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miércoles, 27 de junio de 2012

Hacia Bolivia

Los dos pos (sr. Mon y Pum) se fueron a conocer Humahuaca antes de la fecha pactada para cruzar juntos la raya. Oki y yo no nos podíamos mover, porque esperábamos él una encomienda de su mamá y yo mi mochilota con todas mis cosas que les había dejado a mis amigos en Tucumán, pensando que regresaría luego de hacer Catamarca. La caja de oki llegó con apenas unas horas de retraso y la mía tardó casi un día más, porque en la terminal de Tucumán se tomaron todos los feriados de semana santa, incluyendo el sábado, cosa que para mí hasta ese momento era impensable. Asique pasamos toda esa tarde comiendo los exquisitos huevos de pascua que había mandado la mamá de oki, mientrsa yo inventaba sin para historias sobre una alergia gravísima que tenía, para conmover a la gente de la terminal y que convencieran a los choferes de que despacharan mi mochila con la medicación y la pomada cuanto antes. Finalmente llegó como cuatro horas antes de lo previsto, pero a las cuatro de la mañana, por lo que no la tuve como hasta las diez como me habían dicho. Igual aprovechamos el tiempo en despedirnos de amigos, sobre todo de zipo, otro cordobés chuleadazo que había acompañado a oki en la primera parte de su viaje. Ninguna despedida termina temprano y esta no fue la excepción, aunque ya teníamos ganas de estar en un lugar diferente desde que habíamos bajado de la peregrinación y habían empezado los feriados de semana santa.
Como si los pos lo hubieran intuido, dos segundos antes de abandonar el histórico camping del gran tilcara, nos empezaron a llover al celular listas detalladas de las pertenencias que se habían olvidado y los posibles lugares donde las encontraríamos. Asique, como si esos cinco días de demora no me hubieran puesto lo suficientemente intranquila por la encomienda que venía con mi compu, mi pasaporte y mis dólares, además de todas las otras cosas, demoramos veinte minutos más en el operativo repatriar los objetos perdidos de los pos.
En la terminal me reconocieron y me preguntaron por la alergia, ahora me la curo seguro les dije y aproveché para pedirles que me dejaran pasar a su oficina a buscar la pomada y ponérmela. Desesperada y dormida como estaba encontré todo en cinco minutos y redistribuí lo necesario, sin permitirme buscar el perfume que tantas ganas tenía de ponerme. Estábamos apurados porque teníamos que llegar a la quiaca esa tarde y yo había convencido a oki de llegar a dedo.
Nos plantamos en la estación de servicio y contrario a mi pronóstico tardó más de dos horas un camionero en llevarnos. Como en casi todas mis experiencias, nos levantó el mejor que nos podía tocar. Era un boliviano que había vendido el lote que había heredado y vivía en argentina hacía más de veinte años. Se había comprado un camión que él mismo manejaba y aprovechaba para viajar y conocer. Amo los camiones, si fuera por mí me movería sólo en ellos pero a veces no sale, le conté. A él también le encantaba llevar gente, porque le gustaba la vida de los viajeros y se arrepentía mucho de no haberse animado a hacerlo cuando se fue de Bolivia. Eran otras épocas, muy peligroso y no lo hacía tanta gente, me contó. Además nos explicaba todo, la agricultura y economía de la zona. Yo le conté la misma historia que le contaba a todo el mundo, cuando en mi primer viaje a la región me ofrecieron milanesa de llama como plato típico y me horroricé, y una chola muy irónica me preguntó si comía las empanadas de carne del mercado y cuántos kilómetros hacía que no veía una vaca. Se cagó de risa como todos.
El peor dedo de mi vida, el único medianamente malo, había sido hacía un mes aprox, con mis amigos los tucus desde tafí del valle a amaicha. Después de esperar más de tres horas al mediodía con el sol del altiplano achicharrándonos toda la piel y eufóricos de
insolación, un viejito lleno de pelo blancos en la cabeza y brazo y acento anglo, había parado su auto importado para preguntar para que lado quedaba cayafate. Yo le había indicado y mangueado, obvio. Medio desconcertado dijo que sí y subimos (como no puede ser de otra manera con todos nuestros petates desparramados y dos músicas distintas en dos celulares distintos en las manos). El señor nos miraba sobresaltado y asustado. Apagamos las músicas y se empezó a escuchar una como de misa que era la suya. El camino estaba lleno de curvas, subidas y bajadas y nos dijo que nos pusiéramos el cinturón de seguridad porque el peligroso y una vez él había tenido un accidente gravísimo. Y nos empezó a contar la historia, toda tétrica y macabra de cuando se le había muerto la esposa en ese accidente gravísimo. Lento, pausado, transpirado y macrabo. A nosotros nos daba risa porque estábamos bastante insolados, pero igual advertíamos su energía densa. Cada vez que había una curva se desintonizaba la emisora y hacía la música religiosa más tipo fúnebre. Lo peor fue cuando contó que le había puesto gas al auto importado y no tuvimos más dudas de que estábamos en manos de un desequilibrado. Cada vez que la tucu y yo, que íbamos atrás, nos movíamos o nos decíamos algo, él disminuía la velocidad, se daba vuelta para mirarnos a ver qué hacíamos. En las bajadas apagaba el motor, porque creería que así economizaba. Cuando se empezó a quedar sin gas, en vez de pasarlo a nafta, siguió prendiéndolo y apagándolo hasta llegar a una estación. Al tucu le contó la historia de su vida y de qué mal la había pasado en todas las enfermedades que había tenido, porque era hombre, motivo por el cual el tucu se convirtió en su defensor cada vez que la tucu y yo nos acordábamos y nos cagábamos de risa. Las demás todas buenas experiencias, como la de este señor que nos fue contando sobre Bolivia mientras nos acercábamos a ella.
Nos dejó en un cruce entre nuestra ruta y la que lo llevaba a su mina de carbón. Pero antes nos habñló maravillas de Potosí (su ciudad) y del tío, que es quien acompaña y protege a los mineros que lo tributan. Nos contó que la primera vez que había vuelto a saludar a su familia, una noche vio una luz dorada vertical, desde el piso hacia arriba en el cerro y se asustó. Al día siguiente contando y preguntando, le habían dicho que era un señal del tío, que lo había elegido para mostrarle donde había oro, que sólo él lo veía; que debía ir con su tributo (chupi y coca) dejárselo y poner una señal, al día siguiente ir solo y sacar el oro. Nuestro amigo manifestó que ni en pedo entablaba amistad con el diablo y mucho menos por su oro, asique nunca más había mirado ese cerro de noche. Yo estaba más que maravillada con semejante historia y quise ver que le pasaba a oki, pero este estaba inmutable detrás de sus anteojos, miré por abajo y dormía el culeadazo. Nos despedimos, yo le quise regalar una de las billeteras recicladas que hago o un dibujo en agradecimiento, pero ni aceptó ni me dejó que se los enseñe siquiera.
Varados en tres cruces estuvimos fácil cuatro horas, odiados, en frente del puesto de gendarmes que revisan a todo el mundo que toma esa ruta en una u otra dirección (desde o hacia Bolivia). Nosotros fuimos un caso especial y creo que los desconcertamos. El camión nos dejó a unos metros hacia la derecha paralelo a su puesto y de alli caminamos hasta dos o tres pasando su puesto y creo que no supieron si les competía revisarnos o no, por eso no nos dejaban de mirar. Yo me acordaba la primera vez que había estado en ese control con mi amiga la fotógrafa de pelo fuxia y del gendarme que se le había dado por revisarle uno por uno sus miles de rollos mientras se hacía el simpático; y agradecía la confusión y nuestra libertad.
Cuando empezamos a vivir la hora número cinco sin que nadie nos levante en esa ruta desierta para llevarnos a la quiaca, le informé a oki que ya estaba harta, que iba a sacar mi perfume y jugar un poco con las cosas que había estado esperando. Oki asintió y abrió su mochila también. Yo encontré mi perfume y él encontró el de él, boludeamos un rato y los intercambiamos, ambos nos pusimos los dos mientras los gendarmes nos
miraban y buscaban algo para decirnos. Ya nos habían hecho cambiar de lugar dos veces y a mi me habían dicho que me sentara más alejada de la ruta. Con oki planeábamos trampas para matarlos sin dejar huellas. Después del perfume saqué los libros, después los lápices de colores y el cuaderno de dibujar, cuando me aburrí las dos remeras para hacer cambio de vestuario si quería; me sentí transpirada y desarmé toda la mochila hasta encontrar las toallitas húmedas de limpiarle el culo a los bebes, me lavé la cara con eso y le ofrecí una a oki que le encantó la idea. Solo cuando me faltaba sacar de la mochila las ojotas, la toalla, el snorkel y la hamaca que llevó para cuando llegue al caribe y quizá la pollera hindú, a lo lejos se vio un micro. Lo paro? Dijo oki, ansioso por irse. Yo pago diez le dije, e incrédula de que iban a hacer semejante descuento empecé a guardar con toda la paciencia del mundo; era como si jugara a que nos iban a descontar tanto y llevarnos después de cinco horas de nada. En menos de un minuto me hizo seña de que nos íbamos, y yo tenía todo TODO TODO TODO desparramado, que con el pánico esénico, la gente que apuraba desde arriba, los choferes que estarían cansados y querían llegar, los gendarmes que miraban, el bus estacionado en el medio de la ruta, la curva a unos metros, TODO parecía el triple, no me entraba en la mochila, estaba nerviosa y torpe y sentía más sueño que nunca. Oki me ayudaba y yo no podía retener que guardaba él y que guardaba yo, fue un caos. Cuando subimos nadie parecía enojado y agradecí a mi paranoia que hubiera creado semejante realidad paralela en mi cabeza, porque entonces yo ahora tenía una buena noticias.
Mejor que el precio, la buena onda colectiva y el calorcito del bus, fueron los asientos. Eran como sillones, alcochonados y reclinables. Nosotros veníamos de 15 días en carpa, peregrinación de por medio. Me puse la música en el mp3 y me quedé dormida escuchando música como tanto me gusta hacer (costumbre que me va costando ya tres auriculares rotos en lo que va del viaje, porque parece que los aplasto) y amando ese momento. Al instante siguiente me despertó oki (una vez más) con el cuento de que habíamos legado, que nos habíamos pasado y estábamos en el taller de la empresa y que mi celular no paraba de sonar. Fue horrible salir de ese sueño divino que estaba teniendo con una canción hermosa, para tener que hacerme cargo de mi mochilota toda mal armada y pesada, de encontrar la terminal y de los 500 mensajes de los chicos contándonos todos sus contratiempos y preguntándonos dónde estábamos que había recibido al entrar en la ciudad. Llegamos a la terminal y encontramos a los pos antes de que pudiera siquiera contestar un mensaje.
Nos abrazamos, nos besamos, gritamos, saltamos, alguno de nosotros le pisó un bulto a una chola y casi se arma. Fuimos a dejar las cosas a un lugar que habían encontrado los chicos donde todas las mujeres que se dedican al negocio de pasar ropa usada por las fronteras se reunían. Era un rectángulo como de tres por seis, había fácil 40 mujeres con unos bolsones enormes (muchas cholas pero no todas), una que dirigía, contaba prendas y pagaba y su hijo (único hombre hasta que llevamos nosotros) que oficiaba de perrito faldero. La dueña del negocio es esa, dijo pum que por estar medio deshidratado de lo apunado que estaba no se movía de la sala hacía rato; es una chola devenida en manta polar, y fue genial. Una vez más, cada uno contó su versión de las horas que habíamos pasado separados y nos felicitamos por el reencuentro. Ahí empezaba la odiada tarea, después de todo lo que habíamos pasado durante el día, de ver cómo eran los hospedajes de uno u otro lado de la frontera y decidir donde pasábamos la noche y ver cómo hacíamos con el cambio.

La última cena, ente relatos de las bandas femeninas e imposibilidad de mapas

De vuelta al camping y ya habiendo descansado un poco, conocí una mujer que también había subido pero en rol de observadora mujer de la música y el género. Me contó sobre las mujeres en las bandas de sikuris mixtas, especialmente de su conquista de los espacios de mando y de cómo les había costado ganarlos, y de las bandas solo de mujeres. Ella era de esas lesbianas feministas (que no son todas, siempre hace falta aclararlo) que no solo creen que hay que matar a todos los hombres y que todas las mujeres debemos hacerlo, sino que estaba convencida de que el proceso ya había empezado e impartía ordenes al respecto todo el tiempo. Pelo corto, escuálida y demacrada, mala y cortante con los varones (así les decía), pero se le llenaban los ojos de lágrimas cada vez que hablaba de la formación de la primera banda de sikuris de mujeres y era imposible no querer abrazarla. Porteña, profe de música haciendo su tesis para posgrado en géneros dentro de las prácticas musicales. Cuarentona con laptoc en nuestro camping.
Enseguida quise que fuéramos amigas, asique le conté que yo venía de familias muy matriarcales por lo que para mi el desafío era hacer el camino inverso y devolverle a los hombres el estatuto de sujetos. Le importó un carajo mi historia y quiso evangelizarme sobre la urgente (para los militantes dogmáticos todo sucede ahora: la revolución, los abusos más atroces y la mejor gestión de su organización, obvio) necesidad de prescindir de ellos. Me entristecí de que no pudiera encontrarse en mí y con dos o tres frases que me se de memoria, porque las tuve que usar muchas más veces de lo que hubiera querido, me zafé de la charla evangelizadora feminista anti hombres. Seguí hablando con ella, porque me interesaba mucho su investigación y porque me gustó sentir que yo nunca podría ser tan cuadrada. Pero tuve que superar cierta rabia conmigo misma para poder escucharla. Yo había visto a esas mujeres en la peregrinación, cargando, subiendo, tocando, comiendo, pero no me habían llamado la atención, ni había tenido ganas de hablar con ellas. Pensé que quizá era por semejante desilusión del evento religioso y porque no me pareció interesante la conquista de un espacio así. Tuve que reconocerme que no me había identificado con esas mujeres en lucha.
Contrario a lo que yo me había imaginado, cuando un grupo de tilcareñas decidieron armar su propia banda de sikuris, la mayoría de la cerrada, inamovible, tradicionalista y machista sociedad norteña las apoyó, no todos, por supuesto. Antes de esto las mujeres subían y bajaban el cerro, peregrinando por su amada virgen y sus materiales deseos, pero no formaban parte de las bandas: a lo sumo subían botiquines, banderas y carpas (enfermera, costurera, ama de casa) y por supuesto trabajaban en los puestitos de comida familiar (cocineras). Dice el diario que ellas dijeron, que cuando se deciden a formar la nada, los hombres les prestan los instrumentos y les enseñan a tocar, porque hasta ese momento no habían tenido posibilidad de aprender. Desde el 97 que surgió la primera hasta hoy se formaron cuatro y varias otras comenzaron a ser mixtas.
Cuentan las de la primera banda que cuando por fin se sintieron listas y con los instrumentos necesarios tuvieron que ir a pedirle la bendición al cura para poder asistir al evento. Y salieron de la casa donde se reunían tocando con miedo y vergüenza, porque no sabían como iba a reaccionar el pueblo. En el trayecto de la casa a la iglesia todos las aplaudieron, acompañaron y las demás bandas se sumaron al peregrinaje hacia la iglesia por la bendición. Cuando llegaron el cura las bendijo, pero les pidió silencio a las demás bandas para escuchar por primera vez una banda de mujeres y por primera vez se escuchó una sola banda por período de tiempo.
Todos nos emocionamos mucho, sumaba bastante la forma del relato de nuestra evangelizadora, aunque desprestigiaba mucho el apoyo recibido. Hoy por hoy, la mayoría de las bandas tienen más de 50 años de trayectoria y ya están constituidas,
todas tienen sus instrumentos, trajes y algunas hasta esponsors; ellas se siguen solventando con donaciones y les sigue siendo muy difícil, además del quedirán norteño, plata para instrumentos y trajes y ayuda con sus hijos y casas para poder ocuparse de la banda.
La invitamos a comer unos ñoquis rellenos que habíamos hecho y que serían nuestra solemne despedida del mundo de las cocinas y de la comida argentina, y no pudo creer que los hubiera amasado el señor mon mientras su compañero pum, oki y yo estábamos boludeando con tilcareño, internet y fernet respectivamente. Yo aporté una salsa blanca, que me salió grumosa como cada vez que se me ocurre compartirla con alguien, ella un vino riquísimo, el cordovazo su fernet que nadie se atrevió a tocarle y pum un video de él bailando de libertad cuando se había cortado el pelo en la punta del cerro de los siete colores purnamarqueño (lo tenía por debajo de las tetas! decía). Le agradecí que nos compartiera su investigación y que me acercara a algo a lo que no me había acercado. Los chicos optaron por no intentar convencerla de las discriminaciones que ellos también sufren y los miré profundo, agradeciendo su madures.
Cuando terminamos de comer ella siguió con su investigación computarizada y nosotros cuatro disfrutando de lo que el vino nos había regalo mientras esperábamos el fernet de oki. Intentamos charlar sobre nuestros recorridos en Bolivia, pero no conseguimos ni un mapa, ni ponernos de acuerdo sobre quien lo había guardado la última vez. Yo quise que cada uno dibujara lo que se acordaba del mapa y que después comparándolos lográramos uno que sintetice nuestras intuiciones sobre la geografía boliviana, como ya había hecho una vez varada en Colombia con grandes resultados; pero nadie apoyó la propuesta y tampoco le dieron bola al que yo había hecho mientras intentaba convencerlos. A nuestro grupo no le resultaba hacer planes, más allá de cruzar a Bolivia al atardecer del tercer día contando a partir de esa noche.



martes, 22 de mayo de 2012

Antofagasta: odisea de ida, estadia y vuelta: 1


Desde la primera vez  que ví el pueblo de Antofagasta de la Sierra perdido en el mapa en mitad de la provincia de Catamarca (sobre la cordillera, camino a una mina y a San Antonio de los Cobres, Salta) supe que tenía que ir. Ya me había dicho todo el mundo que no era fácil ni barato llegar, pero estoy convencida de que los accesos imposibles solo pueden ser mágicos.  Después de pasar una semana con bill y bel acampando en la selva catamarqueña (yo no lo sabía, pero eso era una despedida de la selva quien sabe hasta cuando), los convecí de ir hasta Antofagasta. Mucho no me costó, no porque tuviera elementos, sino porque ellos (quizá más que yo) confiaban en el destino que nos había hecho encontrar.
Cuando terminamos de decidirlo decidimos terminar los mates. Desarmamos y partimos felices de no haber pagado nada, porque el cuidador del camping con fogones, baños y pileta, nos dijo que no podía cobrarnos porque se le había terminado el talonario y que por una semana de estadía no iba a ir a buscar otro. Obviamente lo interpretamos como un visto bueno del cosmos, porque los momentos sin dinero son más puros y maravillosos y con total ingenuidad emprendimos camino a Antofagasta de la Sierra.
A la salida del camping perdimos el micro hasta Belén, y fuimos caminando hasta Londres (7km) y mientras yo iba a preguntar si el pañuelo que había perdido estaba en mi anterior hospedaje, pasó el último bus de la mañana  augurándonos 4, 5 o 6 horas de espera al primero de la tarde. Sándwich de milanesa, papas fritas y cerveza fueron el duelo para el pañuelo que le acaba de perder a mi mamá y que se está enterando ahora que me llevé. Duramos cuatro horas haciendo dedo hasta que conseguimos que un amable londrense nos llevara hasta Belén. Bele chocha de conocer la ciudad con su nombre (15 km). En la ciudad nos informaron sin ser concientes de la tragedia que representaba para nosotros, que el micro a Antofagasta había salido hacía unas horas y no había otro hasta dentro de dos días, que lo más que se nos podíamos acercar era hasta Corral Quemado, lugar donde se cruzaban la ruta con el camino. Al pedo intentamos hacer dedo en las cuatro horas de espera que tuvimos, tomamos el bus cuando se le ocurrió pasar y llegamos al cruce a las diez de la noche.
Nos recibió la seño Norma y le pedimos lo más económico que tuviera para armar la carpa o tirar las bolsas nomas. Nos dio una habitación con una sola cama y sin hacer, la sorteamos por idea, iniciativa y acción de bill con un juego de manos, y me tocó a mi. Al día siguiente la señora no sólo no nos quiso cobrar la habitación con el cuento de que no nos había dado ni hecho nada, si no que se empecinó (como sólo los altiplanenses se empecinan) con regalarnos también el agua del mate. No nos quedó otra que aceptarle todo, agradecérselo mil veces e interpretarlo como otro buen augurio.
Fuimos a tomar el mate a la rotonda del cruce con la esperanza de que nos levantara alguien camino a Antofagasta antes del mediodía que era el horario del bondi. A los veinte minutos pasó una parejita muy cheta y muy amable en un corsa muy bajo, y me cargaron a mi y a las dos mochilotas de los chicos, pero no a los chicos porque no entrabamos.
A los quince minutos les empezó a calentar el auto, y a los veinte empezamos a parar cada diez para que no explotara algo. La ruta era desierta, de ripio por momentos, con todos los ríos del lugar pasándole por el medio y deshaciendo el pavimento; pero era el camino más hermoso que yo jamás hubiera  visto o podido imaginar. La parejita no tenía mucha tolerancia a los imprevistos y enseguida se  malondeó; yo por educación trataba de esconder mi felicidad, pero cada tanto volvía a intentar convencerlos de el auto en caliente era una anécdota pero semejante paisaje era una obligación de agradecimiento. Igual trataba de no sonreír tanto, pero eso era increíble e inimaginable; pensaba en bele y Billy y su manera de disfrutarlo cuando les llegara el momento, porque nosotros parando y parando no nos habíamos cruzado nada, ni por atrás ni por adelante; pero no era un momento de hacer conjeturas si no de contemplar y tratar de entender. Había montañas de todos colores, piedras, tierras, pastos, arenas, kaktos, todo era de todos colores y todo cambiaba cada quince kilómetros. Había volcanes negros que de perfil se veían rojos. En un momento hubo un cartel de obligación de desvío por inundación y fue lo más alucinante, en medio de todo ese desierto colorinche había un río que había crecido tanto por el cambio climático del que todos pitamos, tanto que llegaba a inundar 600 metros de carretera; era como ver el mar entre esas montañas y a esa altura, increíble, no se podía pestañear y yo me había quedado obviamente sin pilas en la cámara. ¿por qué uno nunca intuye que si se viene maravillando de algo lo más probable es que se siga maravillando, por qué no reservamos pilas para lo que viene después de lo maravilloso?
Tardamos siete horas en hacer 160 km y como yo todavía no había ido a Bolivia me llegó a parecer una barbaridad. Ellos no daban más del estrés y yo no podía creer que existiera un lugar tan hermoso y que estuviera a tiempo todavía de ver el atardecer. Se metieron en la hostería del pueblo y les sacaron la cabeza, yo pegunté a qué hora y a dónde llegaba el micro y me sacaron la mía: mañana entre las 9 y las 12 de la noche. Intenté llamarlos, pero ni ellos ni yo teníamos señal, ni batería.
Me hospedé en donde la seño Paqui que enseguida me hizo el descuento que yo necesitaba;  la amé, idolatré, ayudé y quise quedarme a trabajar con ella durante dos días. Ella me daba de comer y yo la ayudaba a cocinar y a lavar y todo le preguntaba; y la vieja estaba feliz de tenerme para charlar y darme todo tipo de indicaciones, se sonreía todo el tiempo.
Al día siguiente escalé todas las montañas que pude y volví a gastar las pilas de la cámara en menos de tres horas. Al volver a la habitación con olor a humedad que mi presupuesto podía generarme, me crucé con un catalán cuarentón que andaba viajando por el altiplano en bici y su reciente amigo santafesino de mi edad que había aparecido la noche anterior a las 12 de la noche por el alojamiento de Paqui con el cuento que se había perdido y teniéndolos a todos preocupadísimos (y a mi tentadísima) por el frío de la noche. Me invitaron a caminar seis km hacia las pinturas rupestres y aún a costa de posponer el mate y la siesta pos escalada no pude negarme.
Caminamos sin cesar por los senderos, por el río y escalamos cuando fue necesario. Yo estaba agotadísima y sentía la altura (3500 msnm) en los muslos y en la nariz, pero semejante paisaje no ameritaba menos que agradecimiento al universo por tener un lugar tan hermoso e inimaginable y permitirme conocerlo. El catalán y yo charlábamos bastante (me son fáciles los temas de conversación con los españoles porque consumo bastante de su cultura) y el santafesino se mantenía distante y en pose, raro y muy placentero ignorar para que se esforzara más en mantener su distanciada soberbia. Llegamos a un punto en que el catalán y yo paramos a descansar y él dijo que tenía que terminar algo y subió a una formación rocosa que había de unos tres metros. Ni nos miramos nosotros ante semejante acting  estrellado que no nos importaba una ostia. Charlamos con un señor hermoso que se encargaba de regar la zona y lo interrogamos sobre el sorprendente sistema de riego (iba haciendo y rompiendo  con una pala una canaleta sobre zonas previamente inundadas a propósito y así el agua fluia, como debe fluir siempre).  Volvió el personaje en cuestión feliz de que lo hubiéramos mirado cuando bajó de la piedra y se nos puso adelante,  ya nos irritaba bastante y ya lo no ignorábamos sino que teníamos que hacer esfuerzo para contener los bufidos.
Iniciamos el camino de vuelta y unos veinte minutos antes de que comenzara un viento atroz que hay en la zona de siete a nueve de la noche, nos preguntó creyéndose el centro del mundo como solo la gente que pertenece a grupos muy cerrados y dogmáticos puede asumir esa  posición de importancia: ¿quieren saber que fui a hacer? Ni nos miramos pero obviamente seguíamos tratando  de no bufar. Y dale, ya estábamos jugados y para volver nos separaban los mismos seis kilómetros que para ir  mas el cansancio.
¿Ustedes de qué religión son? Silencio. Pausa. Silencio. A mi ya me tenía harta tanto fantasma (que no es nadie) estrellado haciéndose el interesante y pretendiendo hacérnoslo creer al catalán trotamundos y a mi, interrumpiendo sin ningún tipo de sentido común nuestras charlas sobre el paisaje, Zapatero, Extremoduro, La Polla, Los hombres de Paco, la visión de los españoles sobre los inmigrantes latinos, la experiencia de él como español en suelo colonizado y saqueado por los suyos, los Vazcos, o todo lo que me interesaba saber y compartir con una persona que anda en bici hasta que no puede más y arma su carpa en el altiplano para pasar la noche (si no esta el agua congelada no va a ser una noche tan fría, me alcanzó a contar antes de que el boludo este estropee el momento).
Yo soy atea, le dije sin mirarlo a la cara y revoleando los ojos para arriba para que supiera que me estaba molestando. Sí, yo también; dijo el catalán con una humildad difícil de concebir en ellos. Y ahí nomas el muy idiota puso una cara de perro mojado que le hubiera dado lástima a cualquiera, no es que nosotros hayamos flaqueado. Y yo me acordé de todas las personas religiosas que conozco y quiero mucho y traté de que no me diera tanta repulsión esa actuación sobervia que sentía en él (mal, muy mal hecho, si en algo hay que confiar es en nuestro instinto cuando nos dice que alguien es insoportable durante cinco horas en un paisaje maravilloso donde todo lo que no sea ese boludo es interesante).  No pude despreciarlo tanto y abrí el diálogo: yo no creo en las instituciones y en la parte de la fe que le ordena la vida a la gente, los hace sufrir, excluye y margina; pero respeto mucho los sentimientos nobles que genera, cuando los genera. Y el catalán dio una definición que pienso robarle hasta el fin de mis días: eso mismo, mis valores no son universales. Bueno, porque yo soy budista y he venido aquí a hacer contacto con extraterrestres, porque ustedes no saben …. Primero, nos habíamos esforzado por respetar lo irrespetable e integrarlo a una conversación que no queríamos tener ni con él ni con su religiosidad. Segundo, nos habíamos esforzado en explicar nuestro ateísmo de una manera que no lastimara sus sentimientos y él siquiera había dialogado sobre eso, se había salteado el paso de comentar nuestro comentario generando así su siguiente comentario. Tercero, me estaba diciendo en mi cara con ínfulas de superioridad que a él lo visitaban omnis mientras dormía y a mi no! Y cuarto, ese era solo el principio del monologo!
Traté de no mirarlo al catalán (que no me acuerdo el nombre para cambiar de palabra) y de que no se me notara en el cuerpo la energía nerviosa que dominaba. Traté de ser más humilde como hace rato que intento, y como la historia empezaba con él adolescente  perdido por los campos de la gente de plata de la provincia de Santa Fe, robándoles, drogándose y andando en moto, traté de que me sea un poco más amena la historia que de todas maneras me iba a fumar. Un ex novio músico que tuve decía que la peor contaminación es la sonora porque uno no  puede elegir no escuchar, y creo que se refería a estas cosas.
Su voz sin su imagen reducía un 45 % la molestia  (bien), pero la historia moralista que terminaba con el grupo religioso sacándolo de “la droga” para convencerlo de que seres extraterrestres lo elijen  mientras duerme para darle un mensaje del 2012, ahí ya perdí el hilo, porque además dijo que esa gente enana vivía adentro de la cordillera, sumaba un 70% de intolerancia.  Yo ya que estaba, perdido por perdido y si a él no le da vergüenza decir boludeces a mi tampoco, le pregunte si tomaban kakto. Se enojó y me dijo que no; que ninguna droga, que todas eran malas, diablo y satanás. Yo me sentí feliz de haberlo molestado aunquesea una vez y sé que el catalán también lo sintió, porque enseguida empezó a hablarle de las historias de ese tipo que suceden en España y toda clase de bolasos de esa índole pero españoles. Y por si fuera poco, para colmar mi momento de felicidad por la batalla ganada al uso de la palabra por el estúpido y como prueba de que el universo me ama de manera incondicional, empezó el atroz viento de las siete de las tarde haciendo imposible el dialogo. Pusimos cara de que pena, reimos para nuestros adentros y volvimos hasta la calidez del hogar de Paqui en SI LEN CIO.

como sabés que estas viajando?


Llegué a Santa María de la Sierra catamarqueña, ciudad limítrofe de Amaicha de Valle tucumana en un colectivo repleto de gente y con mi mochila, bolsa de comida, campera y bolsa de dormir a upa. Fue un caos pasar por entre toda la gente que viajaba parada para poder bajarme en el centro, antes de la terminal. Era la primera vez que pisaba Catamarca y tenía mucha expectativa porque nunca había podido llegar. Me pareció hermosísimo el valle y su gente pero no había tiempo para admirar, tenía la siguiente lista de prioridades: sacar plata del cajero, conseguir hospedaje y lavar el único par de medias que había llevado a esa aventura.
Había llevado poca plata después de preguntar y cerciorarme de que en Amaicha hubiera cajero. Cajero había, lo que no hubo fue gente con voluntad de llenarlo ni el viernes, ni el fin de semana, ni el lunes, ni el martes. Entonces con mis últimos tres pesos me ví obligada a pagar el micro de dos con setenta hacia el lugar mas cerca donde hubiera un cajero. De esa manera se inauguraba el primero de tantos momentos en los que en todos  mis viajes tengo problemas con los bancos, siempre algo pasa, a tal punto que me ví exigida ya en Colombia  a generarme una divinidad para ver si tenía más suerte, el dios de los bancos, pero la verdad es que no le gusto mucho.  Me habían informado todo: en Santa María había un solo banco y tres cajeros, o sea que a lo sumo yo iba a estar sin plata hasta la mañana siguiente. Llegué al banco, hice la fila,  y el primer cajero estaba desenchufado. Respire y mire al de al lado, tenia su propia fila y había que esperar. Dios de los bancos, dios de los bancos, dios de los bancos. Se desocupó, puse la tarjeta y las claves y se escuchó el ruido del seño que está adentro del cajero contando el dinero. Listo, no me había preocupado tanto tampoco.
Me encontré con que los campings quedaban lejos de la ciudad (fue una lastima que me encontrara con que no tenía carpa al día siguiente, al llegar al camping que quedaba a tres km de la ciudad, pero eso es otra historia) asique me hospedé en la habitación donde mejor precio y cordialidad me hicieron y comencé a descansar mientras me daba cuenta que era mi primer momento del viaje sola, que de alguna manera mi viaje empezaba ahí.
¿y cómo sabés cuando empezó el viaje?
1.       Aparece devoción por una nueva divinidad, dios de la encontranza, te encontrás tirado justo lo que necesitás; o sea una crema hidratante después de haber estado dos horas y media haciendo dedo al medio día en pleno cerro tucumano, más un rímel al agua, un delineador genial y dos perfumes para tu amiga.
2.       De la nada, algo insólito, una estampida de caballos cuando salimos del camping a pasear por el pueblo en amaicha. NO CORRAN. Y de toque un perro de mierda te asusta.
3.       Eterna repetición de las siguientes comidas: sándwich, arroz, fideos, polenta … cerveza, pan.
4.       Que el pelo no se mueva.
5.       Tener una rasta o trencita nueva, o tres, cuatro o cinco.
6.       Que te regalen algo que a los demás les cobran por tu cara de muerto de hambre.
7.       Tener problemas con los bancos, cajeros, bancarios o con la plata en general.
8.       Quemarme el bigote cuando tuqueo mis puchos.
9.       Ropa: lo que me saco por sucio me pongo por limpio, dijo mi amiga con la que fui por segunda vez a Tucuman.
10.   Que te digan que no tomes el agua de la canilla.
11.   Que te duela la canilla porque te caíste en una asequia (estaba totalmente oscuro y venía hablando muy compenetrada con mi amigo)
12.   Hablarle a cualquier persona que tenga una mochila.
13.   Recordar la sensación de que si te roban las cosas no es tan grave porque por lo menos reducís peso.
14.   Haber perdido el jabón y darte cuenta al tercer día, no por sucia sino porque usabas el de tu amigo.
15.   Quedarte sin pilas en el momento más importante de la excursión y no haber cargado las otras o no haberlas llevado.
16.   Empezar a sentir la abstinencia por entrar a Facebook.

Me dí un baño y traté de empezar a entender que por fin estaba viajando, después de haber cerrado un montón de cosas para que nada me obligara volver y esto fuera solo cuando yo lo decidiera y después de haberlo pospuesto varias varias veces. Respiré y me saludé en cada uno de esos momentos, desde la primera vez que había planeado viajar por toda Latinoamérica hasta que me aburriera hacía casi dos años atrás en México, cuando tuve que desocupar mi casa y deshacerme de todas mis pertenencias para no habilitar a nadie a que me haga uno de esos  favores que devienen en reproche rápida, inentendible, inevitable y con pretensiones de casualmente (igual me quedé con un baúl lleno de recuerdos de mis muertos y un canasto con todos mis diarios), encontrarle familia adoptiva a mi perrita Antar, volver de Colombia para quedar varada de nuevo, todas las charlas con mi mamá sobre mi futuro y su amor al conocimiento universitario, y todas las despedidas que tuve todas las veces que me estuve por ir en mi último mes varada en mardel. En mis amigos y mi amor hacia ellos, en todo lo que los elijo y respeto que no estén acá conmigo, porque los amo porque aman sus vidas.  
Reempecé mi viaje en Tucumán, una de mis provincias preferidas y consideradas bien latinoamericanas. Totalmente enamorada del noroesteargentino desde la primera vez que lo conocí, de los Andes áridos y selváticos, de su gente cálida, hospitalaria, sacrificada y sin corromper por el consumo desmedido. Pueblos perdidos, caminos de ripio, la altura y el frío ilimitado de noche. Fue todo eso y quien sabe qué más lo que en su momento me llevó a tomar la decisión de cambiar mi modo de vida, pero eso es otra historia. Esta vez fue diferente, porque tuve oportunidad de conocer el ser tucumano más de cerca.  Y sentí bastante la diferencia entre mis viajes como turista y este en el que pretendo encontrar mi identidad latinoamericana.
Maravillada como siempre con el acento (me pone, dirían los españoles), el calor, la selva y las construcciones de colores, paseé por San Miguel desde adentro tratando de aprenderme todas las palabras que podía. Tamales, humita casera para mi cumpleaños, cerveza norte y su acido humor frontal.
Me hospedaron cálida y alimentariamente las familias de amigos hechos en Colombia y fue hermoso sentir como esos lazos sobreviven la distancia, los climas, la economía, la limpieza y sanidad, el tiempo, los contextos; y dejar que resurjan redefinidos todas las veces que sea posible. Amistades. Si algo amo de los vínculos son los momentos de conocer su mundo, sus gentes, sus queridos, su día a día, sus sentidos y nuestra relección de la relación y de nosotros mismos.
Tanto en la capital como en los pueblos del interior aprendí lo que para ellos significa la FAMILIA. Al escribirlo así me suena a mafia, pero es parte de este algo raro que siento. Antes que nada considero el liberarse de los mandatos familiares como una de las libertades más importantes a conquistar, la que nos constituye como personas para luego después salir al mundo. Psicologisista, sí. Y entonces fue por lo menos raro ver como sucede esto en sociedades mas tradicionales, conservadoras y estáticas, y me parece un punto difícil hasta de exponer, porque yo pienso que el poder mantener una identidad es libertad (en toda la Provincia de Tucumán  recién hay 4 Mcdonals y sobreviven así la chicha y las comidas típicas) pero qué pasa con la libertad de buscar la identidad más allá de los mandatos, de concebirse singular dentro de la familia?
Me paralicé cuando entendí al ver por qué dicen que a los machistas los educan las mujeres. Vi hombres vacíos e impotentes frente a mujeres que les hacen todo, TODO. Me sentí impotente al hablar con esos hombres y mujeres sin poder (…) sin poder nada, porque a ellos en particular no les interesaba  otra visión o salir de esa estructura en la que se criaron y en la que pretenden educar a sus hijos, aunque uno los vea y ellos se admitan claramente infelices. Una noche de alcohol no me contuve más y pregunté con todo mi ser horrorizado, como es imposible que no pase ante tanto intento por contener la pregunta: ¿no van al psicólogo acá? Y me contestaron que era algo que yo nunca iba a entender; que sí iban hasta que se sentían mejor (o sea, hasta que volvían a ser funcionales al modo social). Viajar sola me obliga a relacionarme de otra manera, valorar la compañía y ser más tolerante. Está bueno, porque uno se vincula con la gente del lugar y malo, porque al no estar con alguien de similar idiosincrasia no hay con quien compartir las opiniones tan diferentes. Angustian los puntos en los que no nos podemos poner de acuerdo y es difícil entender que algunas diferencias puedan enriquecerme.
Agradecí mi formación y educación y me pesó muchísimo haber encontrado un ítem en el que no quería ser como alguien que consideraba más latinoamericano que yo, pero me pesó más su dolor por no poder hacer nada para no ser lo que no querían ser, y obviamente, narcisistamente, me pesó no lograr conectar. Como mujer sentí que no tenía nada que ver con aquellas familias, con cocinarles y limpiarles a sus hombres, con opinar sobre sus novias, con fomentar su inutilidad para seguir siendo necesarias, con acorrarlarlos todo el tiempo para que no hicieran nada sin ellas, con enseñarles a coser a las mas chicas, con estar chiva por un hombre ausente; como amiga me sentí un fracaso por no poder decir esto de una manera en que se construya algo.
Pero no subestimar a nadie es un requisito indispensable a la hora de asumirse a uno mismo no omnipotente y por consiguiente libre. Confío en esa gente que tanto me enseñó sobre la hospitalidad norteña, en su capacidad  de reinventarse y cortar con lo que les haga mal; y les dejé bien en claro que cuando eso suceda se acuerden de mí y me busquen para charlar.
Me quedó la sensación de abismo y angustia. Empecé a sentir que las cosas que yo creía que eran inocencia, confianza, buena onda, hospitalidad, valorar la tradición, amar a su tierra, etc, en realidad no estaban tan lejos de la obediencia acrítica, que es la hipótesis de tantos. Y ví como los reproducían y cuanto serían capaces de pelear en una discusión por eso. Me paranoiqueó no poder salir del círculo y desesperanzó la imposibilidad de comunicación.
 ¿y? ¿qué uno no viaja para eso? Valoré lo propio y me pregunté seriamente si la situación me molestaba tanto por alguna proyección, porque en definitiva, este sentimiento lo tengo yo. Pensé en la familia matriarcal que me constituyó y en todo lo que me generó la libertad de poder no elegir ese modelo, y entre todas esas cosas recordé ese nosequé de los Valles Calchaquíes o de las Ruinas de Quilmes donde comenzaron tantas reflexiones y cosas que me instaron a volver de otra manera. Y todavía no me sentí lista para comprender.
Y así empezó mi viaje por Latinoamérica, inquieta y con ruidos,  desterrando idealizaciones y muy conforme con eso. Como todo, nada es tan grave y también tuve oportunidad de ver familias y personas que se manejaban de otras maneras y traté de pensar en eso (en todas partes la vida está llena de heroísmo), pero ya sabemos lo que pasa con las inquietudes: siempre pesan más! Lista para seguir pensando en esto y para mi próxima reflexión, y anhelando alguna conclusión, enamoradísima del paisaje y de la nobleza de su gente partí a Catamarca. Poca tele, muchas charlas; mucho asado y la música folklórica que lamentablemente todavía no aprendo a disfrutar. Empanadas de carne, vino patero y calor, mucho calor en el marzo tucumano. La Luna Tucumana y toda mi admiración por su amor a Pacha, a sus tradiciones, por su conocimiento práctico de su geografía, su mirada desinteresada, sus tantas preguntas buscando entenderte y su frontal opinión, porque si te tienen que decir caprichosa porque se te canta tomar agua de la canilla te lo dicen!
(También me sentí ingenua sobre mi proyecto y los alcances de la europeización en mi cabeza, no me iba a ser tan fácil deshacerme de eso.)