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martes, 22 de mayo de 2012

antofagasta: odisea de ida, estadía y vuelta: 2


Unos segundos antes del viento atroz de las siete de la tarde, el idiota del santafesino que había cambiado rockearla por religión busca ovnis contó, interrogado por el catalán, que además de en sueños los ve en las montañas y en puntos que ellos le dicen (en sueños) y que estaba en ese pueblo para hacer contacto. Que interesante, dije yo con todo mi ser poniéndole onda a la situación. Y entonces me invitó a verlos subidos al cerro que estaba detrás del cementerio ese mismo atardecer. A esa altura yo ya me había tomado la situación como una performance de actuación y estaba tan empecinada en cumplir con mi papel  y a serle fiel a un personaje que me había inventado mientras él hablaba, que le dije con mucho entusiasmo que sí. A veces me dejo llevar demasiado y esos momentos son los que después fundamentan mi fobia e  hipótesis de que hay que tener cuidado con la gente, porque a veces uno se pierde en los vínculos. Enseguida me dí cuenta del error, pero confíe en mi capacidad de improvisar para cuando llegara el momento. A los pocos minutos de que el  atroz pero salvador viento de las siete de la tarde nos abstrajera de las boludeces fingidas del santafesino, él interrumpió el divino silencio para aclararme que la invitación era sólo para mi, que si yo lograba reunirme con mis amigos antes del atardecer caducaba. Me dio muchísima risa que no tuviera vergüenza en excluir y empecé a sentirme tranquila porque no lo había juzgado de indeseable en vano.
Llegamos al reparado, cálido e iluminado hogar de Paqui, puse el agua para mi mate y preparé mis cuadernos para escribir un rato, organizar mi experiencia y concentrarme en que bil y bel llegaran esa noche al pueblo.  Mientras yo disfrutaba de estar sentada y en charla conmigo misma, se apareció y me informó que faltaban veinte minutos, por si me quería bañar o algo, que el avistamiento se producía entre las ocho y las ocho y veinte, que no nos podíamos demorar. Ya no era necesario que yo me esforzara más por contener la risa, asique le dije abiertamente que prefería tomarme el  mate y seguir existiendo sin él ni sus ovnis. A partir de ese momento no me habló nunca más y fue el único evento que podría catalogar como religioso del día.
Después se apareció Paqui, que todavía era buena y dulce, con la historia de que la ex senadora de Catamarca estaba ahí y que íbamos a amasar fideos. Me morí de amor por la pasta, por amasar con Paqui y por la historia de la mujer que no me quiso decir el nombre, pero que desde siempre iba  por lo menos una vez por mes  a Antofagasta para recorrer  la región sin decirle a nadie de su cargo y que hacía unos meses Paqui se había enterado que había sido  senadora pero que ya no era. Durante la cena aproveché a charlar con ella sobre todo lo que pude:  que me contara sobre la mina de mierda que está perdida entre caminos de ripio, sin médicos; que les llevan comida a los trabajadores cada quince días y se han muerto varias mujeres dando a luz porque no hay ni agua potable. Quise ir a conocer y empecé a fraguar algún plan, pero faltaba todavía que bel y bill llegaran. Me contó sobre las culturas indígenas del lugar y los logros en cuanto a reconocimiento y respeto; y desee lo mismo para los Quilmes de Tucumán. Finalmente confesó desilusionada que se había hartado del mundo de los políticos y había decidido no presentarse para que la reelijan en su cargo y seguir gestionándola por su lado. Había también un sanjuanino cincuentón que se dedicaba a llevar turistas de aquí para allá en su combi y aproveché para felicitarlo por su hermosa provincia y cálida gente y hacerle la pregunta que me venía interesado desde que conocí la zona: además de la corrupción, por qué creía él que Mendoza era tan rica y San Juan tan pobre teniendo las dos la misma geografía; además de que porque Mendoza se roba los ríos de toda la región. Y me contestó, de manera muy simple y asumida, que era por las distintas culturas de los europeos que habían colonizado, que los de sanjuán eran más perezosos mientras que los de mendoza más ahorrativos y de trabajo organizado; la verdad que me dejó conforme. 
Terminamos de comer, nos tomaron a todos la presión por la altura y sacaron un vino y los dados. A mitad del partido de diez mil mientras yo ganaba con mucha ventaja golpearon la puerta. Se apareció un tipo alto, flaco, desprolijo, feo y algo más que hacía que quisiera mantenerlo lejos pero todavía no sabía qué, pidió alojamiento y detrás de él estaban ellos! Mis amigos! Me habían encontrado! Gritamos, saltamos, nos abrazamos, me recriminaron que no los estaba esperando en la terminal, les recriminé que hubieran tenido el celular apagado; le sedí mis puntos a la ex política (era mi personaje preferido de la mesa, pero no los aceptó) y los llevé a la habitación que había conseguido.
Charlamos durante horas, tomamos el vino que yo había comprado para generar el momento cuando no podía hacer otra cosa y cada cual contó su versión del transcurso de las horas. A ellos los habían levantado enseguida de la rotondita y llevado a un pueblo fantasma en el que había hecho dedo todo el día sin noticias del colectivo. La gente del lugar había sido maravillosamente hospitalaria con ellos, les habían dado de comer y alojado en la sede de reuniones del pueblo, previo contarles lo entusiasmados que estaban por la mina que se iba a abrir en la zona,  por el museo de la mina que el gobierno provincial les estaba armando, por un hospital que les prometieron  y por los puestos de trabajo que se estaban intuyendo.  Todas las montañas maravillosas tienen minerales más maravillosos que las forman y a veces hasta yo misma no resisto la tentación de llevarme una piedrita, pero qué simbólicamente perverso es pensar que la tierra va a seguir siendo la misma cuando le sacan tantas cosas y a esas magnitudes. Ni que decir del uso de metales pesados para separar los minerales, la contaminación de la región y el riesgo para los que los manipulan. Es terrible que ninguno de ellos se haya dado cuenta no sólo de que el hospital, si se concretaba, iba a ser para los dañados o accidentados por la mina, si no que lo deberían haber  tenido siempre.  Que perverso que los comprenden con un museo, como si eso fuera cultura. Mucho más que la minería venga a ser la salvadora del desempleo de un pueblo aislado y pobre que justamente es así porque  la gente rica de la provincia así lo decidió cuando se morfó la plata para las rutas por ejemplo, haciendo que no puedan llegar siquiera camiones con alimento o gas.  Y esta mina no es famatina que llegó a los medios y me parece muy bien que así haya sido, es de un pueblo muy chico, muy perdido lejos de la capital y lamentablemente muy feliz con su museo. Estas son las cosas que me hacen sentir impotente, desesperanzada e insignificante.


Les conté del idiota, pero ya no era grave sino extremadamente divertido, y que se iría mañana de acampada solo a la olla del volcán para hacer contacto. Ahí mismo el hijo de puta de bil quiso que lo siguiéramos y nos le apareciéramos con las linternas en la mitad de la noche reclamando contacto. Cómo desee no haberle visto la cara de cordero degollado, ni sentir una especie de responsabilidad para con la historia de vida que me había confiado. Con toda la frustración del mundo me tuve que negar a hacer semejante proeza, todavía me da bronca haber sido la fuente y sentirme incapas de traicionarlo.
Al día siguiente paseamos, les mostré lo maravillada que estaba con el lugar y con su gente, les conté del viento y fuimos hasta las pinturas ruprestres. Empezamos a volver cuando se declararon incapaces de soportar más caminata a esa altura y nos apuramos cuando se nos antojó algo dulce. Pueblo, interior, siesta igual todo cerrado, nada dulce, o sea mates. Mientras esperábamos el agua caliente en la cocina de Paqui se apareció el personaje que me los había traído a empezarse a ganar su apodo lynchenao. Bil le contó se sentía apunado y David le dijo que eso era algo muy grave, que se podía morir y que él mismo ahora volvía de Tucumán de internar al otro chofer porque le había dado un derrame en la cabeza por la altura. Yo le dije que me había apunado un montón de veces sin hospitalizarme y bil le dijo que preferiría tomar un helado. El nuevo indeseable nos explicó la ubicación de todas las tiendas del pueblo para después aclarar que estarían cerradas por la siesta y ofrecernos mermelada de durazno y enojarse porque no la quisimos. Una vez que bel volvió del baño por fin nos pudimos ir. Después charlamos con Paqui que empezó a alardear sobre unas empanadas de carne que le iba a hacer al sobrino, le dimos a entender que queríamos y nos dio a entender que nos haría. Nos dormimos temprano porque los chicos estaban un poquito apunados y al día siguiente nos esperaba la difícil tarea de ver como volver. 
Amanecimos, desayunamos y  nos preparamos para las ansiadas empanadas. Almorzamos con Paqui y un vino (quisiera acordarme el nombre del vino porque era gracioso, pero no hay caso) y nos dijo en confesión que el personaje de película de David Lynch era el chofer de un micro de la universidad de tucuman que había venido a buscar a los arqueólogos que estaban estudiando las pinturas rupestres y que seguramente nos podían llevar hasta Amaicha del Valle. Los chicos querían ir a Tilcara, Jujuy y yo ya estaba curado de espanto sobre viajar sola por Catamarca, porque no había hipies, ni artesanos bohemios, ni otra gente viajando y me había aburrido muchísimo a pesar de lo maravilloso del paisaje; además de que no me sentía lista para separarme de ellos. Bil se tomó la botella de vino y tubo que ir a hacer la siesta y con bel nos fuimos a charlar y reírnos a la plaza del pueblo.
Al volver queríamos algo dulce, una vez más a la hora de la siesta, una vez más todo cerrado, una vez más a esperar el agua del mate.  Aproveché para ir al baño ya que estaba en la casa (nuestra habitación por ser más económica quedaba a la vuelta de la esquina) y después nos encomendaríamos a la difícil tarea de despertar a bil y planear la estrategia para que la gente de la universidad nos llevara de paso en el caso de que fueran canutos como nos intuíamos que eran.  Entré al baño y no pude no acordarme que ahí había conocido al santafesino de la única manera en que conozco gente en los baños compartidos de los hospedajes: malos entendidos sobre si la puerta está abierta o cerrada.  Cuando quise salir me quedé con el picaporte en la mano y escuché caer la otra parte al otro lado de la puerta. Me tenté muchísimo y empecé a llamar a bel sin gritar porque era horario de siesta. Apareció ella en la mirilla de la puerta más tentada que yo, pero no pudo arreglarlo, asique fue a llamar a Paqui. Rápidamente inspeccioné si había algún lugar para que me pasaran el paquete de galletitas que no había alcanzado a abrir pero estaba todo como si fuera blindado. Se escuchó la voz de Paqui maldiciendo que yo hubiera roto la puerta. ¿perdón? Ese picaporte estaba salido desde antes que llegáramos nosotros y la ratisíma no se dignaba a arreglarlo; que uno le pusiera onda y usara el baño igual bajo su propio riesgo de quedarse encerrado es otra cosa. Asique la dulce y cálida Paqui que ya se empezaba a transformar me putió un rato y se fue a pedir ayuda. Yo estaba más que tentada con la situación, muy consiente de que no debía discutir sobre mi culpabilidad hasta que me liberaran del baño.  Apareció bel con un cuchillo que debía ser grande y empezó a intentar algo que no entendí pero que tampoco logró. Llegó el chofer de David Lynch y al ver a bele dijo con su voz de ultratumba que ya no nos daba risa: tené cuidado (pausa macabra) es cuchillo es de metal y si se te cae encima te podés cortar (mueca macabra), y le sacó el cuchillo. Intentó en vano durante unos minutos restablecer cada cosa a su lugar. Como no pudo dijo que había que romper la puerta. Ahí sí que me pareció más grave la situación, porque la Paqui que ya había mostrado la hilacha me la iba a querer cobrar. Y le dije que primero lo hablara con Paqui. Me dijo que él no estaba para eso y que ahora me iba a quedar para siempre encerrada en ese baño, se escuchó caer la caja de herramientas y se fue. Yo esperé y como no pasaba nada la llamé a bel: bel, sigo encerrada. Todo en susurrus. Sí, ya se; dijo bel que apareció en la mirilla desde la cocina con el paquete de galletitas en mano. Boluda, el tipo este se enojó conmigo y se fue; con él teníamos que hablar para que nos lleve hasta Amaicha. Sí, ya se. Bueno, anda a despertar a bil para que venga a hacer algo de lo que hay que hacer y no podemos. Se fue. Silencio. Yo tentada, pero en silencio, porque si  me escuchaban reírme nadie me iba a ayudar a salir.
Al rato apareció otro señor, este amable y tratándome como si estar encerrada desde hacia media hora en el baño fuera un problema del cual yo era la víctima no la culpable. Me dijo que me corriera, tomó carrera y se abrió la puerta con el atrás: libertad! Me retuvo compadeciéndose de mi todo lo que pudo, hasta que me liberé de él también y pude ir a por el paquete de galletitas. Paqui me miraba feo mientras yo comía y yo le revoleaba los ojos; se apareció bil, todo colorado y lento y me miro con cara de qué hacés acá si me acaba de despertar bel para que te saque del baño. Le dije que ahora la prioridad era hablar con Lynch por el transporte y que él era el único que podía hacerlo porque se había enojado con bel y conmigo.  Nos reímos, se compadeció de la pobre paquita el muy chupamedias y le arregló la cerradura. 
Pasamos al primer inciso en cuanto a responsabilidades ahora que por fin nos habíamos logrado reunir y establecimos la siguiente estrategia: iría bil a decirle a Lynch que nadie nos había avisado que en ese pueblo no había cajero por lo que habíamos ido con poca plata que ya se estaba terminando, y que nos acabábamos de enterar que el bus hacia el cajero mas cercano llegaba en dos días y salía en tres y que no nos daba el presupuesto, que si por favor nos podían alcanzar hasta el próximo pueblo con red. Infalible, mi experiencia me ha enseñado que la gente siempre se apiada con los que tenemos problemas con los bancos ya que a todos los odian por igual. Antes que bil pudiera decir la mitad de chamuyo Lynch le dijo que si por el fuera si pero que dependía de los profesores por el seguro de responsabilidad civil de la facultad. Ahora si que estamos en el horno pensé yo pero no se los dije. En eso pasaron por la vereda 40 chicos de 17 años y Paqui nos dijo  que eran los arqueólogos; les preguntamos si nos podían llevar y nos dijeron que no, que no había lugar ni seguro para nosotros. Los odie.  Bil dijo que seria turno del siguiente portavoz del grupo y como bel estaba casi dormida me toco a mi ir a hablar con los profesores, como si no hubiera tenido yo ya suficiente en mi día en particular y de profesores en mi vida en general. Le encomendé a bil que le cancelara todo a Paqui y me fui a buscar el bus por el pueblo.
El bus estaba al lado de la policía que estaba al lado de un cajero. Puta madre, plan destartalado. En eso se apareció bil a decirme que Paqui le quería cobrar las empanadas, que mejor el me ayudaba con los profes y después juntos le peleábamos el precio a Paqui. En ese momento me sentí como si estuviera trabajando después de comer un asado: era incapas de disfrutar ninguna de las actividades que tenia prevista y debía resolverlas todas por obligación y muerta de sueño; y como hago siempre que debo hacer algo que no quiero, miré el reloj: me dí tres horas para estar alejándome de ese pueblo con todo resuelto y entregarme al sueño. 
Entramos al cajero confiando en que no ande y no tener que inventar otra estrategia y no prendía, no había ninguna posibilidad de que prendiera. No está activado dijo bil que de eso conoce, memorizamos el volazo, entramos en personaje y fuimos a hablar con los profesores que estaban hablando con los ratis mientras todos los pibitos que nos habían negado transporte miraban por la ventana y apuraban para irse. Había que llorar y de lo lindo. Cuando por fin hicieron la pausa en su amado declarar y burocratizar que patrimonio de la humanidad habían encontrado y se llevaban para estudiar mejor en San Miguel con la obligada y siempre inconclusa promesa de devolver, les pudimos hacer el actin y enseguida accedieron. Listo, una adentro, ahora Paqui.
La vieja de mierda no solo nos quería cobrar las empanadas que le habíamos ayudado a hacer, que habíamos comido los cuatro juntos y que nos había hecho creer que nos iba a regalar, sino que  además se le había ocurrido que como yo había estado tres días en vez de los 25 que habíamos arreglado le podía dar 30, porque sí. Yo me la quería morfar, bil quería ir a comprarle harina, tomate y cebolla (la carne llegaba en dos días con el bus) y bel estaba prácticamente desmayada pero con todas las mochilas puestas por si arreglábamos para irnos y agarradas por la inseguridad a la que estamos acostumbrados. Le dije con muchísima vergüenza que me daba muchísima vergüenza pero que habíamos entendido que nos la iba a regalar y que no teníamos esa plata. Y la vieja, que no se le caía la cara por nada ni por nadie, nos dijo que también nos había ayudado a conseguir transporte. Le bufé sin sonreírle ante tanta desilusión y ella dijo bueno y nos sacó la plata de la mano. Le pagábamos el hospedaje y a mi me tenía que dar 25 de vuelto. Se apareció al rato con el perro, la correa y el cuento de que lo iba a ir a sacar a pasear un rato, ni mención a mi vuelto. Ya me importaba un carajo la plata, era una cuestión de todo lo que me había desilusionado su persona, era desleal, traicionera, pijotera, manguera y se estaba haciendo la boluda con mi veinticinco pesos, yo que la había comparado para mis adentros con la santa de mi abuela! Bil no sabía como tranquilizarme y seguía insistiendo en comprarle morrones cuando abriera la tienda. La cuestión es que cuando volví le dije que nomas me diera 12 y se quedara con el resto, tuvo la osadía de decir que menos mal porque mas no tenía, le agarré la plata y no la miré nunca más. A los segunditos llegó el micro repleto de estos pibes egoístas que nos miraban por la ventana con cara de orto y hacían cualquier cosa para llamar la atención. Se abrió la puerta de adelante y ahí estaba él: gloriosamente macabro en su trono, bienvenidos! dijo el conductor de una película de David Lynch y bel dijo que le daba mala vibra y que no quería viajar con él. 

Antofagasta: odisea de ida, estadia y vuelta: 1


Desde la primera vez  que ví el pueblo de Antofagasta de la Sierra perdido en el mapa en mitad de la provincia de Catamarca (sobre la cordillera, camino a una mina y a San Antonio de los Cobres, Salta) supe que tenía que ir. Ya me había dicho todo el mundo que no era fácil ni barato llegar, pero estoy convencida de que los accesos imposibles solo pueden ser mágicos.  Después de pasar una semana con bill y bel acampando en la selva catamarqueña (yo no lo sabía, pero eso era una despedida de la selva quien sabe hasta cuando), los convecí de ir hasta Antofagasta. Mucho no me costó, no porque tuviera elementos, sino porque ellos (quizá más que yo) confiaban en el destino que nos había hecho encontrar.
Cuando terminamos de decidirlo decidimos terminar los mates. Desarmamos y partimos felices de no haber pagado nada, porque el cuidador del camping con fogones, baños y pileta, nos dijo que no podía cobrarnos porque se le había terminado el talonario y que por una semana de estadía no iba a ir a buscar otro. Obviamente lo interpretamos como un visto bueno del cosmos, porque los momentos sin dinero son más puros y maravillosos y con total ingenuidad emprendimos camino a Antofagasta de la Sierra.
A la salida del camping perdimos el micro hasta Belén, y fuimos caminando hasta Londres (7km) y mientras yo iba a preguntar si el pañuelo que había perdido estaba en mi anterior hospedaje, pasó el último bus de la mañana  augurándonos 4, 5 o 6 horas de espera al primero de la tarde. Sándwich de milanesa, papas fritas y cerveza fueron el duelo para el pañuelo que le acaba de perder a mi mamá y que se está enterando ahora que me llevé. Duramos cuatro horas haciendo dedo hasta que conseguimos que un amable londrense nos llevara hasta Belén. Bele chocha de conocer la ciudad con su nombre (15 km). En la ciudad nos informaron sin ser concientes de la tragedia que representaba para nosotros, que el micro a Antofagasta había salido hacía unas horas y no había otro hasta dentro de dos días, que lo más que se nos podíamos acercar era hasta Corral Quemado, lugar donde se cruzaban la ruta con el camino. Al pedo intentamos hacer dedo en las cuatro horas de espera que tuvimos, tomamos el bus cuando se le ocurrió pasar y llegamos al cruce a las diez de la noche.
Nos recibió la seño Norma y le pedimos lo más económico que tuviera para armar la carpa o tirar las bolsas nomas. Nos dio una habitación con una sola cama y sin hacer, la sorteamos por idea, iniciativa y acción de bill con un juego de manos, y me tocó a mi. Al día siguiente la señora no sólo no nos quiso cobrar la habitación con el cuento de que no nos había dado ni hecho nada, si no que se empecinó (como sólo los altiplanenses se empecinan) con regalarnos también el agua del mate. No nos quedó otra que aceptarle todo, agradecérselo mil veces e interpretarlo como otro buen augurio.
Fuimos a tomar el mate a la rotonda del cruce con la esperanza de que nos levantara alguien camino a Antofagasta antes del mediodía que era el horario del bondi. A los veinte minutos pasó una parejita muy cheta y muy amable en un corsa muy bajo, y me cargaron a mi y a las dos mochilotas de los chicos, pero no a los chicos porque no entrabamos.
A los quince minutos les empezó a calentar el auto, y a los veinte empezamos a parar cada diez para que no explotara algo. La ruta era desierta, de ripio por momentos, con todos los ríos del lugar pasándole por el medio y deshaciendo el pavimento; pero era el camino más hermoso que yo jamás hubiera  visto o podido imaginar. La parejita no tenía mucha tolerancia a los imprevistos y enseguida se  malondeó; yo por educación trataba de esconder mi felicidad, pero cada tanto volvía a intentar convencerlos de el auto en caliente era una anécdota pero semejante paisaje era una obligación de agradecimiento. Igual trataba de no sonreír tanto, pero eso era increíble e inimaginable; pensaba en bele y Billy y su manera de disfrutarlo cuando les llegara el momento, porque nosotros parando y parando no nos habíamos cruzado nada, ni por atrás ni por adelante; pero no era un momento de hacer conjeturas si no de contemplar y tratar de entender. Había montañas de todos colores, piedras, tierras, pastos, arenas, kaktos, todo era de todos colores y todo cambiaba cada quince kilómetros. Había volcanes negros que de perfil se veían rojos. En un momento hubo un cartel de obligación de desvío por inundación y fue lo más alucinante, en medio de todo ese desierto colorinche había un río que había crecido tanto por el cambio climático del que todos pitamos, tanto que llegaba a inundar 600 metros de carretera; era como ver el mar entre esas montañas y a esa altura, increíble, no se podía pestañear y yo me había quedado obviamente sin pilas en la cámara. ¿por qué uno nunca intuye que si se viene maravillando de algo lo más probable es que se siga maravillando, por qué no reservamos pilas para lo que viene después de lo maravilloso?
Tardamos siete horas en hacer 160 km y como yo todavía no había ido a Bolivia me llegó a parecer una barbaridad. Ellos no daban más del estrés y yo no podía creer que existiera un lugar tan hermoso y que estuviera a tiempo todavía de ver el atardecer. Se metieron en la hostería del pueblo y les sacaron la cabeza, yo pegunté a qué hora y a dónde llegaba el micro y me sacaron la mía: mañana entre las 9 y las 12 de la noche. Intenté llamarlos, pero ni ellos ni yo teníamos señal, ni batería.
Me hospedé en donde la seño Paqui que enseguida me hizo el descuento que yo necesitaba;  la amé, idolatré, ayudé y quise quedarme a trabajar con ella durante dos días. Ella me daba de comer y yo la ayudaba a cocinar y a lavar y todo le preguntaba; y la vieja estaba feliz de tenerme para charlar y darme todo tipo de indicaciones, se sonreía todo el tiempo.
Al día siguiente escalé todas las montañas que pude y volví a gastar las pilas de la cámara en menos de tres horas. Al volver a la habitación con olor a humedad que mi presupuesto podía generarme, me crucé con un catalán cuarentón que andaba viajando por el altiplano en bici y su reciente amigo santafesino de mi edad que había aparecido la noche anterior a las 12 de la noche por el alojamiento de Paqui con el cuento que se había perdido y teniéndolos a todos preocupadísimos (y a mi tentadísima) por el frío de la noche. Me invitaron a caminar seis km hacia las pinturas rupestres y aún a costa de posponer el mate y la siesta pos escalada no pude negarme.
Caminamos sin cesar por los senderos, por el río y escalamos cuando fue necesario. Yo estaba agotadísima y sentía la altura (3500 msnm) en los muslos y en la nariz, pero semejante paisaje no ameritaba menos que agradecimiento al universo por tener un lugar tan hermoso e inimaginable y permitirme conocerlo. El catalán y yo charlábamos bastante (me son fáciles los temas de conversación con los españoles porque consumo bastante de su cultura) y el santafesino se mantenía distante y en pose, raro y muy placentero ignorar para que se esforzara más en mantener su distanciada soberbia. Llegamos a un punto en que el catalán y yo paramos a descansar y él dijo que tenía que terminar algo y subió a una formación rocosa que había de unos tres metros. Ni nos miramos nosotros ante semejante acting  estrellado que no nos importaba una ostia. Charlamos con un señor hermoso que se encargaba de regar la zona y lo interrogamos sobre el sorprendente sistema de riego (iba haciendo y rompiendo  con una pala una canaleta sobre zonas previamente inundadas a propósito y así el agua fluia, como debe fluir siempre).  Volvió el personaje en cuestión feliz de que lo hubiéramos mirado cuando bajó de la piedra y se nos puso adelante,  ya nos irritaba bastante y ya lo no ignorábamos sino que teníamos que hacer esfuerzo para contener los bufidos.
Iniciamos el camino de vuelta y unos veinte minutos antes de que comenzara un viento atroz que hay en la zona de siete a nueve de la noche, nos preguntó creyéndose el centro del mundo como solo la gente que pertenece a grupos muy cerrados y dogmáticos puede asumir esa  posición de importancia: ¿quieren saber que fui a hacer? Ni nos miramos pero obviamente seguíamos tratando  de no bufar. Y dale, ya estábamos jugados y para volver nos separaban los mismos seis kilómetros que para ir  mas el cansancio.
¿Ustedes de qué religión son? Silencio. Pausa. Silencio. A mi ya me tenía harta tanto fantasma (que no es nadie) estrellado haciéndose el interesante y pretendiendo hacérnoslo creer al catalán trotamundos y a mi, interrumpiendo sin ningún tipo de sentido común nuestras charlas sobre el paisaje, Zapatero, Extremoduro, La Polla, Los hombres de Paco, la visión de los españoles sobre los inmigrantes latinos, la experiencia de él como español en suelo colonizado y saqueado por los suyos, los Vazcos, o todo lo que me interesaba saber y compartir con una persona que anda en bici hasta que no puede más y arma su carpa en el altiplano para pasar la noche (si no esta el agua congelada no va a ser una noche tan fría, me alcanzó a contar antes de que el boludo este estropee el momento).
Yo soy atea, le dije sin mirarlo a la cara y revoleando los ojos para arriba para que supiera que me estaba molestando. Sí, yo también; dijo el catalán con una humildad difícil de concebir en ellos. Y ahí nomas el muy idiota puso una cara de perro mojado que le hubiera dado lástima a cualquiera, no es que nosotros hayamos flaqueado. Y yo me acordé de todas las personas religiosas que conozco y quiero mucho y traté de que no me diera tanta repulsión esa actuación sobervia que sentía en él (mal, muy mal hecho, si en algo hay que confiar es en nuestro instinto cuando nos dice que alguien es insoportable durante cinco horas en un paisaje maravilloso donde todo lo que no sea ese boludo es interesante).  No pude despreciarlo tanto y abrí el diálogo: yo no creo en las instituciones y en la parte de la fe que le ordena la vida a la gente, los hace sufrir, excluye y margina; pero respeto mucho los sentimientos nobles que genera, cuando los genera. Y el catalán dio una definición que pienso robarle hasta el fin de mis días: eso mismo, mis valores no son universales. Bueno, porque yo soy budista y he venido aquí a hacer contacto con extraterrestres, porque ustedes no saben …. Primero, nos habíamos esforzado por respetar lo irrespetable e integrarlo a una conversación que no queríamos tener ni con él ni con su religiosidad. Segundo, nos habíamos esforzado en explicar nuestro ateísmo de una manera que no lastimara sus sentimientos y él siquiera había dialogado sobre eso, se había salteado el paso de comentar nuestro comentario generando así su siguiente comentario. Tercero, me estaba diciendo en mi cara con ínfulas de superioridad que a él lo visitaban omnis mientras dormía y a mi no! Y cuarto, ese era solo el principio del monologo!
Traté de no mirarlo al catalán (que no me acuerdo el nombre para cambiar de palabra) y de que no se me notara en el cuerpo la energía nerviosa que dominaba. Traté de ser más humilde como hace rato que intento, y como la historia empezaba con él adolescente  perdido por los campos de la gente de plata de la provincia de Santa Fe, robándoles, drogándose y andando en moto, traté de que me sea un poco más amena la historia que de todas maneras me iba a fumar. Un ex novio músico que tuve decía que la peor contaminación es la sonora porque uno no  puede elegir no escuchar, y creo que se refería a estas cosas.
Su voz sin su imagen reducía un 45 % la molestia  (bien), pero la historia moralista que terminaba con el grupo religioso sacándolo de “la droga” para convencerlo de que seres extraterrestres lo elijen  mientras duerme para darle un mensaje del 2012, ahí ya perdí el hilo, porque además dijo que esa gente enana vivía adentro de la cordillera, sumaba un 70% de intolerancia.  Yo ya que estaba, perdido por perdido y si a él no le da vergüenza decir boludeces a mi tampoco, le pregunte si tomaban kakto. Se enojó y me dijo que no; que ninguna droga, que todas eran malas, diablo y satanás. Yo me sentí feliz de haberlo molestado aunquesea una vez y sé que el catalán también lo sintió, porque enseguida empezó a hablarle de las historias de ese tipo que suceden en España y toda clase de bolasos de esa índole pero españoles. Y por si fuera poco, para colmar mi momento de felicidad por la batalla ganada al uso de la palabra por el estúpido y como prueba de que el universo me ama de manera incondicional, empezó el atroz viento de las siete de las tarde haciendo imposible el dialogo. Pusimos cara de que pena, reimos para nuestros adentros y volvimos hasta la calidez del hogar de Paqui en SI LEN CIO.