Mostrando entradas con la etiqueta otra cultura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta otra cultura. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de junio de 2012

La última cena, ente relatos de las bandas femeninas e imposibilidad de mapas

De vuelta al camping y ya habiendo descansado un poco, conocí una mujer que también había subido pero en rol de observadora mujer de la música y el género. Me contó sobre las mujeres en las bandas de sikuris mixtas, especialmente de su conquista de los espacios de mando y de cómo les había costado ganarlos, y de las bandas solo de mujeres. Ella era de esas lesbianas feministas (que no son todas, siempre hace falta aclararlo) que no solo creen que hay que matar a todos los hombres y que todas las mujeres debemos hacerlo, sino que estaba convencida de que el proceso ya había empezado e impartía ordenes al respecto todo el tiempo. Pelo corto, escuálida y demacrada, mala y cortante con los varones (así les decía), pero se le llenaban los ojos de lágrimas cada vez que hablaba de la formación de la primera banda de sikuris de mujeres y era imposible no querer abrazarla. Porteña, profe de música haciendo su tesis para posgrado en géneros dentro de las prácticas musicales. Cuarentona con laptoc en nuestro camping.
Enseguida quise que fuéramos amigas, asique le conté que yo venía de familias muy matriarcales por lo que para mi el desafío era hacer el camino inverso y devolverle a los hombres el estatuto de sujetos. Le importó un carajo mi historia y quiso evangelizarme sobre la urgente (para los militantes dogmáticos todo sucede ahora: la revolución, los abusos más atroces y la mejor gestión de su organización, obvio) necesidad de prescindir de ellos. Me entristecí de que no pudiera encontrarse en mí y con dos o tres frases que me se de memoria, porque las tuve que usar muchas más veces de lo que hubiera querido, me zafé de la charla evangelizadora feminista anti hombres. Seguí hablando con ella, porque me interesaba mucho su investigación y porque me gustó sentir que yo nunca podría ser tan cuadrada. Pero tuve que superar cierta rabia conmigo misma para poder escucharla. Yo había visto a esas mujeres en la peregrinación, cargando, subiendo, tocando, comiendo, pero no me habían llamado la atención, ni había tenido ganas de hablar con ellas. Pensé que quizá era por semejante desilusión del evento religioso y porque no me pareció interesante la conquista de un espacio así. Tuve que reconocerme que no me había identificado con esas mujeres en lucha.
Contrario a lo que yo me había imaginado, cuando un grupo de tilcareñas decidieron armar su propia banda de sikuris, la mayoría de la cerrada, inamovible, tradicionalista y machista sociedad norteña las apoyó, no todos, por supuesto. Antes de esto las mujeres subían y bajaban el cerro, peregrinando por su amada virgen y sus materiales deseos, pero no formaban parte de las bandas: a lo sumo subían botiquines, banderas y carpas (enfermera, costurera, ama de casa) y por supuesto trabajaban en los puestitos de comida familiar (cocineras). Dice el diario que ellas dijeron, que cuando se deciden a formar la nada, los hombres les prestan los instrumentos y les enseñan a tocar, porque hasta ese momento no habían tenido posibilidad de aprender. Desde el 97 que surgió la primera hasta hoy se formaron cuatro y varias otras comenzaron a ser mixtas.
Cuentan las de la primera banda que cuando por fin se sintieron listas y con los instrumentos necesarios tuvieron que ir a pedirle la bendición al cura para poder asistir al evento. Y salieron de la casa donde se reunían tocando con miedo y vergüenza, porque no sabían como iba a reaccionar el pueblo. En el trayecto de la casa a la iglesia todos las aplaudieron, acompañaron y las demás bandas se sumaron al peregrinaje hacia la iglesia por la bendición. Cuando llegaron el cura las bendijo, pero les pidió silencio a las demás bandas para escuchar por primera vez una banda de mujeres y por primera vez se escuchó una sola banda por período de tiempo.
Todos nos emocionamos mucho, sumaba bastante la forma del relato de nuestra evangelizadora, aunque desprestigiaba mucho el apoyo recibido. Hoy por hoy, la mayoría de las bandas tienen más de 50 años de trayectoria y ya están constituidas,
todas tienen sus instrumentos, trajes y algunas hasta esponsors; ellas se siguen solventando con donaciones y les sigue siendo muy difícil, además del quedirán norteño, plata para instrumentos y trajes y ayuda con sus hijos y casas para poder ocuparse de la banda.
La invitamos a comer unos ñoquis rellenos que habíamos hecho y que serían nuestra solemne despedida del mundo de las cocinas y de la comida argentina, y no pudo creer que los hubiera amasado el señor mon mientras su compañero pum, oki y yo estábamos boludeando con tilcareño, internet y fernet respectivamente. Yo aporté una salsa blanca, que me salió grumosa como cada vez que se me ocurre compartirla con alguien, ella un vino riquísimo, el cordovazo su fernet que nadie se atrevió a tocarle y pum un video de él bailando de libertad cuando se había cortado el pelo en la punta del cerro de los siete colores purnamarqueño (lo tenía por debajo de las tetas! decía). Le agradecí que nos compartiera su investigación y que me acercara a algo a lo que no me había acercado. Los chicos optaron por no intentar convencerla de las discriminaciones que ellos también sufren y los miré profundo, agradeciendo su madures.
Cuando terminamos de comer ella siguió con su investigación computarizada y nosotros cuatro disfrutando de lo que el vino nos había regalo mientras esperábamos el fernet de oki. Intentamos charlar sobre nuestros recorridos en Bolivia, pero no conseguimos ni un mapa, ni ponernos de acuerdo sobre quien lo había guardado la última vez. Yo quise que cada uno dibujara lo que se acordaba del mapa y que después comparándolos lográramos uno que sintetice nuestras intuiciones sobre la geografía boliviana, como ya había hecho una vez varada en Colombia con grandes resultados; pero nadie apoyó la propuesta y tampoco le dieron bola al que yo había hecho mientras intentaba convencerlos. A nuestro grupo no le resultaba hacer planes, más allá de cruzar a Bolivia al atardecer del tercer día contando a partir de esa noche.



sábado, 16 de junio de 2012

Peregrinación segunda parte, el interés de los sacrificados ex victimas y nuestro glorioso abandono del evento.


De la nada nos vimos hablando de los momentos duros de la vida de cada uno y estuvo buena esa conexión. Se apareció un personaje que habíamos conocido la noche anterior en el negocio familiar, que nos buscaba con un termo de mate para invitarnos si no teníamos. Nos sentimos contentos y disfrutamos muchísimo del momento. Se hizo de noche y se fue nuestro amigo el porteño solidario, pero nosotros decidimos quedarnos bastante más para descanzar lo suficiente del aglutinamiento de la cumbre del cerro. Empezaron a bajar las nubes y nos rodearon. Esos momentos fueron mágicos, porque en las fotos salía como su humedad ocupaba espacio y eran impresionantes los cambios de temperatura cuando nos atrapaban. Nos fuimos finalmente porque no resistíamos más el frío.
Tomamos mate mirando las bandas que seguían tocando, peleándose por el espacio sonoro, todas al mismo tiempo (150). Cuando ya no teníamos más mate, ni calor, ni onda para seguir poniéndole a la situación, se apareció la banda de talleres con una botella con un líquido naranja. ¿Quieren esto para el frío? Sí,  que pregunta. Es jugo con alcohol etílico. Era fuerte, pero no más que el frío y el panorama (no habíamos conseguido donde pasar la noche). No sé en qué momento del ritual habrá sido, pero se empezaron a ver fuegos artificiales y toda la gente se conmovió mucho. Entonces yo comenté que la próxima vez que subiera (ya había descartado hacia  más de 24 hs. subir al año siguiente, asíque el otro o el otro) iba a llevar fuegos artificiales como manera de poder hacer yo también algo lindo por esa gente que hacía ese evento lindo que yo disfrutaba. A todos les pareció muy bien, pero me aconsejaron pedirle algo a la virgen a cambio. Yo no lo quiero hacer por la virgen, sino para la gente; es para devolver, no para pedir. Igual tu puedes pedir un deseo y la virgen te lo concibe. Y ahí empezaron todos a contar sobre los plasmas y los autos o motos que le pedían a la virgen, y me generaron ganas de hablarles de espiritualidad no material que fue lo que más rabia me dio.
Después apareció una banda con gente que también cantaba, es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente. Y lo que hasta ahí me había parecido algo de los más noble y bueno en tanto gente que sube y baja su cerro pidiendo deseos y agradeciendo me empezó a parecer una mierda. Yo siempre había valorado esos momentos de las tradiciones religiosas, quizá por lo curioso de los rituales o porque se presentan sin tantas restricciones o culpas.  Pero me empecé a acordar todas las veces que nos habían dicho que sin fe no se lograba, y me imaginé que cada vez que yo sentía que no podía y lo seguía intentando porque quería ver el ritual que hacía esa gente, ellos pensaban que le daban ese sacrificio a la virgen para que les diera su vento 0km. Me dio más repulsión que nunca la iglesia con toda su hegemonía aplastando la inocencia de la gente, que le pedía bienes de consumo importados. Pensé en toda la energía de esas 150 bandas con mínimo 12 integrantes y máximo 130, más las 1500 carpas con 4 personas   cada una, más los que estaban sin carpa como oki y como yo, en todo el esfuerzo por subir, las pocas horas de sueño, la música constante, cíclica, ritualezca, casi militar, y entendí al verlo de manera tan evidente que así se frenan revoluciones.
Por suerte ese momento estuvo mechado con historias de la cancha y de la barra de Jujuy defendiendo su localía más allá y contra la institución que regula el futbol de esa categoría provincial y la policía, asíque zafó y esa reflexión pudo esperar, porque en un primer momento me quise ir del evento esa misma noche.
Tomamos seis botellas con ellos, hasta que nos dimos cuenta que si nos daban ganas de hacer pis en esas condiciones, el remedio sería peor que la enfermedad (no voy a hablar de lo que eran los baños). Nos invitaron a dormir en su casita de su banda, pero yo no quise saber nada con su machismo etílico libidinoso, ni oki con las relaciones de competencia entre machos alcoholizados. Asíque agradecimos y les dijimos que mejor dormíamos en la iglesia. Apúrense que ya debe estar llena. ¿Qué? La puta madre. Lo único que no me gusta de viajar es adaptarme en cuanto a horarios, porque esto debió ser a las diez de la noche como tarde y con la mayoría de la gente durmiendo ya.
Efectivamente la iglesia estaba llena ya y como no podía ser de otra manera, no nos dejaron pasar. Asíque nos acomodamos en el único lugar que quedaba en la antesala, al lado de la puerta abierta. Un señor con un olor horrible se acostó al lado mío durante la noche, pero a la mañana siguiente ya no estaba. Muy, muy temprano y todavía de noche se empezaron a escuchar las bandas, mezcladas con música de misa y un cura con micrófono que después nos enteramos que bendecía a la virgen porque la iban a bajar. Salió la gente, salió el cura con su micrófono y su discurso de soy un cura bendiciendo una virgen, y después salieron unas viejas de lo más mandonas a decirnos que nos fuéramos, porque ellas (que se creían elegidas por el honor de la tarea) tenían que limpiar. Yo recordé todas las guarradas que había pensado hacer la primera vez que había escuchado eso de pasar la noche dentro de una iglesia en la punta de un cerro, lo comparé con lo que de verdad había pasado y odié esa tendencia que estaba tomando mi viaje a sorprenderme tanto en cuanto a la distancia entre mis fantasías y la realidad. Las hijas de puta se pusieron a barrer antes de que nosotros nos levantáramos y el odio que me corrió por el cuerpo imaginándome respirando ese polvo me sirvió para levantarme.
Tomamos mate y comimos algo en la plaza mientras amanecía  entre los cerros y volvía a aumentar el frío, tratando de prepararnos para el evento principal: se habían sorteado puestos (postas) a lo largo del camino, cada banda esperaba en su lugar a que llegaran las Señoras que iban bajando con la virgen. Cuando la virgen llegaba esa banda iba tocando con ellas hasta la siguiente posta. Así 150 veces. Además la bajada era placentera, nos habían dicho todos, y yo no veía la hora de pasar casi corriendo y fumando por el camino que tanto me había costado subir.
Con oki teníamos la rara sensación de que lo peor ya había pasado, no había que hacer más sacrificio físico y ya había descansado como para disfrutarlo; pero ya estábamos hartos de los sikuris, de las bandas y de tanta adulación a la virgen por virgen. Nos empezábamos a sentir mal por ser parte de todo eso y ya no cabía una mirada ingenua.
Empezamos a bajar con mucha facilidad, pero sin la alegría que esperábamos. Yo miraba a las familias que bajaban con sus carpitas y me daba rabia que hubieran subido con sus hijos y que les estuvieran enseñando eso. Quería preguntarles qué modelo de celular inteligente le habían pedido a la virgen, en vez de reclamarle al gobierno cloacas, agua potable, gas, que saque las mineras, que proteja los recursos, obras para que las crecidas de los ríos no sepulten los pueblos, escuelas u hospitales para las localidades chicas de la zona, movilidad, y todo lo que no sé que necesitan. Y ya no pude diferenciar entre la institución que saquea y las víctimas que lo permiten y legitiman con rituales como ese. La institución es la gente que la conforma.
Seguimos bajando a nuestro ritmo, alejándonos de la multitud cuando queríamos y volviendo cada tanto. No estuvo bueno no poder disfrutar del evento principal que era la bajada con música, pero nos sentimos muy bien de fugarnos del evento religioso cuando lo consideramos y de decirle a toda la gente con la que hablamos de ese momento en adelante que sí lo habíamos logrado sin fe y que no nos parecía nada bueno ni admirable ni la cultura del sacrificio, ni sacrificarse para que la virgen les haga un favor, ni esforzarse por lograr ser victimas del cansancio y Mercer más ese favor, ni eso de que el que más sufre es el más bueno. Nadie nos contestó nada, y ese silencio que representaba el fin de las conversaciones sobre la virgen fue lo mejor de los tres días de peregrinaje.

martes, 22 de mayo de 2012

Antofagasta: odisea de ida, estadía y vuelta: 3


Nos sentaron en los asientos de adelante mientras todos los niños cantaban canciones de verano del 98 y tocaban la guitarra. Nos reímos como quien se burla de lo insoportable que podía haber sido ese viaje si no nos hubiera pasado nada de lo que nos había pasado antes de lograr subir. Todo parecía ir bien hasta que el chofer de David Lynch paró y le entregó el mando al otro chofer, porque a él le correspondería hacer los caminos más arriesgados, y se sentó detrás nuestro con su mal aliento y ganas de charlar. Yo ni siquiera me dí vuelta a mirarlo, pero los morbosos de bil y bel sí, porque nunca escatiman esfuerzos si material para reírse después se trata. En una me tenté y miré a ver qué hacían y David aprovechó para disculparse por el maltrato infringido hacia mi persona con la excusa de que estaba nervioso. Lo disculpé por supuesto y decidí darle una segunda oportunidad.
A los veinte minutos paró el bondi y todos los nenes se bajaron en estampida. Vamos a buscar muestras de roca volcánica para hacer replicas de puntas de flecha. Me bajé detrás de ellos para chusmear y agarrar alguna piedrita para mi y de paso ver si me podía hacer amiga de algunao porque la arqueología fue de mis primeras vocaciones.  Ninguno me miró o habló, pero pude agarrar una piedrita y convencer a bily y bele de que bajaran a agarrarse una también.  A los segundos veinte minutos volvió a parar pero esta vez a que los antis con los que  viajábamos se sacaran fotos con una nube alucinante que había en el cielo. Ya nos empezaba a hartar esa historia de ahorrarnos plata a costa de que nuestra paciencia aguantara tantas estupideces, pero una nube de la ostia es una nube de la ostia, con o sin paciencia; asique bajé.  Después de sacar mis fotos, a bil se le ocurrió que saque con su cámara también; entonces me acerque a la ventanilla del chofer que David Lynch a quien bil se la había pasado para que me la alcance, y el muy descarado no solo me sacó una foto con su cámara si no que con voz macabra dijo: ahora voy a tener una foto tuya para siempre. Yo no pude reaccionar, a penas subí las cejas mientras él se reía. Subí al bus asustada y le hice prometerme a bel que me iba a ayudar a robarle la cámara y borrar la foto. La guardó en el bolsillo de su campera de jean y no se la sacó hasta que nos bajaron del bondi en Amaicha, asique el muy hijo de puta, se quedó con mi foto nomás.
A los quince minutos de la sesión de fotos a la nube todos los niños habían pasado al país de los sueños asique nosotros empezamos a pensar en descansar. En mitad de la noche se frenó el bus para el cambio de choferes y los tres sentimos algo raro sobre la futura gestión de David Lynch al volante, pero nadie lo dijo. El bus se movía bastante por lo malo de los caminos y era común despertarse sobresaltados por golpes o dobladas rápidas. Pero el chofer de David Lynch incorporó la novedad de bajarse de un salto con piernas muy flexionadas cada vez que tenía dudas sobre el camino (cada vez que un río cruzaba la carretera esta interrumpía su pavimento por lo menos cuatro metros que en la oscuridad de la noche  eran suficientes como para no saber para que lado seguía, y estaba muy bien no buscarla desde el bondi porque podíamos quedar encayados). Yo empecé a creer que habíamos tenido que hacerle caso a bel y no viajar con semejante loco por semejante camino y me resigné a no dormir y agarrarme fuerte por lo menos hasta el cruce, pero la verdad es que me acuerdo de haber tenido esa reflexión y despertarme en la estación de servicio de amaicha del valle al siguiente momento. Llegar, llegamos bien. Nos bajamos y el chofer de David Lynch nos acompañó hasta adentro de la gasolinería y saludo contento, yo le sonreí con toda mi cara, aliviada y feliz de no volver a verlo.
Nos compramos unos chocolates cada uno para que esa gente no creyera que íbamos a usurparle así la estación sin consumir nada, y nos acomodamos en los maravillosos asientos y mesas que había, listos para amanecer al día siguiente.
Nos despertaron a las ocho porque tenían que limpiar, el bus a cafayate salía a las diez asique hicimos dedo una vez más mientras tomábamos mate y esperábamos el bondi. Nadie que fuera en esa dirección nos frenó y con el tiempo necesario suficiente para caminar desde la rotonda hasta la terminal de amaicha empezamos a acercarnos. A los veinte minutos me pareció que tan lejos no quedaba y al preguntar nos enteramos no solo de que íbamos en otra dirección, sino de que ya no llegaríamos a tomarlo y debíamos esperar el de las tres de la tarde que era el próximo. Perdón! Si hay algo que se puede decir de la gente que viaja conmigo es que son muy buenos y tolerantes, y por algún motivo que desconozco se imaginan que puedo llegar a bardearla así, entonces, llegados estos momentos que suceden mucho mas a menudo de lo que yo esperaría que sucedan, no se enojan tanto conmigo como sería de prever.
Compramos los boletos y cerveza y acampamos en plaza listos para jugar un buen rato con el efecto ojo de pez de mi cámara.  Nos reímos bastante consientes de que ahí estarían esas fotos para cada vez que nos quisiéramos volver a reír. Se hizo la hora y tomamos el bondi  a cafayate. A los cinco minutos de subir a bel se le ocurrió ir al baño y quedó encerrada, asique tuve oportunidad de devolver al universo el favor que me habían hecho al liberarme, pero bel quedó en deuda. Después fue bil y cubrió su deuda cuando pasó el chico que iba detrás nuestro leyendo la autobiografía de Nietzsche. Yo le quise charlar como quiero charlar con toda la gente que lee Nietzsche, pero me parece que a él le gustaba el lado más depresivo y serión que la risa que yo representaba en ese momento porque la charla no prosperó. Y cada vez que alguien iba al baño le contábamos de la gente de Antofagasta y el chofer de David Lynch y la informábamos de su deber de rescatar al próximo en entrar al baño. Algunos se prendían y otros no, como siempre, pero nos reímos mucho y las tres horas se hicieron cinco minutos.
Bajamos en cafayate y me despedí del chico eche homo y su melena. Paseamos durante veinte minutos mientras discutíamos que hacer y decidimos ir en taxi hasta salta la linda. De las cosas maravillosas del noa es que muchas veces un taxi entre tres es más barato (uno o dos pesos) que los tres pasajes de un bondi de larga distancia.  Tomamos el taxi con un lugareño que habló con el chofer todo el camino y entre los dos nos ignoraron abiertamente, yo recordé al chofer de la primera vez que había hecho ese camino y comencé a sospechar que algo había cambiado. Disfruté y fotografié la quebrada del rio las conchas hasta que el sueño pudo conmigo.  Llegamos a salta capital en medio de un diluvio, averiguamos que el bondi a Tilcara salía a las siete de la matina, dejamos las mochilas en la guardería de la terminal y salimos a buscar la cena.
Comimos sandwich de mussarela completo y con fritas en un chiringo que a penas nos defendía de la lluvia y cuando hubimos terminado el vino salimos en busca de un bar. Llegamos empapados al único lugar hasta el momento abierto un lunes y tomamos algunas cervezas rodeados de gente más joven y más metalera que nosotros. En mis salidas a la puerta a fumar me hice amiga de un saltañero feo pero interesado que me contó de un boliche a unas pocas cuadras. Los chicos se empecinaron en ir y no me quedó otra alternativa. El lugar era antiguo, con pisos de madera y poca trayectoria como antro; tenía dos barras para cambiar la consumición y la gente estaba agrupada en círculos según el género. Pasaban punchi y bailaban cumbia. Todos y todas estaban vestidos más o menos igual por lo que se notaba mucho que éramos turistas. Bil actuó de garantía anti levante, asique bailamos entre los tres sin hacerle caso al genero musical para estar a tono aunque sea en algo.
Cuando terminé de fumar el pucho que había salido a degustar a la vereda, ya con sueño y cansancio, me fueron a buscar para irnos, que conexión! Tuvimos que caminar de una los tres tramos de diez cuadras que habíamos hecho con pausas a la ida y se sintió mucho e frío, el sueño y el cansancio. Llegamos a la terminal, calentita y seca y me desmayé sobre tres asientos sin ver a los chicos hasta que el policía me informó violentamente que me podía acostar en los asientos. Ahí los vi a bil y a bel detrás mio, sentaditos con el mismo problema, y me desmayé sentada, sin ningún tipo de ganas de enojarme con el rati. Cuando abrió la guardería fuimos a buscar las mochilas y la chica me quiso cobrar dos turnos en vez de uno, volví a sospechar que algo había cambiado en la gente de mi amado noa, pero estaba demasiado dormida para hacerle preguntas o establecer hipótesis. Tomamos el micro, previa advertencia del chofer de  un imprevisto transbordo en Jujuy capital.
Dormí maravillosamente feliz en el mullido y mas horizontal asiento del colectivo hasta que me tuve que cambiar de bus y me volví a dormir. Cuando llegamos a Tilcara estaba todo gris y hacia frio. Bajé del bus y fui a ver que hacían los chicos que me llevaban ventaja. Los vi en la fila de  esperar el equipaje y me formé para esperar el mio también. Vos que haces aca? Me dijo bil, vos no despachaste, la tuya es chiquitita, no te habrás dejado la mochila en el transbordo?. La puta madre.
Hable con el chofer que muy amablemente hizo una llamada y me aseguró que mi mochilita estaba sana y salva en el taller. Me informó además que de la terminal todos esos micros van al taller asique no era posible que yo no la recuperase. Me acompañó a hablar con la sra. de las encomiendas para que ella actúe de contacto entre la gente que manipulaba mi mochila y yo. A la sra. no le gustó ni medio ese rol y en vez de llamar se dedicó a hacerlo por chat, con una mala voluntad y lentitud intolerante, previo querer convencerme ni bien el chofer se fue, de que no la iba a recuperar. Los chicos me dejaron el mate y se fueron a buscar hospedaje. Yo aproveche para desayunar en silencio como a mi me gusta y escuchar música cuando hube superado el momento de meditación. No me moví de la terminal hasta que por fin llegó la mochila, sana y salva en la cabina de los choferes y le prometí que nunca mas la iba a olvidar debajo de asiento. 

antofagasta: odisea de ida, estadía y vuelta: 2


Unos segundos antes del viento atroz de las siete de la tarde, el idiota del santafesino que había cambiado rockearla por religión busca ovnis contó, interrogado por el catalán, que además de en sueños los ve en las montañas y en puntos que ellos le dicen (en sueños) y que estaba en ese pueblo para hacer contacto. Que interesante, dije yo con todo mi ser poniéndole onda a la situación. Y entonces me invitó a verlos subidos al cerro que estaba detrás del cementerio ese mismo atardecer. A esa altura yo ya me había tomado la situación como una performance de actuación y estaba tan empecinada en cumplir con mi papel  y a serle fiel a un personaje que me había inventado mientras él hablaba, que le dije con mucho entusiasmo que sí. A veces me dejo llevar demasiado y esos momentos son los que después fundamentan mi fobia e  hipótesis de que hay que tener cuidado con la gente, porque a veces uno se pierde en los vínculos. Enseguida me dí cuenta del error, pero confíe en mi capacidad de improvisar para cuando llegara el momento. A los pocos minutos de que el  atroz pero salvador viento de las siete de la tarde nos abstrajera de las boludeces fingidas del santafesino, él interrumpió el divino silencio para aclararme que la invitación era sólo para mi, que si yo lograba reunirme con mis amigos antes del atardecer caducaba. Me dio muchísima risa que no tuviera vergüenza en excluir y empecé a sentirme tranquila porque no lo había juzgado de indeseable en vano.
Llegamos al reparado, cálido e iluminado hogar de Paqui, puse el agua para mi mate y preparé mis cuadernos para escribir un rato, organizar mi experiencia y concentrarme en que bil y bel llegaran esa noche al pueblo.  Mientras yo disfrutaba de estar sentada y en charla conmigo misma, se apareció y me informó que faltaban veinte minutos, por si me quería bañar o algo, que el avistamiento se producía entre las ocho y las ocho y veinte, que no nos podíamos demorar. Ya no era necesario que yo me esforzara más por contener la risa, asique le dije abiertamente que prefería tomarme el  mate y seguir existiendo sin él ni sus ovnis. A partir de ese momento no me habló nunca más y fue el único evento que podría catalogar como religioso del día.
Después se apareció Paqui, que todavía era buena y dulce, con la historia de que la ex senadora de Catamarca estaba ahí y que íbamos a amasar fideos. Me morí de amor por la pasta, por amasar con Paqui y por la historia de la mujer que no me quiso decir el nombre, pero que desde siempre iba  por lo menos una vez por mes  a Antofagasta para recorrer  la región sin decirle a nadie de su cargo y que hacía unos meses Paqui se había enterado que había sido  senadora pero que ya no era. Durante la cena aproveché a charlar con ella sobre todo lo que pude:  que me contara sobre la mina de mierda que está perdida entre caminos de ripio, sin médicos; que les llevan comida a los trabajadores cada quince días y se han muerto varias mujeres dando a luz porque no hay ni agua potable. Quise ir a conocer y empecé a fraguar algún plan, pero faltaba todavía que bel y bill llegaran. Me contó sobre las culturas indígenas del lugar y los logros en cuanto a reconocimiento y respeto; y desee lo mismo para los Quilmes de Tucumán. Finalmente confesó desilusionada que se había hartado del mundo de los políticos y había decidido no presentarse para que la reelijan en su cargo y seguir gestionándola por su lado. Había también un sanjuanino cincuentón que se dedicaba a llevar turistas de aquí para allá en su combi y aproveché para felicitarlo por su hermosa provincia y cálida gente y hacerle la pregunta que me venía interesado desde que conocí la zona: además de la corrupción, por qué creía él que Mendoza era tan rica y San Juan tan pobre teniendo las dos la misma geografía; además de que porque Mendoza se roba los ríos de toda la región. Y me contestó, de manera muy simple y asumida, que era por las distintas culturas de los europeos que habían colonizado, que los de sanjuán eran más perezosos mientras que los de mendoza más ahorrativos y de trabajo organizado; la verdad que me dejó conforme. 
Terminamos de comer, nos tomaron a todos la presión por la altura y sacaron un vino y los dados. A mitad del partido de diez mil mientras yo ganaba con mucha ventaja golpearon la puerta. Se apareció un tipo alto, flaco, desprolijo, feo y algo más que hacía que quisiera mantenerlo lejos pero todavía no sabía qué, pidió alojamiento y detrás de él estaban ellos! Mis amigos! Me habían encontrado! Gritamos, saltamos, nos abrazamos, me recriminaron que no los estaba esperando en la terminal, les recriminé que hubieran tenido el celular apagado; le sedí mis puntos a la ex política (era mi personaje preferido de la mesa, pero no los aceptó) y los llevé a la habitación que había conseguido.
Charlamos durante horas, tomamos el vino que yo había comprado para generar el momento cuando no podía hacer otra cosa y cada cual contó su versión del transcurso de las horas. A ellos los habían levantado enseguida de la rotondita y llevado a un pueblo fantasma en el que había hecho dedo todo el día sin noticias del colectivo. La gente del lugar había sido maravillosamente hospitalaria con ellos, les habían dado de comer y alojado en la sede de reuniones del pueblo, previo contarles lo entusiasmados que estaban por la mina que se iba a abrir en la zona,  por el museo de la mina que el gobierno provincial les estaba armando, por un hospital que les prometieron  y por los puestos de trabajo que se estaban intuyendo.  Todas las montañas maravillosas tienen minerales más maravillosos que las forman y a veces hasta yo misma no resisto la tentación de llevarme una piedrita, pero qué simbólicamente perverso es pensar que la tierra va a seguir siendo la misma cuando le sacan tantas cosas y a esas magnitudes. Ni que decir del uso de metales pesados para separar los minerales, la contaminación de la región y el riesgo para los que los manipulan. Es terrible que ninguno de ellos se haya dado cuenta no sólo de que el hospital, si se concretaba, iba a ser para los dañados o accidentados por la mina, si no que lo deberían haber  tenido siempre.  Que perverso que los comprenden con un museo, como si eso fuera cultura. Mucho más que la minería venga a ser la salvadora del desempleo de un pueblo aislado y pobre que justamente es así porque  la gente rica de la provincia así lo decidió cuando se morfó la plata para las rutas por ejemplo, haciendo que no puedan llegar siquiera camiones con alimento o gas.  Y esta mina no es famatina que llegó a los medios y me parece muy bien que así haya sido, es de un pueblo muy chico, muy perdido lejos de la capital y lamentablemente muy feliz con su museo. Estas son las cosas que me hacen sentir impotente, desesperanzada e insignificante.


Les conté del idiota, pero ya no era grave sino extremadamente divertido, y que se iría mañana de acampada solo a la olla del volcán para hacer contacto. Ahí mismo el hijo de puta de bil quiso que lo siguiéramos y nos le apareciéramos con las linternas en la mitad de la noche reclamando contacto. Cómo desee no haberle visto la cara de cordero degollado, ni sentir una especie de responsabilidad para con la historia de vida que me había confiado. Con toda la frustración del mundo me tuve que negar a hacer semejante proeza, todavía me da bronca haber sido la fuente y sentirme incapas de traicionarlo.
Al día siguiente paseamos, les mostré lo maravillada que estaba con el lugar y con su gente, les conté del viento y fuimos hasta las pinturas ruprestres. Empezamos a volver cuando se declararon incapaces de soportar más caminata a esa altura y nos apuramos cuando se nos antojó algo dulce. Pueblo, interior, siesta igual todo cerrado, nada dulce, o sea mates. Mientras esperábamos el agua caliente en la cocina de Paqui se apareció el personaje que me los había traído a empezarse a ganar su apodo lynchenao. Bil le contó se sentía apunado y David le dijo que eso era algo muy grave, que se podía morir y que él mismo ahora volvía de Tucumán de internar al otro chofer porque le había dado un derrame en la cabeza por la altura. Yo le dije que me había apunado un montón de veces sin hospitalizarme y bil le dijo que preferiría tomar un helado. El nuevo indeseable nos explicó la ubicación de todas las tiendas del pueblo para después aclarar que estarían cerradas por la siesta y ofrecernos mermelada de durazno y enojarse porque no la quisimos. Una vez que bel volvió del baño por fin nos pudimos ir. Después charlamos con Paqui que empezó a alardear sobre unas empanadas de carne que le iba a hacer al sobrino, le dimos a entender que queríamos y nos dio a entender que nos haría. Nos dormimos temprano porque los chicos estaban un poquito apunados y al día siguiente nos esperaba la difícil tarea de ver como volver. 
Amanecimos, desayunamos y  nos preparamos para las ansiadas empanadas. Almorzamos con Paqui y un vino (quisiera acordarme el nombre del vino porque era gracioso, pero no hay caso) y nos dijo en confesión que el personaje de película de David Lynch era el chofer de un micro de la universidad de tucuman que había venido a buscar a los arqueólogos que estaban estudiando las pinturas rupestres y que seguramente nos podían llevar hasta Amaicha del Valle. Los chicos querían ir a Tilcara, Jujuy y yo ya estaba curado de espanto sobre viajar sola por Catamarca, porque no había hipies, ni artesanos bohemios, ni otra gente viajando y me había aburrido muchísimo a pesar de lo maravilloso del paisaje; además de que no me sentía lista para separarme de ellos. Bil se tomó la botella de vino y tubo que ir a hacer la siesta y con bel nos fuimos a charlar y reírnos a la plaza del pueblo.
Al volver queríamos algo dulce, una vez más a la hora de la siesta, una vez más todo cerrado, una vez más a esperar el agua del mate.  Aproveché para ir al baño ya que estaba en la casa (nuestra habitación por ser más económica quedaba a la vuelta de la esquina) y después nos encomendaríamos a la difícil tarea de despertar a bil y planear la estrategia para que la gente de la universidad nos llevara de paso en el caso de que fueran canutos como nos intuíamos que eran.  Entré al baño y no pude no acordarme que ahí había conocido al santafesino de la única manera en que conozco gente en los baños compartidos de los hospedajes: malos entendidos sobre si la puerta está abierta o cerrada.  Cuando quise salir me quedé con el picaporte en la mano y escuché caer la otra parte al otro lado de la puerta. Me tenté muchísimo y empecé a llamar a bel sin gritar porque era horario de siesta. Apareció ella en la mirilla de la puerta más tentada que yo, pero no pudo arreglarlo, asique fue a llamar a Paqui. Rápidamente inspeccioné si había algún lugar para que me pasaran el paquete de galletitas que no había alcanzado a abrir pero estaba todo como si fuera blindado. Se escuchó la voz de Paqui maldiciendo que yo hubiera roto la puerta. ¿perdón? Ese picaporte estaba salido desde antes que llegáramos nosotros y la ratisíma no se dignaba a arreglarlo; que uno le pusiera onda y usara el baño igual bajo su propio riesgo de quedarse encerrado es otra cosa. Asique la dulce y cálida Paqui que ya se empezaba a transformar me putió un rato y se fue a pedir ayuda. Yo estaba más que tentada con la situación, muy consiente de que no debía discutir sobre mi culpabilidad hasta que me liberaran del baño.  Apareció bel con un cuchillo que debía ser grande y empezó a intentar algo que no entendí pero que tampoco logró. Llegó el chofer de David Lynch y al ver a bele dijo con su voz de ultratumba que ya no nos daba risa: tené cuidado (pausa macabra) es cuchillo es de metal y si se te cae encima te podés cortar (mueca macabra), y le sacó el cuchillo. Intentó en vano durante unos minutos restablecer cada cosa a su lugar. Como no pudo dijo que había que romper la puerta. Ahí sí que me pareció más grave la situación, porque la Paqui que ya había mostrado la hilacha me la iba a querer cobrar. Y le dije que primero lo hablara con Paqui. Me dijo que él no estaba para eso y que ahora me iba a quedar para siempre encerrada en ese baño, se escuchó caer la caja de herramientas y se fue. Yo esperé y como no pasaba nada la llamé a bel: bel, sigo encerrada. Todo en susurrus. Sí, ya se; dijo bel que apareció en la mirilla desde la cocina con el paquete de galletitas en mano. Boluda, el tipo este se enojó conmigo y se fue; con él teníamos que hablar para que nos lleve hasta Amaicha. Sí, ya se. Bueno, anda a despertar a bil para que venga a hacer algo de lo que hay que hacer y no podemos. Se fue. Silencio. Yo tentada, pero en silencio, porque si  me escuchaban reírme nadie me iba a ayudar a salir.
Al rato apareció otro señor, este amable y tratándome como si estar encerrada desde hacia media hora en el baño fuera un problema del cual yo era la víctima no la culpable. Me dijo que me corriera, tomó carrera y se abrió la puerta con el atrás: libertad! Me retuvo compadeciéndose de mi todo lo que pudo, hasta que me liberé de él también y pude ir a por el paquete de galletitas. Paqui me miraba feo mientras yo comía y yo le revoleaba los ojos; se apareció bil, todo colorado y lento y me miro con cara de qué hacés acá si me acaba de despertar bel para que te saque del baño. Le dije que ahora la prioridad era hablar con Lynch por el transporte y que él era el único que podía hacerlo porque se había enojado con bel y conmigo.  Nos reímos, se compadeció de la pobre paquita el muy chupamedias y le arregló la cerradura. 
Pasamos al primer inciso en cuanto a responsabilidades ahora que por fin nos habíamos logrado reunir y establecimos la siguiente estrategia: iría bil a decirle a Lynch que nadie nos había avisado que en ese pueblo no había cajero por lo que habíamos ido con poca plata que ya se estaba terminando, y que nos acabábamos de enterar que el bus hacia el cajero mas cercano llegaba en dos días y salía en tres y que no nos daba el presupuesto, que si por favor nos podían alcanzar hasta el próximo pueblo con red. Infalible, mi experiencia me ha enseñado que la gente siempre se apiada con los que tenemos problemas con los bancos ya que a todos los odian por igual. Antes que bil pudiera decir la mitad de chamuyo Lynch le dijo que si por el fuera si pero que dependía de los profesores por el seguro de responsabilidad civil de la facultad. Ahora si que estamos en el horno pensé yo pero no se los dije. En eso pasaron por la vereda 40 chicos de 17 años y Paqui nos dijo  que eran los arqueólogos; les preguntamos si nos podían llevar y nos dijeron que no, que no había lugar ni seguro para nosotros. Los odie.  Bil dijo que seria turno del siguiente portavoz del grupo y como bel estaba casi dormida me toco a mi ir a hablar con los profesores, como si no hubiera tenido yo ya suficiente en mi día en particular y de profesores en mi vida en general. Le encomendé a bil que le cancelara todo a Paqui y me fui a buscar el bus por el pueblo.
El bus estaba al lado de la policía que estaba al lado de un cajero. Puta madre, plan destartalado. En eso se apareció bil a decirme que Paqui le quería cobrar las empanadas, que mejor el me ayudaba con los profes y después juntos le peleábamos el precio a Paqui. En ese momento me sentí como si estuviera trabajando después de comer un asado: era incapas de disfrutar ninguna de las actividades que tenia prevista y debía resolverlas todas por obligación y muerta de sueño; y como hago siempre que debo hacer algo que no quiero, miré el reloj: me dí tres horas para estar alejándome de ese pueblo con todo resuelto y entregarme al sueño. 
Entramos al cajero confiando en que no ande y no tener que inventar otra estrategia y no prendía, no había ninguna posibilidad de que prendiera. No está activado dijo bil que de eso conoce, memorizamos el volazo, entramos en personaje y fuimos a hablar con los profesores que estaban hablando con los ratis mientras todos los pibitos que nos habían negado transporte miraban por la ventana y apuraban para irse. Había que llorar y de lo lindo. Cuando por fin hicieron la pausa en su amado declarar y burocratizar que patrimonio de la humanidad habían encontrado y se llevaban para estudiar mejor en San Miguel con la obligada y siempre inconclusa promesa de devolver, les pudimos hacer el actin y enseguida accedieron. Listo, una adentro, ahora Paqui.
La vieja de mierda no solo nos quería cobrar las empanadas que le habíamos ayudado a hacer, que habíamos comido los cuatro juntos y que nos había hecho creer que nos iba a regalar, sino que  además se le había ocurrido que como yo había estado tres días en vez de los 25 que habíamos arreglado le podía dar 30, porque sí. Yo me la quería morfar, bil quería ir a comprarle harina, tomate y cebolla (la carne llegaba en dos días con el bus) y bel estaba prácticamente desmayada pero con todas las mochilas puestas por si arreglábamos para irnos y agarradas por la inseguridad a la que estamos acostumbrados. Le dije con muchísima vergüenza que me daba muchísima vergüenza pero que habíamos entendido que nos la iba a regalar y que no teníamos esa plata. Y la vieja, que no se le caía la cara por nada ni por nadie, nos dijo que también nos había ayudado a conseguir transporte. Le bufé sin sonreírle ante tanta desilusión y ella dijo bueno y nos sacó la plata de la mano. Le pagábamos el hospedaje y a mi me tenía que dar 25 de vuelto. Se apareció al rato con el perro, la correa y el cuento de que lo iba a ir a sacar a pasear un rato, ni mención a mi vuelto. Ya me importaba un carajo la plata, era una cuestión de todo lo que me había desilusionado su persona, era desleal, traicionera, pijotera, manguera y se estaba haciendo la boluda con mi veinticinco pesos, yo que la había comparado para mis adentros con la santa de mi abuela! Bil no sabía como tranquilizarme y seguía insistiendo en comprarle morrones cuando abriera la tienda. La cuestión es que cuando volví le dije que nomas me diera 12 y se quedara con el resto, tuvo la osadía de decir que menos mal porque mas no tenía, le agarré la plata y no la miré nunca más. A los segunditos llegó el micro repleto de estos pibes egoístas que nos miraban por la ventana con cara de orto y hacían cualquier cosa para llamar la atención. Se abrió la puerta de adelante y ahí estaba él: gloriosamente macabro en su trono, bienvenidos! dijo el conductor de una película de David Lynch y bel dijo que le daba mala vibra y que no quería viajar con él. 

como sabés que estas viajando?


Llegué a Santa María de la Sierra catamarqueña, ciudad limítrofe de Amaicha de Valle tucumana en un colectivo repleto de gente y con mi mochila, bolsa de comida, campera y bolsa de dormir a upa. Fue un caos pasar por entre toda la gente que viajaba parada para poder bajarme en el centro, antes de la terminal. Era la primera vez que pisaba Catamarca y tenía mucha expectativa porque nunca había podido llegar. Me pareció hermosísimo el valle y su gente pero no había tiempo para admirar, tenía la siguiente lista de prioridades: sacar plata del cajero, conseguir hospedaje y lavar el único par de medias que había llevado a esa aventura.
Había llevado poca plata después de preguntar y cerciorarme de que en Amaicha hubiera cajero. Cajero había, lo que no hubo fue gente con voluntad de llenarlo ni el viernes, ni el fin de semana, ni el lunes, ni el martes. Entonces con mis últimos tres pesos me ví obligada a pagar el micro de dos con setenta hacia el lugar mas cerca donde hubiera un cajero. De esa manera se inauguraba el primero de tantos momentos en los que en todos  mis viajes tengo problemas con los bancos, siempre algo pasa, a tal punto que me ví exigida ya en Colombia  a generarme una divinidad para ver si tenía más suerte, el dios de los bancos, pero la verdad es que no le gusto mucho.  Me habían informado todo: en Santa María había un solo banco y tres cajeros, o sea que a lo sumo yo iba a estar sin plata hasta la mañana siguiente. Llegué al banco, hice la fila,  y el primer cajero estaba desenchufado. Respire y mire al de al lado, tenia su propia fila y había que esperar. Dios de los bancos, dios de los bancos, dios de los bancos. Se desocupó, puse la tarjeta y las claves y se escuchó el ruido del seño que está adentro del cajero contando el dinero. Listo, no me había preocupado tanto tampoco.
Me encontré con que los campings quedaban lejos de la ciudad (fue una lastima que me encontrara con que no tenía carpa al día siguiente, al llegar al camping que quedaba a tres km de la ciudad, pero eso es otra historia) asique me hospedé en la habitación donde mejor precio y cordialidad me hicieron y comencé a descansar mientras me daba cuenta que era mi primer momento del viaje sola, que de alguna manera mi viaje empezaba ahí.
¿y cómo sabés cuando empezó el viaje?
1.       Aparece devoción por una nueva divinidad, dios de la encontranza, te encontrás tirado justo lo que necesitás; o sea una crema hidratante después de haber estado dos horas y media haciendo dedo al medio día en pleno cerro tucumano, más un rímel al agua, un delineador genial y dos perfumes para tu amiga.
2.       De la nada, algo insólito, una estampida de caballos cuando salimos del camping a pasear por el pueblo en amaicha. NO CORRAN. Y de toque un perro de mierda te asusta.
3.       Eterna repetición de las siguientes comidas: sándwich, arroz, fideos, polenta … cerveza, pan.
4.       Que el pelo no se mueva.
5.       Tener una rasta o trencita nueva, o tres, cuatro o cinco.
6.       Que te regalen algo que a los demás les cobran por tu cara de muerto de hambre.
7.       Tener problemas con los bancos, cajeros, bancarios o con la plata en general.
8.       Quemarme el bigote cuando tuqueo mis puchos.
9.       Ropa: lo que me saco por sucio me pongo por limpio, dijo mi amiga con la que fui por segunda vez a Tucuman.
10.   Que te digan que no tomes el agua de la canilla.
11.   Que te duela la canilla porque te caíste en una asequia (estaba totalmente oscuro y venía hablando muy compenetrada con mi amigo)
12.   Hablarle a cualquier persona que tenga una mochila.
13.   Recordar la sensación de que si te roban las cosas no es tan grave porque por lo menos reducís peso.
14.   Haber perdido el jabón y darte cuenta al tercer día, no por sucia sino porque usabas el de tu amigo.
15.   Quedarte sin pilas en el momento más importante de la excursión y no haber cargado las otras o no haberlas llevado.
16.   Empezar a sentir la abstinencia por entrar a Facebook.

Me dí un baño y traté de empezar a entender que por fin estaba viajando, después de haber cerrado un montón de cosas para que nada me obligara volver y esto fuera solo cuando yo lo decidiera y después de haberlo pospuesto varias varias veces. Respiré y me saludé en cada uno de esos momentos, desde la primera vez que había planeado viajar por toda Latinoamérica hasta que me aburriera hacía casi dos años atrás en México, cuando tuve que desocupar mi casa y deshacerme de todas mis pertenencias para no habilitar a nadie a que me haga uno de esos  favores que devienen en reproche rápida, inentendible, inevitable y con pretensiones de casualmente (igual me quedé con un baúl lleno de recuerdos de mis muertos y un canasto con todos mis diarios), encontrarle familia adoptiva a mi perrita Antar, volver de Colombia para quedar varada de nuevo, todas las charlas con mi mamá sobre mi futuro y su amor al conocimiento universitario, y todas las despedidas que tuve todas las veces que me estuve por ir en mi último mes varada en mardel. En mis amigos y mi amor hacia ellos, en todo lo que los elijo y respeto que no estén acá conmigo, porque los amo porque aman sus vidas.  
Reempecé mi viaje en Tucumán, una de mis provincias preferidas y consideradas bien latinoamericanas. Totalmente enamorada del noroesteargentino desde la primera vez que lo conocí, de los Andes áridos y selváticos, de su gente cálida, hospitalaria, sacrificada y sin corromper por el consumo desmedido. Pueblos perdidos, caminos de ripio, la altura y el frío ilimitado de noche. Fue todo eso y quien sabe qué más lo que en su momento me llevó a tomar la decisión de cambiar mi modo de vida, pero eso es otra historia. Esta vez fue diferente, porque tuve oportunidad de conocer el ser tucumano más de cerca.  Y sentí bastante la diferencia entre mis viajes como turista y este en el que pretendo encontrar mi identidad latinoamericana.
Maravillada como siempre con el acento (me pone, dirían los españoles), el calor, la selva y las construcciones de colores, paseé por San Miguel desde adentro tratando de aprenderme todas las palabras que podía. Tamales, humita casera para mi cumpleaños, cerveza norte y su acido humor frontal.
Me hospedaron cálida y alimentariamente las familias de amigos hechos en Colombia y fue hermoso sentir como esos lazos sobreviven la distancia, los climas, la economía, la limpieza y sanidad, el tiempo, los contextos; y dejar que resurjan redefinidos todas las veces que sea posible. Amistades. Si algo amo de los vínculos son los momentos de conocer su mundo, sus gentes, sus queridos, su día a día, sus sentidos y nuestra relección de la relación y de nosotros mismos.
Tanto en la capital como en los pueblos del interior aprendí lo que para ellos significa la FAMILIA. Al escribirlo así me suena a mafia, pero es parte de este algo raro que siento. Antes que nada considero el liberarse de los mandatos familiares como una de las libertades más importantes a conquistar, la que nos constituye como personas para luego después salir al mundo. Psicologisista, sí. Y entonces fue por lo menos raro ver como sucede esto en sociedades mas tradicionales, conservadoras y estáticas, y me parece un punto difícil hasta de exponer, porque yo pienso que el poder mantener una identidad es libertad (en toda la Provincia de Tucumán  recién hay 4 Mcdonals y sobreviven así la chicha y las comidas típicas) pero qué pasa con la libertad de buscar la identidad más allá de los mandatos, de concebirse singular dentro de la familia?
Me paralicé cuando entendí al ver por qué dicen que a los machistas los educan las mujeres. Vi hombres vacíos e impotentes frente a mujeres que les hacen todo, TODO. Me sentí impotente al hablar con esos hombres y mujeres sin poder (…) sin poder nada, porque a ellos en particular no les interesaba  otra visión o salir de esa estructura en la que se criaron y en la que pretenden educar a sus hijos, aunque uno los vea y ellos se admitan claramente infelices. Una noche de alcohol no me contuve más y pregunté con todo mi ser horrorizado, como es imposible que no pase ante tanto intento por contener la pregunta: ¿no van al psicólogo acá? Y me contestaron que era algo que yo nunca iba a entender; que sí iban hasta que se sentían mejor (o sea, hasta que volvían a ser funcionales al modo social). Viajar sola me obliga a relacionarme de otra manera, valorar la compañía y ser más tolerante. Está bueno, porque uno se vincula con la gente del lugar y malo, porque al no estar con alguien de similar idiosincrasia no hay con quien compartir las opiniones tan diferentes. Angustian los puntos en los que no nos podemos poner de acuerdo y es difícil entender que algunas diferencias puedan enriquecerme.
Agradecí mi formación y educación y me pesó muchísimo haber encontrado un ítem en el que no quería ser como alguien que consideraba más latinoamericano que yo, pero me pesó más su dolor por no poder hacer nada para no ser lo que no querían ser, y obviamente, narcisistamente, me pesó no lograr conectar. Como mujer sentí que no tenía nada que ver con aquellas familias, con cocinarles y limpiarles a sus hombres, con opinar sobre sus novias, con fomentar su inutilidad para seguir siendo necesarias, con acorrarlarlos todo el tiempo para que no hicieran nada sin ellas, con enseñarles a coser a las mas chicas, con estar chiva por un hombre ausente; como amiga me sentí un fracaso por no poder decir esto de una manera en que se construya algo.
Pero no subestimar a nadie es un requisito indispensable a la hora de asumirse a uno mismo no omnipotente y por consiguiente libre. Confío en esa gente que tanto me enseñó sobre la hospitalidad norteña, en su capacidad  de reinventarse y cortar con lo que les haga mal; y les dejé bien en claro que cuando eso suceda se acuerden de mí y me busquen para charlar.
Me quedó la sensación de abismo y angustia. Empecé a sentir que las cosas que yo creía que eran inocencia, confianza, buena onda, hospitalidad, valorar la tradición, amar a su tierra, etc, en realidad no estaban tan lejos de la obediencia acrítica, que es la hipótesis de tantos. Y ví como los reproducían y cuanto serían capaces de pelear en una discusión por eso. Me paranoiqueó no poder salir del círculo y desesperanzó la imposibilidad de comunicación.
 ¿y? ¿qué uno no viaja para eso? Valoré lo propio y me pregunté seriamente si la situación me molestaba tanto por alguna proyección, porque en definitiva, este sentimiento lo tengo yo. Pensé en la familia matriarcal que me constituyó y en todo lo que me generó la libertad de poder no elegir ese modelo, y entre todas esas cosas recordé ese nosequé de los Valles Calchaquíes o de las Ruinas de Quilmes donde comenzaron tantas reflexiones y cosas que me instaron a volver de otra manera. Y todavía no me sentí lista para comprender.
Y así empezó mi viaje por Latinoamérica, inquieta y con ruidos,  desterrando idealizaciones y muy conforme con eso. Como todo, nada es tan grave y también tuve oportunidad de ver familias y personas que se manejaban de otras maneras y traté de pensar en eso (en todas partes la vida está llena de heroísmo), pero ya sabemos lo que pasa con las inquietudes: siempre pesan más! Lista para seguir pensando en esto y para mi próxima reflexión, y anhelando alguna conclusión, enamoradísima del paisaje y de la nobleza de su gente partí a Catamarca. Poca tele, muchas charlas; mucho asado y la música folklórica que lamentablemente todavía no aprendo a disfrutar. Empanadas de carne, vino patero y calor, mucho calor en el marzo tucumano. La Luna Tucumana y toda mi admiración por su amor a Pacha, a sus tradiciones, por su conocimiento práctico de su geografía, su mirada desinteresada, sus tantas preguntas buscando entenderte y su frontal opinión, porque si te tienen que decir caprichosa porque se te canta tomar agua de la canilla te lo dicen!
(También me sentí ingenua sobre mi proyecto y los alcances de la europeización en mi cabeza, no me iba a ser tan fácil deshacerme de eso.)