contándonos todos sus contratiempos y preguntándonos dónde estábamos que había recibido al entrar en la ciudad. Llegamos a la terminal y encontramos a los pos antes de que pudiera siquiera contestar un mensaje.
Nos abrazamos, nos besamos, gritamos, saltamos, alguno de nosotros le pisó un bulto a una chola y casi se arma. Fuimos a dejar las cosas a un lugar que habían encontrado los chicos donde todas las mujeres que se dedican al negocio de pasar ropa usada por las fronteras se reunían. Era un rectángulo como de tres por seis, había fácil 40 mujeres con unos bolsones enormes (muchas cholas pero no todas), una que dirigía, contaba prendas y pagaba y su hijo (único hombre hasta que llevamos nosotros) que oficiaba de perrito faldero. La dueña del negocio es esa, dijo pum que por estar medio deshidratado de lo apunado que estaba no se movía de la sala hacía rato; es una chola devenida en manta polar, y fue genial. Una vez más, cada uno contó su versión de las horas que habíamos pasado separados y nos felicitamos por el reencuentro. Ahí empezaba la odiada tarea, después de todo lo que habíamos pasado durante el día, de ver cómo eran los hospedajes de uno u otro lado de la frontera y decidir donde pasábamos la noche y ver cómo hacíamos con el cambio.

La última cena, ente relatos de las bandas femeninas e imposibilidad de mapas

De vuelta al camping y ya habiendo descansado un poco, conocí una mujer que también había subido pero en rol de observadora mujer de la música y el género. Me contó sobre las mujeres en las bandas de sikuris mixtas, especialmente de su conquista de los espacios de mando y de cómo les había costado ganarlos, y de las bandas solo de mujeres. Ella era de esas lesbianas feministas (que no son todas, siempre hace falta aclararlo) que no solo creen que hay que matar a todos los hombres y que todas las mujeres debemos hacerlo, sino que estaba convencida de que el proceso ya había empezado e impartía ordenes al respecto todo el tiempo. Pelo corto, escuálida y demacrada, mala y cortante con los varones (así les decía), pero se le llenaban los ojos de lágrimas cada vez que hablaba de la formación de la primera banda de sikuris de mujeres y era imposible no querer abrazarla. Porteña, profe de música haciendo su tesis para posgrado en géneros dentro de las prácticas musicales. Cuarentona con laptoc en nuestro camping.
Enseguida quise que fuéramos amigas, asique le conté que yo venía de familias muy matriarcales por lo que para mi el desafío era hacer el camino inverso y devolverle a los hombres el estatuto de sujetos. Le importó un carajo mi historia y quiso evangelizarme sobre la urgente (para los militantes dogmáticos todo sucede ahora: la revolución, los abusos más atroces y la mejor gestión de su organización, obvio) necesidad de prescindir de ellos. Me entristecí de que no pudiera encontrarse en mí y con dos o tres frases que me se de memoria, porque las tuve que usar muchas más veces de lo que hubiera querido, me zafé de la charla evangelizadora feminista anti hombres. Seguí hablando con ella, porque me interesaba mucho su investigación y porque me gustó sentir que yo nunca podría ser tan cuadrada. Pero tuve que superar cierta rabia conmigo misma para poder escucharla. Yo había visto a esas mujeres en la peregrinación, cargando, subiendo, tocando, comiendo, pero no me habían llamado la atención, ni había tenido ganas de hablar con ellas. Pensé que quizá era por semejante desilusión del evento religioso y porque no me pareció interesante la conquista de un espacio así. Tuve que reconocerme que no me había identificado con esas mujeres en lucha.
Contrario a lo que yo me había imaginado, cuando un grupo de tilcareñas decidieron armar su propia banda de sikuris, la mayoría de la cerrada, inamovible, tradicionalista y machista sociedad norteña las apoyó, no todos, por supuesto. Antes de esto las mujeres subían y bajaban el cerro, peregrinando por su amada virgen y sus materiales deseos, pero no formaban parte de las bandas: a lo sumo subían botiquines, banderas y carpas (enfermera, costurera, ama de casa) y por supuesto trabajaban en los puestitos de comida familiar (cocineras). Dice el diario que ellas dijeron, que cuando se deciden a formar la nada, los hombres les prestan los instrumentos y les enseñan a tocar, porque hasta ese momento no habían tenido posibilidad de aprender. Desde el 97 que surgió la primera hasta hoy se formaron cuatro y varias otras comenzaron a ser mixtas.
Cuentan las de la primera banda que cuando por fin se sintieron listas y con los instrumentos necesarios tuvieron que ir a pedirle la bendición al cura para poder asistir al evento. Y salieron de la casa donde se reunían tocando con miedo y vergüenza, porque no sabían como iba a reaccionar el pueblo. En el trayecto de la casa a la iglesia todos las aplaudieron, acompañaron y las demás bandas se sumaron al peregrinaje hacia la iglesia por la bendición. Cuando llegaron el cura las bendijo, pero les pidió silencio a las demás bandas para escuchar por primera vez una banda de mujeres y por primera vez se escuchó una sola banda por período de tiempo.
Todos nos emocionamos mucho, sumaba bastante la forma del relato de nuestra evangelizadora, aunque desprestigiaba mucho el apoyo recibido. Hoy por hoy, la mayoría de las bandas tienen más de 50 años de trayectoria y ya están constituidas,
todas tienen sus instrumentos, trajes y algunas hasta esponsors; ellas se siguen solventando con donaciones y les sigue siendo muy difícil, además del quedirán norteño, plata para instrumentos y trajes y ayuda con sus hijos y casas para poder ocuparse de la banda.
La invitamos a comer unos ñoquis rellenos que habíamos hecho y que serían nuestra solemne despedida del mundo de las cocinas y de la comida argentina, y no pudo creer que los hubiera amasado el señor mon mientras su compañero pum, oki y yo estábamos boludeando con tilcareño, internet y fernet respectivamente. Yo aporté una salsa blanca, que me salió grumosa como cada vez que se me ocurre compartirla con alguien, ella un vino riquísimo, el cordovazo su fernet que nadie se atrevió a tocarle y pum un video de él bailando de libertad cuando se había cortado el pelo en la punta del cerro de los siete colores purnamarqueño (lo tenía por debajo de las tetas! decía). Le agradecí que nos compartiera su investigación y que me acercara a algo a lo que no me había acercado. Los chicos optaron por no intentar convencerla de las discriminaciones que ellos también sufren y los miré profundo, agradeciendo su madures.
Cuando terminamos de comer ella siguió con su investigación computarizada y nosotros cuatro disfrutando de lo que el vino nos había regalo mientras esperábamos el fernet de oki. Intentamos charlar sobre nuestros recorridos en Bolivia, pero no conseguimos ni un mapa, ni ponernos de acuerdo sobre quien lo había guardado la última vez. Yo quise que cada uno dibujara lo que se acordaba del mapa y que después comparándolos lográramos uno que sintetice nuestras intuiciones sobre la geografía boliviana, como ya había hecho una vez varada en Colombia con grandes resultados; pero nadie apoyó la propuesta y tampoco le dieron bola al que yo había hecho mientras intentaba convencerlos. A nuestro grupo no le resultaba hacer planes, más allá de cruzar a Bolivia al atardecer del tercer día contando a partir de esa noche.



sábado, 16 de junio de 2012

Peregrinación segunda parte, el interés de los sacrificados ex victimas y nuestro glorioso abandono del evento.


De la nada nos vimos hablando de los momentos duros de la vida de cada uno y estuvo buena esa conexión. Se apareció un personaje que habíamos conocido la noche anterior en el negocio familiar, que nos buscaba con un termo de mate para invitarnos si no teníamos. Nos sentimos contentos y disfrutamos muchísimo del momento. Se hizo de noche y se fue nuestro amigo el porteño solidario, pero nosotros decidimos quedarnos bastante más para descanzar lo suficiente del aglutinamiento de la cumbre del cerro. Empezaron a bajar las nubes y nos rodearon. Esos momentos fueron mágicos, porque en las fotos salía como su humedad ocupaba espacio y eran impresionantes los cambios de temperatura cuando nos atrapaban. Nos fuimos finalmente porque no resistíamos más el frío.
Tomamos mate mirando las bandas que seguían tocando, peleándose por el espacio sonoro, todas al mismo tiempo (150). Cuando ya no teníamos más mate, ni calor, ni onda para seguir poniéndole a la situación, se apareció la banda de talleres con una botella con un líquido naranja. ¿Quieren esto para el frío? Sí,  que pregunta. Es jugo con alcohol etílico. Era fuerte, pero no más que el frío y el panorama (no habíamos conseguido donde pasar la noche). No sé en qué momento del ritual habrá sido, pero se empezaron a ver fuegos artificiales y toda la gente se conmovió mucho. Entonces yo comenté que la próxima vez que subiera (ya había descartado hacia  más de 24 hs. subir al año siguiente, asíque el otro o el otro) iba a llevar fuegos artificiales como manera de poder hacer yo también algo lindo por esa gente que hacía ese evento lindo que yo disfrutaba. A todos les pareció muy bien, pero me aconsejaron pedirle algo a la virgen a cambio. Yo no lo quiero hacer por la virgen, sino para la gente; es para devolver, no para pedir. Igual tu puedes pedir un deseo y la virgen te lo concibe. Y ahí empezaron todos a contar sobre los plasmas y los autos o motos que le pedían a la virgen, y me generaron ganas de hablarles de espiritualidad no material que fue lo que más rabia me dio.
Después apareció una banda con gente que también cantaba, es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente. Y lo que hasta ahí me había parecido algo de los más noble y bueno en tanto gente que sube y baja su cerro pidiendo deseos y agradeciendo me empezó a parecer una mierda. Yo siempre había valorado esos momentos de las tradiciones religiosas, quizá por lo curioso de los rituales o porque se presentan sin tantas restricciones o culpas.  Pero me empecé a acordar todas las veces que nos habían dicho que sin fe no se lograba, y me imaginé que cada vez que yo sentía que no podía y lo seguía intentando porque quería ver el ritual que hacía esa gente, ellos pensaban que le daban ese sacrificio a la virgen para que les diera su vento 0km. Me dio más repulsión que nunca la iglesia con toda su hegemonía aplastando la inocencia de la gente, que le pedía bienes de consumo importados. Pensé en toda la energía de esas 150 bandas con mínimo 12 integrantes y máximo 130, más las 1500 carpas con 4 personas   cada una, más los que estaban sin carpa como oki y como yo, en todo el esfuerzo por subir, las pocas horas de sueño, la música constante, cíclica, ritualezca, casi militar, y entendí al verlo de manera tan evidente que así se frenan revoluciones.
Por suerte ese momento estuvo mechado con historias de la cancha y de la barra de Jujuy defendiendo su localía más allá y contra la institución que regula el futbol de esa categoría provincial y la policía, asíque zafó y esa reflexión pudo esperar, porque en un primer momento me quise ir del evento esa misma noche.
Tomamos seis botellas con ellos, hasta que nos dimos cuenta que si nos daban ganas de hacer pis en esas condiciones, el remedio sería peor que la enfermedad (no voy a hablar de lo que eran los baños). Nos invitaron a dormir en su casita de su banda, pero yo no quise saber nada con su machismo etílico libidinoso, ni oki con las relaciones de competencia entre machos alcoholizados. Asíque agradecimos y les dijimos que mejor dormíamos en la iglesia. Apúrense que ya debe estar llena. ¿Qué? La puta madre. Lo único que no me gusta de viajar es adaptarme en cuanto a horarios, porque esto debió ser a las diez de la noche como tarde y con la mayoría de la gente durmiendo ya.
Efectivamente la iglesia estaba llena ya y como no podía ser de otra manera, no nos dejaron pasar. Asíque nos acomodamos en el único lugar que quedaba en la antesala, al lado de la puerta abierta. Un señor con un olor horrible se acostó al lado mío durante la noche, pero a la mañana siguiente ya no estaba. Muy, muy temprano y todavía de noche se empezaron a escuchar las bandas, mezcladas con música de misa y un cura con micrófono que después nos enteramos que bendecía a la virgen porque la iban a bajar. Salió la gente, salió el cura con su micrófono y su discurso de soy un cura bendiciendo una virgen, y después salieron unas viejas de lo más mandonas a decirnos que nos fuéramos, porque ellas (que se creían elegidas por el honor de la tarea) tenían que limpiar. Yo recordé todas las guarradas que había pensado hacer la primera vez que había escuchado eso de pasar la noche dentro de una iglesia en la punta de un cerro, lo comparé con lo que de verdad había pasado y odié esa tendencia que estaba tomando mi viaje a sorprenderme tanto en cuanto a la distancia entre mis fantasías y la realidad. Las hijas de puta se pusieron a barrer antes de que nosotros nos levantáramos y el odio que me corrió por el cuerpo imaginándome respirando ese polvo me sirvió para levantarme.
Tomamos mate y comimos algo en la plaza mientras amanecía  entre los cerros y volvía a aumentar el frío, tratando de prepararnos para el evento principal: se habían sorteado puestos (postas) a lo largo del camino, cada banda esperaba en su lugar a que llegaran las Señoras que iban bajando con la virgen. Cuando la virgen llegaba esa banda iba tocando con ellas hasta la siguiente posta. Así 150 veces. Además la bajada era placentera, nos habían dicho todos, y yo no veía la hora de pasar casi corriendo y fumando por el camino que tanto me había costado subir.
Con oki teníamos la rara sensación de que lo peor ya había pasado, no había que hacer más sacrificio físico y ya había descansado como para disfrutarlo; pero ya estábamos hartos de los sikuris, de las bandas y de tanta adulación a la virgen por virgen. Nos empezábamos a sentir mal por ser parte de todo eso y ya no cabía una mirada ingenua.
Empezamos a bajar con mucha facilidad, pero sin la alegría que esperábamos. Yo miraba a las familias que bajaban con sus carpitas y me daba rabia que hubieran subido con sus hijos y que les estuvieran enseñando eso. Quería preguntarles qué modelo de celular inteligente le habían pedido a la virgen, en vez de reclamarle al gobierno cloacas, agua potable, gas, que saque las mineras, que proteja los recursos, obras para que las crecidas de los ríos no sepulten los pueblos, escuelas u hospitales para las localidades chicas de la zona, movilidad, y todo lo que no sé que necesitan. Y ya no pude diferenciar entre la institución que saquea y las víctimas que lo permiten y legitiman con rituales como ese. La institución es la gente que la conforma.
Seguimos bajando a nuestro ritmo, alejándonos de la multitud cuando queríamos y volviendo cada tanto. No estuvo bueno no poder disfrutar del evento principal que era la bajada con música, pero nos sentimos muy bien de fugarnos del evento religioso cuando lo consideramos y de decirle a toda la gente con la que hablamos de ese momento en adelante que sí lo habíamos logrado sin fe y que no nos parecía nada bueno ni admirable ni la cultura del sacrificio, ni sacrificarse para que la virgen les haga un favor, ni esforzarse por lograr ser victimas del cansancio y Mercer más ese favor, ni eso de que el que más sufre es el más bueno. Nadie nos contestó nada, y ese silencio que representaba el fin de las conversaciones sobre la virgen fue lo mejor de los tres días de peregrinaje.

martes, 5 de junio de 2012

Tilcara, peregrinación de sikuris. Ábreme el pecho y respira.


No soy una persona religiosa, ni católica, ni creyente, en nada, ni siquiera en mí, ni en los ríos. Cuando hablo del dios de los bancos, de la diosa de la encontranza o del dios del chance (hacer dedo en colombiano), lo hago para burlarme de las instituciones y reírme antropológicamente. Cuando hablo del universo también es para reírme, pero la mayoría de las veces es también para expresar qué deseo que pase, porque sí me parece importante saber lo que quiero. Me parece que en la nada detrás del todo sí creo, pero ya me estoy yendo mucho de tema.
Supe de un evento multitudinario en Tilcara que consistía en gente creyente que subía una virgen al cerro y el miércoles de pascua la bajaba. Y después me enteré que era tradición también que miles (150) de bandas de sikuris también peregrinen, suben y bajen del cerro tocando.  Siempre había tenido ganas de ir a las caminatas hasta lujan, porque sí me gusta ver gente que se esfuerza para pedir cosas y conocer esas historias. Me gustaba la parte del físico y ver como interviene el cuerpo en la religiosidad de las personas, como van sintiéndolo y semantizándolo.
Esa era mi idea, y cuando supe de las bandas de sikuris y de uno de los paisajes más lindos de la argentina, no tuve nada que pensar. Me decían: son 6000 metros, 7 horas subiendo, noche a la deriva; yo pensaba: escalar, música, paisaje bello, charlas sobre historia de vida, buena onda. Me sirvió para darme cuenta que nunca escucho cuando me pongo ansiosa (eso ya lo sabía, pero después putié tanto que no creo que me lo vuelva a olvidar), y que pienso muy soberbiamente que si mucha gente hace algo para mi va a ser fácil.
Lo convencí a oki, mi amigo el cordobazo, video y charla con la banda de sikuris de talleres de perico de Jujuy de por medio, y al día siguiente a primera hora ya nos habíamos ido del camping a hacer las compras para pasar tres días arriba del cerro, escuchando música y fallándola. Contentísimos. Tardamos una hora y veinte en llegar al pie del cerro, con total agotamiento y la mitad del agua. Descansemos un toque oki, le dije. Al tercer paso de reanudada la marcha sentimos como si nunca nos hubiéramos detenido y volvimos a frenar, pero tratando aunque sea de no sentarnos. Era la subida más fuerte de mi vida y no podía creer tener que decirlo a los veinte minutos de haber empezado. Obviamente confiaba en cambiar el aire, asíque no me daba por vencida. A los cuarenta minutos oki se quiso volver y yo le pedí su agua. Desistió, porque él además era vertiginoso y debía pasar por precipicios heavys. Lo seguimos intentando. El aire nunca alcanzaba, pero nosotros nos frenábamos solo cuando el corazón estaba por salirse. Así pasaban las horas y nosotros ni avanzábamos ni cambiábamos el aire. Yo no podía creer que me siguiera costando tanto. Cuando parábamos porque el corazón se salía, teníamos que respirar por lo menos cuatro veces hasta sentir que cada parte del cuerpo tenía la cantidad de aire que necesitaba. Yo seguía sin contemplar ni en broma la posibilidad de no llegar, me parecía imposible desistir (pero realmente más imposible era avanzar). Nos pasaban familias, burros, burras, perros, nenes cargando bombos y nosotros fantaseábamos con una camioneta de la que colgarnos, ya en silencio, cada uno por su lado, obvio. Yo me acordaba de una canción que yo creía que se llamaba ábreme el pecho y respira, y me parecía lo más genial del mundo, pero cuando bajé y la quise escuchar, resultó que se llamaba ábreme el pecho y registra. Lo único que teníamos a favor con oki era que recién eran las diez de la mañana.
Como a las tres horas nos cruzamos a un tilcareño que resultó ser nuestro súper amigo, nos dio alcohol para envalentonarnos y apoyo psicológico. Yo ya estaba en la etapa que me llega poco aire al cerebro y cada tres pasos sentía el principio de cuando me estoy por desmayar (me baja la presión bastante seguido). Se quiso hacer el súper hombre y me dijo de llevarme mi mochila. Amo el machismo le conteste, oki se río, y él me reputió cuando la cargó, con el cuento de que pesaba como doce kilos y que a quien se le ocurre subir con semejante peso. Somos ratas y nos estamos llevando la verdura para cocinar arriba. Silencio que no se entendió si fue porque creyó que éramos vegetarianos y no quiso ser más nuestro amigo, por el peso, porque habría fantaseado con una papita a las brazas, o porque sabía que arriba no había ni leña ni reparo para hacer el fuego, pero no los quiso decir.
El súper tilcara 2012, como todos los lugareños subía desde siempre todos los años sin falta. Cada vez agradecían lo que les había cumplido la virgen y pedían un deseo nuevo. Él subía a agradecer que su hijo no había nacido con problemas como le habían dicho los médicos que pasaría, y a pedir juntar en un mes los 20.000 pesos que le faltaban para poder comprarse el vento cero km que su mujer tanto quería. ¿Qué? Yo tenía demasiado poco oxígeno en sangre como para poder articular algo que no fuera ese qué. Lo miré a oki, pero estábamos demasiado desinflados como para conectar en algo que no fuera “no puedo más boluda, yo tampoco boludo”.
Gracias a él pudimos llegar hasta la mitad del camino, después de nueve horas de subir sin aire. Llegamos, nos sentamos y nos dormimos. Tomamos unos mates cuando nos levantamos de las dos horas de siesta, justo antes de que empiece a anochecer. Nuestro amigo y salvador nos invitó a la tienda que era de su familia, donde se hicieron unos buenos pesos dando de comer al que pedía. A nosotros también, porque apenas podíamos respirar, mucho menos juntar leña.
Cuando nos cansamos salimos y miramos el cielo con sus magníficas estrellas. Se empezó a correr el rumor de que llegaba la primera banda y todos nos acercamos al principio del campamento para esperarla. Se escucharon dos bombas muy fuertes, y luego de a poco y muy lejana su música. Tambores, vientos y cada tanto una matraca. Fue emocionante sentir llegar a esos músicos que habían cargado sus instrumentos todo el camino. No sé cómo, pero se aparecieron tocando (el sikuri es un instrumento de viento y sigo sin entender de dónde sacaban el aire). Se sentía el conmoverse de todos los que habíamos subido con tanto esfuerzo a escucharlos y ellos que subían y tocaban con tanto esfuerzo para nosotros. Todo en absoluta oscuridad con las estrellas de fondo iluminando los cerros y las nubes que de a poco empezaban a bajar para esconderlos y enfriarnos.
Nos emocionamos, tuvimos una charla copada sobre la posibilidad de los orígenes no cristianos de la aparición y la cruel apropiación del culto por parte de la iglesia. Aun en ese momento, con toda nuestra ingenuidad, sentíamos algo raro y susurrábamos sobre el tema. Todos contaban la historia de que el equipo del 86 subió en el 85 a pedir el campeonato, pero nunca volvió a agradecer, y que por eso nunca más argentina ganó un mundial. A mi me pareció un disparate tremendo, hasta que me acordé de haber visto la replica de la copa en el museo de tilcara, junto con una nota de agradecimiento firmada por todos los jugares y demases, y de no haber entendido por qué. Historias. Decidimos que mejor dormíamos afuera que esperar a que se calme de demanda el negocio familiar para que concreten su promesa de invitarnos a dormir. Si en algo nos llevábamos bien con oki era en los niveles de ansiedad siempre altos, aun sin aire que los alimente.  Nos pusimos todo el abrigo, buscamos una linda piedra, porque blanda no íbamos a encontrar, y sin sacarnos ni las zapatillas nos metimos horizontales en la bolsa. Esa noche fue a la intemperie, a 1800 m, sin carpa y con todas las bandas que siguieron llegando durante la noche, pasándonos al ritmo de la música por al lado.
Al día siguiente me despertó oki aun de noche. Quedaba una sola banda sin irse y nos convenía ir con ellos para tratar de seguirles el ritmo. Mientras reaccionábamos se fueron, pero pudimos acomodarnos con tiempo. Yo me sentía tan mal que ni mate tomé, deseaba seguir durmiendo y despertar en un mundo cálido, al nivel del mar, con agua dulce tomable y sin un cerro que subir (todavía no me habían hartado ni los sikuris, ni la religiosidad)
Tanto habremos tardado que llegó otra banda, descansó, desayunó y casi sigue sin nosotros. Nos fuimos con ellos concientes de que nuestra única posibilidad de llegar era no aflojar y hacerlo a su ritmo. Nos alegrábamos cada vez que frenaban y puteabamos cuando no lo hacían, pero ni se nos ocurría rezagarnos. No sé cómo hicimos. Sí sé que había dos niñitos de cinco y ocho años que no lucían cansados y no pude enternecerme de la envidia que sentí por ellos. Cuando faltaban 500 m de subida empinada, nos dijeron que ellos debían dar la vuelta al cerro para entrar por la capilla como banda, pero que nosotros podíamos acortar camino. Fue un error, para oki no tanto, pero yo me tardé más de dos horas en hacer esas cinco cuadras. Cuando por fin estuve arriba no me emocioné ni nada de lo que había pensado. Me senté (me llené de espinas de unos cactos microscópicos que había)  y pasó el tiempo sin que yo pensara en nada, ni siquiera en levantarme. Lo hice cuando junté las fuerzas necesarias y más que nada fue porque escuché que decían que del otro lado había menos viento. Fui al otro lado y me volví a sentar por donde pasaban las bandas a ver si veía al rodrigazo (me sigo confundiendo cordobazo con rodrigado como cuando tenía 16 años, y con poco oxígeno en sangre, peor). Oki no pasó y yo no descansé, pero sí me horroricé de las 1500 carpas que había. Una al lado de la otra. Tantas y nosotros ninguna.
Decidí que me haría mejor caminar que estar sentada y me dediqué a encontrar a oki. Había pensado que me sería fácil, porque llevaba un buzo verde fosforescente de lo más floger, pero resultó que había toda una delegación de sikuris con ese atuendo. Bueno, hasta mañana no bajamos, hay tiempo, pensé. En menos de un minuto lo encontré, buscándome con una botella de agua que había conseguido después de hacer una hora de fila en una canilla comunitaria. Fue lo más. También había averiguado como conseguir agua caliente para el mate, me pidió el termo y reapareció con el agua caliente. Otra vez fue lo más. Pero yo seguía semidesmayada, incapaz de decir algo más que un joya, gracias. Tomamos mate, almorzamos, charlamos con una chica que nos pidió comida y muy de a poco recuperamos nuestras charlas, pero no demasiado. Después seguimos descansando.
Decidimos buscar un lugar al reparo para hacer la siesta y nos encontramos con el club de fans que oki había logrado tener por ser de talleres de Córdova, la banda de sikuris de talleres de perico, Jujuy. Nos invitaron, nos dieron de comer (aceptamos) a él lo alcoholizaron y nos contaron todas sus historias como porongas de la barra de algo. A mi me hartaron bastante rápido. Uno de los más viejos y gordos me quería levantar y proponía a cada rato deshacerse de oki para que nos quedáramos juntos. Además hablaban de la virgen, así que retomé el plan de dormir la siesta. Me despertó oki para que no me perdiera una formación que hacían y luego la vuelta al cuadrado que formaban todas las casitas que eran para las bandas. Fuimos. Me costó un montón encontrarle la onda al evento y a los movimientos de la gente para poder sacar las fotos que yo quería de los músicos con sus expresiones mientras tocaban sus instrumentos. Cuando lo logré disfruté muchísimo. Después pasié un rato, empezando a sospechar que ya estaba un poco saturada de tanta gente, tanto sacrificio, tanto hablar de la virgen, tantas pocas horas de sueño y tanto tambor en la oreja. Al rato me lo encontré a oki que se ve que le pasaba lo mismo, porque me propuso alejarnos hacia la nada (donde empezaba a bajar el cerro, al borde del precipicio)

martes, 22 de mayo de 2012

Antofagasta: odisea de ida, estadía y vuelta: 3


Nos sentaron en los asientos de adelante mientras todos los niños cantaban canciones de verano del 98 y tocaban la guitarra. Nos reímos como quien se burla de lo insoportable que podía haber sido ese viaje si no nos hubiera pasado nada de lo que nos había pasado antes de lograr subir. Todo parecía ir bien hasta que el chofer de David Lynch paró y le entregó el mando al otro chofer, porque a él le correspondería hacer los caminos más arriesgados, y se sentó detrás nuestro con su mal aliento y ganas de charlar. Yo ni siquiera me dí vuelta a mirarlo, pero los morbosos de bil y bel sí, porque nunca escatiman esfuerzos si material para reírse después se trata. En una me tenté y miré a ver qué hacían y David aprovechó para disculparse por el maltrato infringido hacia mi persona con la excusa de que estaba nervioso. Lo disculpé por supuesto y decidí darle una segunda oportunidad.
A los veinte minutos paró el bondi y todos los nenes se bajaron en estampida. Vamos a buscar muestras de roca volcánica para hacer replicas de puntas de flecha. Me bajé detrás de ellos para chusmear y agarrar alguna piedrita para mi y de paso ver si me podía hacer amiga de algunao porque la arqueología fue de mis primeras vocaciones.  Ninguno me miró o habló, pero pude agarrar una piedrita y convencer a bily y bele de que bajaran a agarrarse una también.  A los segundos veinte minutos volvió a parar pero esta vez a que los antis con los que  viajábamos se sacaran fotos con una nube alucinante que había en el cielo. Ya nos empezaba a hartar esa historia de ahorrarnos plata a costa de que nuestra paciencia aguantara tantas estupideces, pero una nube de la ostia es una nube de la ostia, con o sin paciencia; asique bajé.  Después de sacar mis fotos, a bil se le ocurrió que saque con su cámara también; entonces me acerque a la ventanilla del chofer que David Lynch a quien bil se la había pasado para que me la alcance, y el muy descarado no solo me sacó una foto con su cámara si no que con voz macabra dijo: ahora voy a tener una foto tuya para siempre. Yo no pude reaccionar, a penas subí las cejas mientras él se reía. Subí al bus asustada y le hice prometerme a bel que me iba a ayudar a robarle la cámara y borrar la foto. La guardó en el bolsillo de su campera de jean y no se la sacó hasta que nos bajaron del bondi en Amaicha, asique el muy hijo de puta, se quedó con mi foto nomás.
A los quince minutos de la sesión de fotos a la nube todos los niños habían pasado al país de los sueños asique nosotros empezamos a pensar en descansar. En mitad de la noche se frenó el bus para el cambio de choferes y los tres sentimos algo raro sobre la futura gestión de David Lynch al volante, pero nadie lo dijo. El bus se movía bastante por lo malo de los caminos y era común despertarse sobresaltados por golpes o dobladas rápidas. Pero el chofer de David Lynch incorporó la novedad de bajarse de un salto con piernas muy flexionadas cada vez que tenía dudas sobre el camino (cada vez que un río cruzaba la carretera esta interrumpía su pavimento por lo menos cuatro metros que en la oscuridad de la noche  eran suficientes como para no saber para que lado seguía, y estaba muy bien no buscarla desde el bondi porque podíamos quedar encayados). Yo empecé a creer que habíamos tenido que hacerle caso a bel y no viajar con semejante loco por semejante camino y me resigné a no dormir y agarrarme fuerte por lo menos hasta el cruce, pero la verdad es que me acuerdo de haber tenido esa reflexión y despertarme en la estación de servicio de amaicha del valle al siguiente momento. Llegar, llegamos bien. Nos bajamos y el chofer de David Lynch nos acompañó hasta adentro de la gasolinería y saludo contento, yo le sonreí con toda mi cara, aliviada y feliz de no volver a verlo.
Nos compramos unos chocolates cada uno para que esa gente no creyera que íbamos a usurparle así la estación sin consumir nada, y nos acomodamos en los maravillosos asientos y mesas que había, listos para amanecer al día siguiente.
Nos despertaron a las ocho porque tenían que limpiar, el bus a cafayate salía a las diez asique hicimos dedo una vez más mientras tomábamos mate y esperábamos el bondi. Nadie que fuera en esa dirección nos frenó y con el tiempo necesario suficiente para caminar desde la rotonda hasta la terminal de amaicha empezamos a acercarnos. A los veinte minutos me pareció que tan lejos no quedaba y al preguntar nos enteramos no solo de que íbamos en otra dirección, sino de que ya no llegaríamos a tomarlo y debíamos esperar el de las tres de la tarde que era el próximo. Perdón! Si hay algo que se puede decir de la gente que viaja conmigo es que son muy buenos y tolerantes, y por algún motivo que desconozco se imaginan que puedo llegar a bardearla así, entonces, llegados estos momentos que suceden mucho mas a menudo de lo que yo esperaría que sucedan, no se enojan tanto conmigo como sería de prever.
Compramos los boletos y cerveza y acampamos en plaza listos para jugar un buen rato con el efecto ojo de pez de mi cámara.  Nos reímos bastante consientes de que ahí estarían esas fotos para cada vez que nos quisiéramos volver a reír. Se hizo la hora y tomamos el bondi  a cafayate. A los cinco minutos de subir a bel se le ocurrió ir al baño y quedó encerrada, asique tuve oportunidad de devolver al universo el favor que me habían hecho al liberarme, pero bel quedó en deuda. Después fue bil y cubrió su deuda cuando pasó el chico que iba detrás nuestro leyendo la autobiografía de Nietzsche. Yo le quise charlar como quiero charlar con toda la gente que lee Nietzsche, pero me parece que a él le gustaba el lado más depresivo y serión que la risa que yo representaba en ese momento porque la charla no prosperó. Y cada vez que alguien iba al baño le contábamos de la gente de Antofagasta y el chofer de David Lynch y la informábamos de su deber de rescatar al próximo en entrar al baño. Algunos se prendían y otros no, como siempre, pero nos reímos mucho y las tres horas se hicieron cinco minutos.
Bajamos en cafayate y me despedí del chico eche homo y su melena. Paseamos durante veinte minutos mientras discutíamos que hacer y decidimos ir en taxi hasta salta la linda. De las cosas maravillosas del noa es que muchas veces un taxi entre tres es más barato (uno o dos pesos) que los tres pasajes de un bondi de larga distancia.  Tomamos el taxi con un lugareño que habló con el chofer todo el camino y entre los dos nos ignoraron abiertamente, yo recordé al chofer de la primera vez que había hecho ese camino y comencé a sospechar que algo había cambiado. Disfruté y fotografié la quebrada del rio las conchas hasta que el sueño pudo conmigo.  Llegamos a salta capital en medio de un diluvio, averiguamos que el bondi a Tilcara salía a las siete de la matina, dejamos las mochilas en la guardería de la terminal y salimos a buscar la cena.
Comimos sandwich de mussarela completo y con fritas en un chiringo que a penas nos defendía de la lluvia y cuando hubimos terminado el vino salimos en busca de un bar. Llegamos empapados al único lugar hasta el momento abierto un lunes y tomamos algunas cervezas rodeados de gente más joven y más metalera que nosotros. En mis salidas a la puerta a fumar me hice amiga de un saltañero feo pero interesado que me contó de un boliche a unas pocas cuadras. Los chicos se empecinaron en ir y no me quedó otra alternativa. El lugar era antiguo, con pisos de madera y poca trayectoria como antro; tenía dos barras para cambiar la consumición y la gente estaba agrupada en círculos según el género. Pasaban punchi y bailaban cumbia. Todos y todas estaban vestidos más o menos igual por lo que se notaba mucho que éramos turistas. Bil actuó de garantía anti levante, asique bailamos entre los tres sin hacerle caso al genero musical para estar a tono aunque sea en algo.
Cuando terminé de fumar el pucho que había salido a degustar a la vereda, ya con sueño y cansancio, me fueron a buscar para irnos, que conexión! Tuvimos que caminar de una los tres tramos de diez cuadras que habíamos hecho con pausas a la ida y se sintió mucho e frío, el sueño y el cansancio. Llegamos a la terminal, calentita y seca y me desmayé sobre tres asientos sin ver a los chicos hasta que el policía me informó violentamente que me podía acostar en los asientos. Ahí los vi a bil y a bel detrás mio, sentaditos con el mismo problema, y me desmayé sentada, sin ningún tipo de ganas de enojarme con el rati. Cuando abrió la guardería fuimos a buscar las mochilas y la chica me quiso cobrar dos turnos en vez de uno, volví a sospechar que algo había cambiado en la gente de mi amado noa, pero estaba demasiado dormida para hacerle preguntas o establecer hipótesis. Tomamos el micro, previa advertencia del chofer de  un imprevisto transbordo en Jujuy capital.
Dormí maravillosamente feliz en el mullido y mas horizontal asiento del colectivo hasta que me tuve que cambiar de bus y me volví a dormir. Cuando llegamos a Tilcara estaba todo gris y hacia frio. Bajé del bus y fui a ver que hacían los chicos que me llevaban ventaja. Los vi en la fila de  esperar el equipaje y me formé para esperar el mio también. Vos que haces aca? Me dijo bil, vos no despachaste, la tuya es chiquitita, no te habrás dejado la mochila en el transbordo?. La puta madre.
Hable con el chofer que muy amablemente hizo una llamada y me aseguró que mi mochilita estaba sana y salva en el taller. Me informó además que de la terminal todos esos micros van al taller asique no era posible que yo no la recuperase. Me acompañó a hablar con la sra. de las encomiendas para que ella actúe de contacto entre la gente que manipulaba mi mochila y yo. A la sra. no le gustó ni medio ese rol y en vez de llamar se dedicó a hacerlo por chat, con una mala voluntad y lentitud intolerante, previo querer convencerme ni bien el chofer se fue, de que no la iba a recuperar. Los chicos me dejaron el mate y se fueron a buscar hospedaje. Yo aproveche para desayunar en silencio como a mi me gusta y escuchar música cuando hube superado el momento de meditación. No me moví de la terminal hasta que por fin llegó la mochila, sana y salva en la cabina de los choferes y le prometí que nunca mas la iba a olvidar debajo de asiento. 

antofagasta: odisea de ida, estadía y vuelta: 2


Unos segundos antes del viento atroz de las siete de la tarde, el idiota del santafesino que había cambiado rockearla por religión busca ovnis contó, interrogado por el catalán, que además de en sueños los ve en las montañas y en puntos que ellos le dicen (en sueños) y que estaba en ese pueblo para hacer contacto. Que interesante, dije yo con todo mi ser poniéndole onda a la situación. Y entonces me invitó a verlos subidos al cerro que estaba detrás del cementerio ese mismo atardecer. A esa altura yo ya me había tomado la situación como una performance de actuación y estaba tan empecinada en cumplir con mi papel  y a serle fiel a un personaje que me había inventado mientras él hablaba, que le dije con mucho entusiasmo que sí. A veces me dejo llevar demasiado y esos momentos son los que después fundamentan mi fobia e  hipótesis de que hay que tener cuidado con la gente, porque a veces uno se pierde en los vínculos. Enseguida me dí cuenta del error, pero confíe en mi capacidad de improvisar para cuando llegara el momento. A los pocos minutos de que el  atroz pero salvador viento de las siete de la tarde nos abstrajera de las boludeces fingidas del santafesino, él interrumpió el divino silencio para aclararme que la invitación era sólo para mi, que si yo lograba reunirme con mis amigos antes del atardecer caducaba. Me dio muchísima risa que no tuviera vergüenza en excluir y empecé a sentirme tranquila porque no lo había juzgado de indeseable en vano.
Llegamos al reparado, cálido e iluminado hogar de Paqui, puse el agua para mi mate y preparé mis cuadernos para escribir un rato, organizar mi experiencia y concentrarme en que bil y bel llegaran esa noche al pueblo.  Mientras yo disfrutaba de estar sentada y en charla conmigo misma, se apareció y me informó que faltaban veinte minutos, por si me quería bañar o algo, que el avistamiento se producía entre las ocho y las ocho y veinte, que no nos podíamos demorar. Ya no era necesario que yo me esforzara más por contener la risa, asique le dije abiertamente que prefería tomarme el  mate y seguir existiendo sin él ni sus ovnis. A partir de ese momento no me habló nunca más y fue el único evento que podría catalogar como religioso del día.
Después se apareció Paqui, que todavía era buena y dulce, con la historia de que la ex senadora de Catamarca estaba ahí y que íbamos a amasar fideos. Me morí de amor por la pasta, por amasar con Paqui y por la historia de la mujer que no me quiso decir el nombre, pero que desde siempre iba  por lo menos una vez por mes  a Antofagasta para recorrer  la región sin decirle a nadie de su cargo y que hacía unos meses Paqui se había enterado que había sido  senadora pero que ya no era. Durante la cena aproveché a charlar con ella sobre todo lo que pude:  que me contara sobre la mina de mierda que está perdida entre caminos de ripio, sin médicos; que les llevan comida a los trabajadores cada quince días y se han muerto varias mujeres dando a luz porque no hay ni agua potable. Quise ir a conocer y empecé a fraguar algún plan, pero faltaba todavía que bel y bill llegaran. Me contó sobre las culturas indígenas del lugar y los logros en cuanto a reconocimiento y respeto; y desee lo mismo para los Quilmes de Tucumán. Finalmente confesó desilusionada que se había hartado del mundo de los políticos y había decidido no presentarse para que la reelijan en su cargo y seguir gestionándola por su lado. Había también un sanjuanino cincuentón que se dedicaba a llevar turistas de aquí para allá en su combi y aproveché para felicitarlo por su hermosa provincia y cálida gente y hacerle la pregunta que me venía interesado desde que conocí la zona: además de la corrupción, por qué creía él que Mendoza era tan rica y San Juan tan pobre teniendo las dos la misma geografía; además de que porque Mendoza se roba los ríos de toda la región. Y me contestó, de manera muy simple y asumida, que era por las distintas culturas de los europeos que habían colonizado, que los de sanjuán eran más perezosos mientras que los de mendoza más ahorrativos y de trabajo organizado; la verdad que me dejó conforme. 
Terminamos de comer, nos tomaron a todos la presión por la altura y sacaron un vino y los dados. A mitad del partido de diez mil mientras yo ganaba con mucha ventaja golpearon la puerta. Se apareció un tipo alto, flaco, desprolijo, feo y algo más que hacía que quisiera mantenerlo lejos pero todavía no sabía qué, pidió alojamiento y detrás de él estaban ellos! Mis amigos! Me habían encontrado! Gritamos, saltamos, nos abrazamos, me recriminaron que no los estaba esperando en la terminal, les recriminé que hubieran tenido el celular apagado; le sedí mis puntos a la ex política (era mi personaje preferido de la mesa, pero no los aceptó) y los llevé a la habitación que había conseguido.
Charlamos durante horas, tomamos el vino que yo había comprado para generar el momento cuando no podía hacer otra cosa y cada cual contó su versión del transcurso de las horas. A ellos los habían levantado enseguida de la rotondita y llevado a un pueblo fantasma en el que había hecho dedo todo el día sin noticias del colectivo. La gente del lugar había sido maravillosamente hospitalaria con ellos, les habían dado de comer y alojado en la sede de reuniones del pueblo, previo contarles lo entusiasmados que estaban por la mina que se iba a abrir en la zona,  por el museo de la mina que el gobierno provincial les estaba armando, por un hospital que les prometieron  y por los puestos de trabajo que se estaban intuyendo.  Todas las montañas maravillosas tienen minerales más maravillosos que las forman y a veces hasta yo misma no resisto la tentación de llevarme una piedrita, pero qué simbólicamente perverso es pensar que la tierra va a seguir siendo la misma cuando le sacan tantas cosas y a esas magnitudes. Ni que decir del uso de metales pesados para separar los minerales, la contaminación de la región y el riesgo para los que los manipulan. Es terrible que ninguno de ellos se haya dado cuenta no sólo de que el hospital, si se concretaba, iba a ser para los dañados o accidentados por la mina, si no que lo deberían haber  tenido siempre.  Que perverso que los comprenden con un museo, como si eso fuera cultura. Mucho más que la minería venga a ser la salvadora del desempleo de un pueblo aislado y pobre que justamente es así porque  la gente rica de la provincia así lo decidió cuando se morfó la plata para las rutas por ejemplo, haciendo que no puedan llegar siquiera camiones con alimento o gas.  Y esta mina no es famatina que llegó a los medios y me parece muy bien que así haya sido, es de un pueblo muy chico, muy perdido lejos de la capital y lamentablemente muy feliz con su museo. Estas son las cosas que me hacen sentir impotente, desesperanzada e insignificante.


Les conté del idiota, pero ya no era grave sino extremadamente divertido, y que se iría mañana de acampada solo a la olla del volcán para hacer contacto. Ahí mismo el hijo de puta de bil quiso que lo siguiéramos y nos le apareciéramos con las linternas en la mitad de la noche reclamando contacto. Cómo desee no haberle visto la cara de cordero degollado, ni sentir una especie de responsabilidad para con la historia de vida que me había confiado. Con toda la frustración del mundo me tuve que negar a hacer semejante proeza, todavía me da bronca haber sido la fuente y sentirme incapas de traicionarlo.
Al día siguiente paseamos, les mostré lo maravillada que estaba con el lugar y con su gente, les conté del viento y fuimos hasta las pinturas ruprestres. Empezamos a volver cuando se declararon incapaces de soportar más caminata a esa altura y nos apuramos cuando se nos antojó algo dulce. Pueblo, interior, siesta igual todo cerrado, nada dulce, o sea mates. Mientras esperábamos el agua caliente en la cocina de Paqui se apareció el personaje que me los había traído a empezarse a ganar su apodo lynchenao. Bil le contó se sentía apunado y David le dijo que eso era algo muy grave, que se podía morir y que él mismo ahora volvía de Tucumán de internar al otro chofer porque le había dado un derrame en la cabeza por la altura. Yo le dije que me había apunado un montón de veces sin hospitalizarme y bil le dijo que preferiría tomar un helado. El nuevo indeseable nos explicó la ubicación de todas las tiendas del pueblo para después aclarar que estarían cerradas por la siesta y ofrecernos mermelada de durazno y enojarse porque no la quisimos. Una vez que bel volvió del baño por fin nos pudimos ir. Después charlamos con Paqui que empezó a alardear sobre unas empanadas de carne que le iba a hacer al sobrino, le dimos a entender que queríamos y nos dio a entender que nos haría. Nos dormimos temprano porque los chicos estaban un poquito apunados y al día siguiente nos esperaba la difícil tarea de ver como volver. 
Amanecimos, desayunamos y  nos preparamos para las ansiadas empanadas. Almorzamos con Paqui y un vino (quisiera acordarme el nombre del vino porque era gracioso, pero no hay caso) y nos dijo en confesión que el personaje de película de David Lynch era el chofer de un micro de la universidad de tucuman que había venido a buscar a los arqueólogos que estaban estudiando las pinturas rupestres y que seguramente nos podían llevar hasta Amaicha del Valle. Los chicos querían ir a Tilcara, Jujuy y yo ya estaba curado de espanto sobre viajar sola por Catamarca, porque no había hipies, ni artesanos bohemios, ni otra gente viajando y me había aburrido muchísimo a pesar de lo maravilloso del paisaje; además de que no me sentía lista para separarme de ellos. Bil se tomó la botella de vino y tubo que ir a hacer la siesta y con bel nos fuimos a charlar y reírnos a la plaza del pueblo.
Al volver queríamos algo dulce, una vez más a la hora de la siesta, una vez más todo cerrado, una vez más a esperar el agua del mate.  Aproveché para ir al baño ya que estaba en la casa (nuestra habitación por ser más económica quedaba a la vuelta de la esquina) y después nos encomendaríamos a la difícil tarea de despertar a bil y planear la estrategia para que la gente de la universidad nos llevara de paso en el caso de que fueran canutos como nos intuíamos que eran.  Entré al baño y no pude no acordarme que ahí había conocido al santafesino de la única manera en que conozco gente en los baños compartidos de los hospedajes: malos entendidos sobre si la puerta está abierta o cerrada.  Cuando quise salir me quedé con el picaporte en la mano y escuché caer la otra parte al otro lado de la puerta. Me tenté muchísimo y empecé a llamar a bel sin gritar porque era horario de siesta. Apareció ella en la mirilla de la puerta más tentada que yo, pero no pudo arreglarlo, asique fue a llamar a Paqui. Rápidamente inspeccioné si había algún lugar para que me pasaran el paquete de galletitas que no había alcanzado a abrir pero estaba todo como si fuera blindado. Se escuchó la voz de Paqui maldiciendo que yo hubiera roto la puerta. ¿perdón? Ese picaporte estaba salido desde antes que llegáramos nosotros y la ratisíma no se dignaba a arreglarlo; que uno le pusiera onda y usara el baño igual bajo su propio riesgo de quedarse encerrado es otra cosa. Asique la dulce y cálida Paqui que ya se empezaba a transformar me putió un rato y se fue a pedir ayuda. Yo estaba más que tentada con la situación, muy consiente de que no debía discutir sobre mi culpabilidad hasta que me liberaran del baño.  Apareció bel con un cuchillo que debía ser grande y empezó a intentar algo que no entendí pero que tampoco logró. Llegó el chofer de David Lynch y al ver a bele dijo con su voz de ultratumba que ya no nos daba risa: tené cuidado (pausa macabra) es cuchillo es de metal y si se te cae encima te podés cortar (mueca macabra), y le sacó el cuchillo. Intentó en vano durante unos minutos restablecer cada cosa a su lugar. Como no pudo dijo que había que romper la puerta. Ahí sí que me pareció más grave la situación, porque la Paqui que ya había mostrado la hilacha me la iba a querer cobrar. Y le dije que primero lo hablara con Paqui. Me dijo que él no estaba para eso y que ahora me iba a quedar para siempre encerrada en ese baño, se escuchó caer la caja de herramientas y se fue. Yo esperé y como no pasaba nada la llamé a bel: bel, sigo encerrada. Todo en susurrus. Sí, ya se; dijo bel que apareció en la mirilla desde la cocina con el paquete de galletitas en mano. Boluda, el tipo este se enojó conmigo y se fue; con él teníamos que hablar para que nos lleve hasta Amaicha. Sí, ya se. Bueno, anda a despertar a bil para que venga a hacer algo de lo que hay que hacer y no podemos. Se fue. Silencio. Yo tentada, pero en silencio, porque si  me escuchaban reírme nadie me iba a ayudar a salir.
Al rato apareció otro señor, este amable y tratándome como si estar encerrada desde hacia media hora en el baño fuera un problema del cual yo era la víctima no la culpable. Me dijo que me corriera, tomó carrera y se abrió la puerta con el atrás: libertad! Me retuvo compadeciéndose de mi todo lo que pudo, hasta que me liberé de él también y pude ir a por el paquete de galletitas. Paqui me miraba feo mientras yo comía y yo le revoleaba los ojos; se apareció bil, todo colorado y lento y me miro con cara de qué hacés acá si me acaba de despertar bel para que te saque del baño. Le dije que ahora la prioridad era hablar con Lynch por el transporte y que él era el único que podía hacerlo porque se había enojado con bel y conmigo.  Nos reímos, se compadeció de la pobre paquita el muy chupamedias y le arregló la cerradura. 
Pasamos al primer inciso en cuanto a responsabilidades ahora que por fin nos habíamos logrado reunir y establecimos la siguiente estrategia: iría bil a decirle a Lynch que nadie nos había avisado que en ese pueblo no había cajero por lo que habíamos ido con poca plata que ya se estaba terminando, y que nos acabábamos de enterar que el bus hacia el cajero mas cercano llegaba en dos días y salía en tres y que no nos daba el presupuesto, que si por favor nos podían alcanzar hasta el próximo pueblo con red. Infalible, mi experiencia me ha enseñado que la gente siempre se apiada con los que tenemos problemas con los bancos ya que a todos los odian por igual. Antes que bil pudiera decir la mitad de chamuyo Lynch le dijo que si por el fuera si pero que dependía de los profesores por el seguro de responsabilidad civil de la facultad. Ahora si que estamos en el horno pensé yo pero no se los dije. En eso pasaron por la vereda 40 chicos de 17 años y Paqui nos dijo  que eran los arqueólogos; les preguntamos si nos podían llevar y nos dijeron que no, que no había lugar ni seguro para nosotros. Los odie.  Bil dijo que seria turno del siguiente portavoz del grupo y como bel estaba casi dormida me toco a mi ir a hablar con los profesores, como si no hubiera tenido yo ya suficiente en mi día en particular y de profesores en mi vida en general. Le encomendé a bil que le cancelara todo a Paqui y me fui a buscar el bus por el pueblo.
El bus estaba al lado de la policía que estaba al lado de un cajero. Puta madre, plan destartalado. En eso se apareció bil a decirme que Paqui le quería cobrar las empanadas, que mejor el me ayudaba con los profes y después juntos le peleábamos el precio a Paqui. En ese momento me sentí como si estuviera trabajando después de comer un asado: era incapas de disfrutar ninguna de las actividades que tenia prevista y debía resolverlas todas por obligación y muerta de sueño; y como hago siempre que debo hacer algo que no quiero, miré el reloj: me dí tres horas para estar alejándome de ese pueblo con todo resuelto y entregarme al sueño. 
Entramos al cajero confiando en que no ande y no tener que inventar otra estrategia y no prendía, no había ninguna posibilidad de que prendiera. No está activado dijo bil que de eso conoce, memorizamos el volazo, entramos en personaje y fuimos a hablar con los profesores que estaban hablando con los ratis mientras todos los pibitos que nos habían negado transporte miraban por la ventana y apuraban para irse. Había que llorar y de lo lindo. Cuando por fin hicieron la pausa en su amado declarar y burocratizar que patrimonio de la humanidad habían encontrado y se llevaban para estudiar mejor en San Miguel con la obligada y siempre inconclusa promesa de devolver, les pudimos hacer el actin y enseguida accedieron. Listo, una adentro, ahora Paqui.
La vieja de mierda no solo nos quería cobrar las empanadas que le habíamos ayudado a hacer, que habíamos comido los cuatro juntos y que nos había hecho creer que nos iba a regalar, sino que  además se le había ocurrido que como yo había estado tres días en vez de los 25 que habíamos arreglado le podía dar 30, porque sí. Yo me la quería morfar, bil quería ir a comprarle harina, tomate y cebolla (la carne llegaba en dos días con el bus) y bel estaba prácticamente desmayada pero con todas las mochilas puestas por si arreglábamos para irnos y agarradas por la inseguridad a la que estamos acostumbrados. Le dije con muchísima vergüenza que me daba muchísima vergüenza pero que habíamos entendido que nos la iba a regalar y que no teníamos esa plata. Y la vieja, que no se le caía la cara por nada ni por nadie, nos dijo que también nos había ayudado a conseguir transporte. Le bufé sin sonreírle ante tanta desilusión y ella dijo bueno y nos sacó la plata de la mano. Le pagábamos el hospedaje y a mi me tenía que dar 25 de vuelto. Se apareció al rato con el perro, la correa y el cuento de que lo iba a ir a sacar a pasear un rato, ni mención a mi vuelto. Ya me importaba un carajo la plata, era una cuestión de todo lo que me había desilusionado su persona, era desleal, traicionera, pijotera, manguera y se estaba haciendo la boluda con mi veinticinco pesos, yo que la había comparado para mis adentros con la santa de mi abuela! Bil no sabía como tranquilizarme y seguía insistiendo en comprarle morrones cuando abriera la tienda. La cuestión es que cuando volví le dije que nomas me diera 12 y se quedara con el resto, tuvo la osadía de decir que menos mal porque mas no tenía, le agarré la plata y no la miré nunca más. A los segunditos llegó el micro repleto de estos pibes egoístas que nos miraban por la ventana con cara de orto y hacían cualquier cosa para llamar la atención. Se abrió la puerta de adelante y ahí estaba él: gloriosamente macabro en su trono, bienvenidos! dijo el conductor de una película de David Lynch y bel dijo que le daba mala vibra y que no quería viajar con él. 

Antofagasta: odisea de ida, estadia y vuelta: 1


Desde la primera vez  que ví el pueblo de Antofagasta de la Sierra perdido en el mapa en mitad de la provincia de Catamarca (sobre la cordillera, camino a una mina y a San Antonio de los Cobres, Salta) supe que tenía que ir. Ya me había dicho todo el mundo que no era fácil ni barato llegar, pero estoy convencida de que los accesos imposibles solo pueden ser mágicos.  Después de pasar una semana con bill y bel acampando en la selva catamarqueña (yo no lo sabía, pero eso era una despedida de la selva quien sabe hasta cuando), los convecí de ir hasta Antofagasta. Mucho no me costó, no porque tuviera elementos, sino porque ellos (quizá más que yo) confiaban en el destino que nos había hecho encontrar.
Cuando terminamos de decidirlo decidimos terminar los mates. Desarmamos y partimos felices de no haber pagado nada, porque el cuidador del camping con fogones, baños y pileta, nos dijo que no podía cobrarnos porque se le había terminado el talonario y que por una semana de estadía no iba a ir a buscar otro. Obviamente lo interpretamos como un visto bueno del cosmos, porque los momentos sin dinero son más puros y maravillosos y con total ingenuidad emprendimos camino a Antofagasta de la Sierra.
A la salida del camping perdimos el micro hasta Belén, y fuimos caminando hasta Londres (7km) y mientras yo iba a preguntar si el pañuelo que había perdido estaba en mi anterior hospedaje, pasó el último bus de la mañana  augurándonos 4, 5 o 6 horas de espera al primero de la tarde. Sándwich de milanesa, papas fritas y cerveza fueron el duelo para el pañuelo que le acaba de perder a mi mamá y que se está enterando ahora que me llevé. Duramos cuatro horas haciendo dedo hasta que conseguimos que un amable londrense nos llevara hasta Belén. Bele chocha de conocer la ciudad con su nombre (15 km). En la ciudad nos informaron sin ser concientes de la tragedia que representaba para nosotros, que el micro a Antofagasta había salido hacía unas horas y no había otro hasta dentro de dos días, que lo más que se nos podíamos acercar era hasta Corral Quemado, lugar donde se cruzaban la ruta con el camino. Al pedo intentamos hacer dedo en las cuatro horas de espera que tuvimos, tomamos el bus cuando se le ocurrió pasar y llegamos al cruce a las diez de la noche.
Nos recibió la seño Norma y le pedimos lo más económico que tuviera para armar la carpa o tirar las bolsas nomas. Nos dio una habitación con una sola cama y sin hacer, la sorteamos por idea, iniciativa y acción de bill con un juego de manos, y me tocó a mi. Al día siguiente la señora no sólo no nos quiso cobrar la habitación con el cuento de que no nos había dado ni hecho nada, si no que se empecinó (como sólo los altiplanenses se empecinan) con regalarnos también el agua del mate. No nos quedó otra que aceptarle todo, agradecérselo mil veces e interpretarlo como otro buen augurio.
Fuimos a tomar el mate a la rotonda del cruce con la esperanza de que nos levantara alguien camino a Antofagasta antes del mediodía que era el horario del bondi. A los veinte minutos pasó una parejita muy cheta y muy amable en un corsa muy bajo, y me cargaron a mi y a las dos mochilotas de los chicos, pero no a los chicos porque no entrabamos.
A los quince minutos les empezó a calentar el auto, y a los veinte empezamos a parar cada diez para que no explotara algo. La ruta era desierta, de ripio por momentos, con todos los ríos del lugar pasándole por el medio y deshaciendo el pavimento; pero era el camino más hermoso que yo jamás hubiera  visto o podido imaginar. La parejita no tenía mucha tolerancia a los imprevistos y enseguida se  malondeó; yo por educación trataba de esconder mi felicidad, pero cada tanto volvía a intentar convencerlos de el auto en caliente era una anécdota pero semejante paisaje era una obligación de agradecimiento. Igual trataba de no sonreír tanto, pero eso era increíble e inimaginable; pensaba en bele y Billy y su manera de disfrutarlo cuando les llegara el momento, porque nosotros parando y parando no nos habíamos cruzado nada, ni por atrás ni por adelante; pero no era un momento de hacer conjeturas si no de contemplar y tratar de entender. Había montañas de todos colores, piedras, tierras, pastos, arenas, kaktos, todo era de todos colores y todo cambiaba cada quince kilómetros. Había volcanes negros que de perfil se veían rojos. En un momento hubo un cartel de obligación de desvío por inundación y fue lo más alucinante, en medio de todo ese desierto colorinche había un río que había crecido tanto por el cambio climático del que todos pitamos, tanto que llegaba a inundar 600 metros de carretera; era como ver el mar entre esas montañas y a esa altura, increíble, no se podía pestañear y yo me había quedado obviamente sin pilas en la cámara. ¿por qué uno nunca intuye que si se viene maravillando de algo lo más probable es que se siga maravillando, por qué no reservamos pilas para lo que viene después de lo maravilloso?
Tardamos siete horas en hacer 160 km y como yo todavía no había ido a Bolivia me llegó a parecer una barbaridad. Ellos no daban más del estrés y yo no podía creer que existiera un lugar tan hermoso y que estuviera a tiempo todavía de ver el atardecer. Se metieron en la hostería del pueblo y les sacaron la cabeza, yo pegunté a qué hora y a dónde llegaba el micro y me sacaron la mía: mañana entre las 9 y las 12 de la noche. Intenté llamarlos, pero ni ellos ni yo teníamos señal, ni batería.
Me hospedé en donde la seño Paqui que enseguida me hizo el descuento que yo necesitaba;  la amé, idolatré, ayudé y quise quedarme a trabajar con ella durante dos días. Ella me daba de comer y yo la ayudaba a cocinar y a lavar y todo le preguntaba; y la vieja estaba feliz de tenerme para charlar y darme todo tipo de indicaciones, se sonreía todo el tiempo.
Al día siguiente escalé todas las montañas que pude y volví a gastar las pilas de la cámara en menos de tres horas. Al volver a la habitación con olor a humedad que mi presupuesto podía generarme, me crucé con un catalán cuarentón que andaba viajando por el altiplano en bici y su reciente amigo santafesino de mi edad que había aparecido la noche anterior a las 12 de la noche por el alojamiento de Paqui con el cuento que se había perdido y teniéndolos a todos preocupadísimos (y a mi tentadísima) por el frío de la noche. Me invitaron a caminar seis km hacia las pinturas rupestres y aún a costa de posponer el mate y la siesta pos escalada no pude negarme.
Caminamos sin cesar por los senderos, por el río y escalamos cuando fue necesario. Yo estaba agotadísima y sentía la altura (3500 msnm) en los muslos y en la nariz, pero semejante paisaje no ameritaba menos que agradecimiento al universo por tener un lugar tan hermoso e inimaginable y permitirme conocerlo. El catalán y yo charlábamos bastante (me son fáciles los temas de conversación con los españoles porque consumo bastante de su cultura) y el santafesino se mantenía distante y en pose, raro y muy placentero ignorar para que se esforzara más en mantener su distanciada soberbia. Llegamos a un punto en que el catalán y yo paramos a descansar y él dijo que tenía que terminar algo y subió a una formación rocosa que había de unos tres metros. Ni nos miramos nosotros ante semejante acting  estrellado que no nos importaba una ostia. Charlamos con un señor hermoso que se encargaba de regar la zona y lo interrogamos sobre el sorprendente sistema de riego (iba haciendo y rompiendo  con una pala una canaleta sobre zonas previamente inundadas a propósito y así el agua fluia, como debe fluir siempre).  Volvió el personaje en cuestión feliz de que lo hubiéramos mirado cuando bajó de la piedra y se nos puso adelante,  ya nos irritaba bastante y ya lo no ignorábamos sino que teníamos que hacer esfuerzo para contener los bufidos.
Iniciamos el camino de vuelta y unos veinte minutos antes de que comenzara un viento atroz que hay en la zona de siete a nueve de la noche, nos preguntó creyéndose el centro del mundo como solo la gente que pertenece a grupos muy cerrados y dogmáticos puede asumir esa  posición de importancia: ¿quieren saber que fui a hacer? Ni nos miramos pero obviamente seguíamos tratando  de no bufar. Y dale, ya estábamos jugados y para volver nos separaban los mismos seis kilómetros que para ir  mas el cansancio.
¿Ustedes de qué religión son? Silencio. Pausa. Silencio. A mi ya me tenía harta tanto fantasma (que no es nadie) estrellado haciéndose el interesante y pretendiendo hacérnoslo creer al catalán trotamundos y a mi, interrumpiendo sin ningún tipo de sentido común nuestras charlas sobre el paisaje, Zapatero, Extremoduro, La Polla, Los hombres de Paco, la visión de los españoles sobre los inmigrantes latinos, la experiencia de él como español en suelo colonizado y saqueado por los suyos, los Vazcos, o todo lo que me interesaba saber y compartir con una persona que anda en bici hasta que no puede más y arma su carpa en el altiplano para pasar la noche (si no esta el agua congelada no va a ser una noche tan fría, me alcanzó a contar antes de que el boludo este estropee el momento).
Yo soy atea, le dije sin mirarlo a la cara y revoleando los ojos para arriba para que supiera que me estaba molestando. Sí, yo también; dijo el catalán con una humildad difícil de concebir en ellos. Y ahí nomas el muy idiota puso una cara de perro mojado que le hubiera dado lástima a cualquiera, no es que nosotros hayamos flaqueado. Y yo me acordé de todas las personas religiosas que conozco y quiero mucho y traté de que no me diera tanta repulsión esa actuación sobervia que sentía en él (mal, muy mal hecho, si en algo hay que confiar es en nuestro instinto cuando nos dice que alguien es insoportable durante cinco horas en un paisaje maravilloso donde todo lo que no sea ese boludo es interesante).  No pude despreciarlo tanto y abrí el diálogo: yo no creo en las instituciones y en la parte de la fe que le ordena la vida a la gente, los hace sufrir, excluye y margina; pero respeto mucho los sentimientos nobles que genera, cuando los genera. Y el catalán dio una definición que pienso robarle hasta el fin de mis días: eso mismo, mis valores no son universales. Bueno, porque yo soy budista y he venido aquí a hacer contacto con extraterrestres, porque ustedes no saben …. Primero, nos habíamos esforzado por respetar lo irrespetable e integrarlo a una conversación que no queríamos tener ni con él ni con su religiosidad. Segundo, nos habíamos esforzado en explicar nuestro ateísmo de una manera que no lastimara sus sentimientos y él siquiera había dialogado sobre eso, se había salteado el paso de comentar nuestro comentario generando así su siguiente comentario. Tercero, me estaba diciendo en mi cara con ínfulas de superioridad que a él lo visitaban omnis mientras dormía y a mi no! Y cuarto, ese era solo el principio del monologo!
Traté de no mirarlo al catalán (que no me acuerdo el nombre para cambiar de palabra) y de que no se me notara en el cuerpo la energía nerviosa que dominaba. Traté de ser más humilde como hace rato que intento, y como la historia empezaba con él adolescente  perdido por los campos de la gente de plata de la provincia de Santa Fe, robándoles, drogándose y andando en moto, traté de que me sea un poco más amena la historia que de todas maneras me iba a fumar. Un ex novio músico que tuve decía que la peor contaminación es la sonora porque uno no  puede elegir no escuchar, y creo que se refería a estas cosas.
Su voz sin su imagen reducía un 45 % la molestia  (bien), pero la historia moralista que terminaba con el grupo religioso sacándolo de “la droga” para convencerlo de que seres extraterrestres lo elijen  mientras duerme para darle un mensaje del 2012, ahí ya perdí el hilo, porque además dijo que esa gente enana vivía adentro de la cordillera, sumaba un 70% de intolerancia.  Yo ya que estaba, perdido por perdido y si a él no le da vergüenza decir boludeces a mi tampoco, le pregunte si tomaban kakto. Se enojó y me dijo que no; que ninguna droga, que todas eran malas, diablo y satanás. Yo me sentí feliz de haberlo molestado aunquesea una vez y sé que el catalán también lo sintió, porque enseguida empezó a hablarle de las historias de ese tipo que suceden en España y toda clase de bolasos de esa índole pero españoles. Y por si fuera poco, para colmar mi momento de felicidad por la batalla ganada al uso de la palabra por el estúpido y como prueba de que el universo me ama de manera incondicional, empezó el atroz viento de las siete de las tarde haciendo imposible el dialogo. Pusimos cara de que pena, reimos para nuestros adentros y volvimos hasta la calidez del hogar de Paqui en SI LEN CIO.

eso que todos deseamos


Apenas vi que un ojo me guiñaba la tierra, le pedi que a su antojo dispusiera de mi; ella me dio las llaves de la ciudad prohibida, yo todo lo que tengo, que es nada, se lo ofrecí.  Dicen que a veces San Pedro se apiada de los que lo saben encontrar y baja a abrirles durante unas horas las puertas del cielo para que sepan lo que es.
 Después de pasear diez días sola por el interior de la provincia de Catamarca intentando comprender las enseñanzas tucumanas y la selva catamarqueña que fue una sorpresa, planté una semilla y le pedí al universo según las leyes de Deeprak Chopra conocer amigos para compartir todo eso.  Después de un baño y la religiosa siesta de todo norteño conocí a bill y bel, o bele y Billy camino al pueblo de Londres. Como no podía ser de otra manera con las amistades instantáneas, me invitaron a acampar con ellos en el Shinkal. Tomamos una cerveza para evaluar si de verdad seríamos amigos (con demasiada prisa tiende el solitario la mano a aquel con quien se cruza, y yo quiero que tus manos tengan también garras, me había dicho Zaratustra). Aprobamos en medio de corridas al bus, arrastradas de carpa, imposibilidad de devolverle el envase a la sra. y quien sabe cuantas cosas más. Enseguida nos entendimos con muchas rizas y bizarreadas, pero sin falta de charlas sobre el universo, la energía y todo lo que nos había unido. Bel estaba enamorada del oleo de un hombre con sombrero, bill con ganas de elegir mejor a su próximo amor y yo me identificaba con ambos; vacacionaban descansando en el noa de su vida en la ciudad.
Pasamos una semana acampando, cocinando a leña, bañándonos en la pileta del camping, recorriendo las míticas ruinas absorbidas por la selva y charlando; charlando mucho. Los dos creían en la energía; bel más mística, bill más computarizado y yo con muchas ganas de entender lo que no se ve del mundo, pero muy ateisima también. Y pasábamos horas de conversación en torno a lo mismo hasta que siempre se llegaba al mismo punto: bill decía que si se tiraba de un precipicio se moría y con bel no podíamos hacerle entender que eso era lo que le habían enseñado, que no tenía pruebas de que así fuera, que había mil posibilidades de que pasara otra cosa sumadas a todo lo que no podíamos imaginarnos todavía. Y de ahí pasábamos al miedo que nos impide ser más libres, a toda nuestra sociedad edificada sobre engendrarnos miedo para obedecer sin transgredir. En  la suma de todos los miedos que pone los límites a nuestras relaciones, haciéndonos esclavos de las diferencias que nos separan y fanáticos de esas separaciones. Todo lo que podríamos amarnos si no nos tuviéramos miedo.
Siempre valoré los miedos sobre los estados de angustia, porque el miedo tiene caras y nombres y se los puede enfrentar; mientras que la angustia, la tan conocida angustia existencial no pasa de ser un agujero como me dijo una vez la psicóloga, alrededor del cual poner palabras pero nunca desde adentro. La angustia es contemplativa paralizante y miedo, para los que nos gusta superarnos, es motor si uno tiene esa vocación.
Es muy lindo imaginar como seríamos sin tantas restricciones, si esta sociedad no nos hubiera puesto tantos limites en cuanto a los deseos y la manera de percibir las cosas. Imaginar una realidad como movimiento y tránsito con una mayor integración de uno con la Pacha y unos sentidos más participativos.  Y pensábamos en sociedades sin tanta exclusión de los muertos o enfermos que los conciben entre ellos caminando en otra dimensión, en las que lo negativo formara parte del ser feliz de ese momento y de siempre. Con otra concepción del tiempo también en la que todos los instantes estén presentes para dar realidad a ese segundo, que solo es posible por todos sus antecedentes fundadores y presentes aquí, ahora y mañana.
Cuando uno comienza a charlar sobre lo que le molestan los límites, lo que haría sin ellos surge sin más y todo fluye. Durante las noches contemplábamos las estrellas y nos era posible imaginar que estaban en tránsito como todo lo demás, y que los flujos de energía viajaban de una hacia otra, felices. Intermitentes, recorriendo el espacio y formando sus constelaciones. ¿Nos sería posible ver esas constelaciones de manera tan clara alguna vez? Y veíamos miles de estrellas fugaces y les pedíamos como único deseo seguir viendo por unos instantes más su cola brillante en el cielo oscuro.  Porque si  vamos a desconfiar de la percepción hay que desconfiar de su tiempo e intensidad también.
Bele contó que entre todo lo que había leído sobre la Pacha, había seres que habitaban en los árboles, en las plantas, en la tierra y en las piedras.  Y que estaban todos en tránsito constante, sin detenerse y sin tiempos. Describió la estética de estos seres, autóctonos, precolombinos y diabólicos. Pero lo maravillo de esos momentos era que los imaginábamos de manera integrada, concientes de que esos seres estaban, estuvieron y estarían siempre presentes en la realidad, solo que formaba parte de nuestra cultura tenerles miedo o rechazo. Deseamos que sabiduría de esa concepción nos acompañara más allá de esos momentos.
También fantaseábamos con cuatro luces energéticas  verde, roja, amarilla y azul  que transitan por el contorno de las personas dejando su estela de luz atrás, delimitando su figura. Queríamos más conexión con la tierra y la vida e imaginábamos eso como sentir en nuestro interior el retumbe cada vez que alguien caminaba, escuchar el viento y los sonidos de los colores, verle el aura violeta a los perros y sentir el sol.
Una noche en uno de nuestros fogones mientras esperábamos la comida, volvimos a la discusión de siempre y bill dijo que por más de que consiguiéramos convencerle, si él tiraba su palo de caminar al suelo no se iba a iluminar el lugar;  justo pasó uno de los perros detrás de él y le golpeó el codo haciendo que suelte el palo, y el palo cayó sobre el botón de la linterna y esta se encendió iluminado la noche, como bill había jurado que sería imposible. Nos reímos y le pedimos por favor que con esa prueba se terminaran tantas discusiones en torno a lo mismo, el tiempo dirá si así sucede, pero el horrible gusto a espárragos quemados de la sopa de bele nos acompañó unos cuantos días.