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martes, 17 de julio de 2012

Entrar a Bolivia, entre prejuicios, vergüenza y restricciones económicas, pero con total admiración.



Cansados como estábamos, después de evaluar opciones, lo mejor fue cruzar a Bolivia esa misma noche.  Yo ya conocía Villazón y en el marco del viaje en el que fui, no la había apreciado. Todos los que hacemos el tan de moda viaje al NOA pasamos la frontera para comprar los regalos en Bolivia, porque es más barato, ni tanto, pero para los que la ratoneamos todo suma. Además Villazón es una ciudad de contrabando con aduana y migración irrisoria para una frontera internacional. Obviamente, a su gente no le gusta que vallamos todos los mochileros de verano a comprar artesanías industriales porque favorece el cambio y su economía es más débil.
Oki era cordobés, blanco pero con acento no porteño; el señor Pum era morocho de pelo lacio largo, por lo que no iba a tener tantos problemas y Monk y yo blanquísimos, de pelo castaño y look gringo. Todos ya sabíamos que en Bolivia no quieren a los extranjeros (para ellos son todos gringos, yunkies, europeos, argentinos, brasileros, etc), que ante el menor problema si la despótica policía interviene le da la razón al boliviano y que su trato es cortante mucho antes que cordial, que no se negocia ningún precio y que los camioneros te cobran por los dedos. La verdad es que antes de entrar temíamos un poco la magnitud de la discriminación anunciada, no porque nos pareciera mal que se tomen al extranjero como un potencial despreciador de sus costumbres, sabiduría y color de piel, recordando sus antecesores saqueadores, torturadores y asesinos; si no por el factor humano que no lograríamos conocer. Además a mi me daba vergüenza entrar como argentina con acento porteño y blanca, a Bolivia tan discriminada, despreciada, explotada y humillada por otros argentinos. Y cabe decir que muchos de esos argentinos de mierda no se contentan con discriminarlos, humillarlos, explotarlos y ningunearlos en argentina, si no que muchas veces como el cambio nos favorece y además es barato, se van de vacaciones a Bolivia a completar la misión y acumular argumentos a favor de los abusos tales como la falta de higiene, la precariedad del transporte, la pobreza y marginalidad, y la falta de cultura occidental. Hijos de puta. Con humildad y la tarea de encontrar bolivianos dispuestos a escuchar que no todos los argentinos somos racistas y explotadores y compartirles nuestra admiración por su cultura, entramos a Bolivia esa misma noche. Emocionados y apasionados por su mundo, por conocer las treinta y pico de etnias que constituyen el Estados Plurinacional de Bolivia, las reivindicaciones de Evo y sus críticas.  El mímino detalle de que en todo el país no haya ni un macdonals creo que ya hace de Bolivia un lugar al que es un honor poder conocer; aún cometiendo la burrada de pensar este hecho por sí mismo y no como expresión de las fuerzas de sus culturas que resisten la invasión.

Todas las fronteras tienen estas instancias: migraciones (una del país del que se sale y otra del que se entra) y aduana (en la primera se declara los bienes con los que se sale y en la segunda se detallan las características de los que se entran así como su valor). La mayoría de las veces están mezcladas o unificadas y en el caso de La Quiaca – Villazón la primera no tiene aduana y en la segunda es un formulario que se completa sin el menor control material sobre el equipaje. Pero es imprescindible cuando uno cambia de país salir legalmente y entrar legalmente, o sea, sello de salida y sello de entrada con la correspondiente visa. La visa es el permiso que el país al que se ingresa otorga para poder quedarse, 30, 60, 90 días y las hay de turismo, de trabajo, de residencia, etc, y otras son pagas (por ejemplo en Venezuela les cobran a los yunkies ese permiso de entrada y cuando quieren irse deben pagar el doble por la salida). Aprovecho el espacio para explicarlo, porque conozco muchísima gente que por no saberlo (y porque no conozco una sola frontera en la que expliquen bien los pasos a seguir y como manejarse) creyó que con la salida alcanzaba, entró ilegal al país sin saberlo y se enteró en un casual control policial cuando ya esto era un problema.
Los gendarmes argentinos fueron amabilísimos hasta con Monk que los maltrató bastante, cuando después de esperar 10 minutos en la ventanilla de los gendarmes bolivianos se fue a quejar con los gendarmes argentinos con un argumento parecido a este: estoy entendiendo bien? Te estoy diciendo que ya esperé 15 minutos y me estás contestando que no podés hacer nada, a pesar de que no hay nadie a quien tengas que atender, y que tengo que seguir ahí, esperando, hasta que a alguien se le ocurra aparecer? Porque me parece algo tan absurdo que quería dejar las cosas en claro. Se ve que ya estaban acostumbrados, porque se sonrieron y nos convidaron mate. Llegaron los otros gendarmes, llenamos los formularios y fuimos a enfrentar el horror de la ciudad comercial contrabando fronteriza, del trafico caótico boliviano, la mugre y la discriminación anunciada.
De todo lo que nos habían dicho no se cumplió nada. El tránsito no era ordenadísimo, pero nadie nos tiró el coche encima como en las ciudades argentinas (lo que sí me sorprendió fue ver autos carísimos, como un modelo de nissan que no había visto ni en bsas, en una ciudad tan pobre). Encontramos alojamiento barato, yo me tiré un lance y nos hicieron un descuento considerable; sonrisas cálidas de por medio. Fascinados como estábamos salimos a recorrer y nos encontramos con festejos por el aniversario de la ciudad, con desfiles, música en vivo y fuegos artificiales. Pensé que hay gente que se contenta con ser recibido o despedido de una ciudad por la lluvia como buen augurio. Así de hermoso es el universo conmigo, siempre me da más de lo que puede imaginar (gracias). No faltó cruzarnos con argentinos durante el paseo que se quejan de no ser Gardel con la plata como esperaban. Los retamos por esperar y pretender que Bolivia sea un prostíbulo freeshop, y les aconsejamos volverse si no iban a disfrutar de las diferencias.
Al día siguiente nos ocupamos de los aspectos organizacionales del viaje, como el cambio y el transporte (postergando una vez más el recorrido en común) y para nuestra desgracia al problema de no poder sacar plata del país, se le sumaron, la ausencia de bancos que nos cambien peso argentino por boliviano al cambio oficial y el aumento de la yerba mate. El tema económico se empezaba a vislumbrar para el orto, pero como viajera era algo que ya sabía que tarde o temprano iba a pasar. Entre la fascinación por la tan distinta, admirable e interesante cultura boliviana, los deseos de no consumir y todo lo que quería dejar atrás, el disponer de muchísima menos palta que la esperada pasó a segundo plano.  Lo único que necesita un viajero es lo mínimo indispensable para alojamiento, comida y transporte y a veces ni siquiera, porque la gente te invita o convida, se puede hacer dedo o pedir descuentos y existen muchísimas maneras más de las imaginables para dormir sin pagar. Con mucho menos dinero antes me iba a quedar sin plata obligándome la situación a generarla, y en el instante que uno descubre que puede vivir en cualquier lado de cualquier cosa, ya es libre para siempre; y a mi eso me había pasado en México, asique adelante!
Era tanta mi fascinación por el mundo boliviano, quechua al sur oeste, que cada vez que miraba a alguien a los ojos sentía que le expresaba mi admiración. Nunca podía dejar de sonreírles (ni siquiera a una chola que me maltrató bastante, porque le molestaron mis preguntas sobre la comida que vendía y sus ingredientes)y la mayoría devolvía la sonrisa con una simpatía que tiraba a la mierda todo lo que nos habían dicho; y yo más me emocionaba, porque sentía que les gustaba que estuviéramos ahí. 

miércoles, 27 de junio de 2012

Hacia Bolivia

Los dos pos (sr. Mon y Pum) se fueron a conocer Humahuaca antes de la fecha pactada para cruzar juntos la raya. Oki y yo no nos podíamos mover, porque esperábamos él una encomienda de su mamá y yo mi mochilota con todas mis cosas que les había dejado a mis amigos en Tucumán, pensando que regresaría luego de hacer Catamarca. La caja de oki llegó con apenas unas horas de retraso y la mía tardó casi un día más, porque en la terminal de Tucumán se tomaron todos los feriados de semana santa, incluyendo el sábado, cosa que para mí hasta ese momento era impensable. Asique pasamos toda esa tarde comiendo los exquisitos huevos de pascua que había mandado la mamá de oki, mientrsa yo inventaba sin para historias sobre una alergia gravísima que tenía, para conmover a la gente de la terminal y que convencieran a los choferes de que despacharan mi mochila con la medicación y la pomada cuanto antes. Finalmente llegó como cuatro horas antes de lo previsto, pero a las cuatro de la mañana, por lo que no la tuve como hasta las diez como me habían dicho. Igual aprovechamos el tiempo en despedirnos de amigos, sobre todo de zipo, otro cordobés chuleadazo que había acompañado a oki en la primera parte de su viaje. Ninguna despedida termina temprano y esta no fue la excepción, aunque ya teníamos ganas de estar en un lugar diferente desde que habíamos bajado de la peregrinación y habían empezado los feriados de semana santa.
Como si los pos lo hubieran intuido, dos segundos antes de abandonar el histórico camping del gran tilcara, nos empezaron a llover al celular listas detalladas de las pertenencias que se habían olvidado y los posibles lugares donde las encontraríamos. Asique, como si esos cinco días de demora no me hubieran puesto lo suficientemente intranquila por la encomienda que venía con mi compu, mi pasaporte y mis dólares, además de todas las otras cosas, demoramos veinte minutos más en el operativo repatriar los objetos perdidos de los pos.
En la terminal me reconocieron y me preguntaron por la alergia, ahora me la curo seguro les dije y aproveché para pedirles que me dejaran pasar a su oficina a buscar la pomada y ponérmela. Desesperada y dormida como estaba encontré todo en cinco minutos y redistribuí lo necesario, sin permitirme buscar el perfume que tantas ganas tenía de ponerme. Estábamos apurados porque teníamos que llegar a la quiaca esa tarde y yo había convencido a oki de llegar a dedo.
Nos plantamos en la estación de servicio y contrario a mi pronóstico tardó más de dos horas un camionero en llevarnos. Como en casi todas mis experiencias, nos levantó el mejor que nos podía tocar. Era un boliviano que había vendido el lote que había heredado y vivía en argentina hacía más de veinte años. Se había comprado un camión que él mismo manejaba y aprovechaba para viajar y conocer. Amo los camiones, si fuera por mí me movería sólo en ellos pero a veces no sale, le conté. A él también le encantaba llevar gente, porque le gustaba la vida de los viajeros y se arrepentía mucho de no haberse animado a hacerlo cuando se fue de Bolivia. Eran otras épocas, muy peligroso y no lo hacía tanta gente, me contó. Además nos explicaba todo, la agricultura y economía de la zona. Yo le conté la misma historia que le contaba a todo el mundo, cuando en mi primer viaje a la región me ofrecieron milanesa de llama como plato típico y me horroricé, y una chola muy irónica me preguntó si comía las empanadas de carne del mercado y cuántos kilómetros hacía que no veía una vaca. Se cagó de risa como todos.
El peor dedo de mi vida, el único medianamente malo, había sido hacía un mes aprox, con mis amigos los tucus desde tafí del valle a amaicha. Después de esperar más de tres horas al mediodía con el sol del altiplano achicharrándonos toda la piel y eufóricos de
insolación, un viejito lleno de pelo blancos en la cabeza y brazo y acento anglo, había parado su auto importado para preguntar para que lado quedaba cayafate. Yo le había indicado y mangueado, obvio. Medio desconcertado dijo que sí y subimos (como no puede ser de otra manera con todos nuestros petates desparramados y dos músicas distintas en dos celulares distintos en las manos). El señor nos miraba sobresaltado y asustado. Apagamos las músicas y se empezó a escuchar una como de misa que era la suya. El camino estaba lleno de curvas, subidas y bajadas y nos dijo que nos pusiéramos el cinturón de seguridad porque el peligroso y una vez él había tenido un accidente gravísimo. Y nos empezó a contar la historia, toda tétrica y macabra de cuando se le había muerto la esposa en ese accidente gravísimo. Lento, pausado, transpirado y macrabo. A nosotros nos daba risa porque estábamos bastante insolados, pero igual advertíamos su energía densa. Cada vez que había una curva se desintonizaba la emisora y hacía la música religiosa más tipo fúnebre. Lo peor fue cuando contó que le había puesto gas al auto importado y no tuvimos más dudas de que estábamos en manos de un desequilibrado. Cada vez que la tucu y yo, que íbamos atrás, nos movíamos o nos decíamos algo, él disminuía la velocidad, se daba vuelta para mirarnos a ver qué hacíamos. En las bajadas apagaba el motor, porque creería que así economizaba. Cuando se empezó a quedar sin gas, en vez de pasarlo a nafta, siguió prendiéndolo y apagándolo hasta llegar a una estación. Al tucu le contó la historia de su vida y de qué mal la había pasado en todas las enfermedades que había tenido, porque era hombre, motivo por el cual el tucu se convirtió en su defensor cada vez que la tucu y yo nos acordábamos y nos cagábamos de risa. Las demás todas buenas experiencias, como la de este señor que nos fue contando sobre Bolivia mientras nos acercábamos a ella.
Nos dejó en un cruce entre nuestra ruta y la que lo llevaba a su mina de carbón. Pero antes nos habñló maravillas de Potosí (su ciudad) y del tío, que es quien acompaña y protege a los mineros que lo tributan. Nos contó que la primera vez que había vuelto a saludar a su familia, una noche vio una luz dorada vertical, desde el piso hacia arriba en el cerro y se asustó. Al día siguiente contando y preguntando, le habían dicho que era un señal del tío, que lo había elegido para mostrarle donde había oro, que sólo él lo veía; que debía ir con su tributo (chupi y coca) dejárselo y poner una señal, al día siguiente ir solo y sacar el oro. Nuestro amigo manifestó que ni en pedo entablaba amistad con el diablo y mucho menos por su oro, asique nunca más había mirado ese cerro de noche. Yo estaba más que maravillada con semejante historia y quise ver que le pasaba a oki, pero este estaba inmutable detrás de sus anteojos, miré por abajo y dormía el culeadazo. Nos despedimos, yo le quise regalar una de las billeteras recicladas que hago o un dibujo en agradecimiento, pero ni aceptó ni me dejó que se los enseñe siquiera.
Varados en tres cruces estuvimos fácil cuatro horas, odiados, en frente del puesto de gendarmes que revisan a todo el mundo que toma esa ruta en una u otra dirección (desde o hacia Bolivia). Nosotros fuimos un caso especial y creo que los desconcertamos. El camión nos dejó a unos metros hacia la derecha paralelo a su puesto y de alli caminamos hasta dos o tres pasando su puesto y creo que no supieron si les competía revisarnos o no, por eso no nos dejaban de mirar. Yo me acordaba la primera vez que había estado en ese control con mi amiga la fotógrafa de pelo fuxia y del gendarme que se le había dado por revisarle uno por uno sus miles de rollos mientras se hacía el simpático; y agradecía la confusión y nuestra libertad.
Cuando empezamos a vivir la hora número cinco sin que nadie nos levante en esa ruta desierta para llevarnos a la quiaca, le informé a oki que ya estaba harta, que iba a sacar mi perfume y jugar un poco con las cosas que había estado esperando. Oki asintió y abrió su mochila también. Yo encontré mi perfume y él encontró el de él, boludeamos un rato y los intercambiamos, ambos nos pusimos los dos mientras los gendarmes nos
miraban y buscaban algo para decirnos. Ya nos habían hecho cambiar de lugar dos veces y a mi me habían dicho que me sentara más alejada de la ruta. Con oki planeábamos trampas para matarlos sin dejar huellas. Después del perfume saqué los libros, después los lápices de colores y el cuaderno de dibujar, cuando me aburrí las dos remeras para hacer cambio de vestuario si quería; me sentí transpirada y desarmé toda la mochila hasta encontrar las toallitas húmedas de limpiarle el culo a los bebes, me lavé la cara con eso y le ofrecí una a oki que le encantó la idea. Solo cuando me faltaba sacar de la mochila las ojotas, la toalla, el snorkel y la hamaca que llevó para cuando llegue al caribe y quizá la pollera hindú, a lo lejos se vio un micro. Lo paro? Dijo oki, ansioso por irse. Yo pago diez le dije, e incrédula de que iban a hacer semejante descuento empecé a guardar con toda la paciencia del mundo; era como si jugara a que nos iban a descontar tanto y llevarnos después de cinco horas de nada. En menos de un minuto me hizo seña de que nos íbamos, y yo tenía todo TODO TODO TODO desparramado, que con el pánico esénico, la gente que apuraba desde arriba, los choferes que estarían cansados y querían llegar, los gendarmes que miraban, el bus estacionado en el medio de la ruta, la curva a unos metros, TODO parecía el triple, no me entraba en la mochila, estaba nerviosa y torpe y sentía más sueño que nunca. Oki me ayudaba y yo no podía retener que guardaba él y que guardaba yo, fue un caos. Cuando subimos nadie parecía enojado y agradecí a mi paranoia que hubiera creado semejante realidad paralela en mi cabeza, porque entonces yo ahora tenía una buena noticias.
Mejor que el precio, la buena onda colectiva y el calorcito del bus, fueron los asientos. Eran como sillones, alcochonados y reclinables. Nosotros veníamos de 15 días en carpa, peregrinación de por medio. Me puse la música en el mp3 y me quedé dormida escuchando música como tanto me gusta hacer (costumbre que me va costando ya tres auriculares rotos en lo que va del viaje, porque parece que los aplasto) y amando ese momento. Al instante siguiente me despertó oki (una vez más) con el cuento de que habíamos legado, que nos habíamos pasado y estábamos en el taller de la empresa y que mi celular no paraba de sonar. Fue horrible salir de ese sueño divino que estaba teniendo con una canción hermosa, para tener que hacerme cargo de mi mochilota toda mal armada y pesada, de encontrar la terminal y de los 500 mensajes de los chicos contándonos todos sus contratiempos y preguntándonos dónde estábamos que había recibido al entrar en la ciudad. Llegamos a la terminal y encontramos a los pos antes de que pudiera siquiera contestar un mensaje.
Nos abrazamos, nos besamos, gritamos, saltamos, alguno de nosotros le pisó un bulto a una chola y casi se arma. Fuimos a dejar las cosas a un lugar que habían encontrado los chicos donde todas las mujeres que se dedican al negocio de pasar ropa usada por las fronteras se reunían. Era un rectángulo como de tres por seis, había fácil 40 mujeres con unos bolsones enormes (muchas cholas pero no todas), una que dirigía, contaba prendas y pagaba y su hijo (único hombre hasta que llevamos nosotros) que oficiaba de perrito faldero. La dueña del negocio es esa, dijo pum que por estar medio deshidratado de lo apunado que estaba no se movía de la sala hacía rato; es una chola devenida en manta polar, y fue genial. Una vez más, cada uno contó su versión de las horas que habíamos pasado separados y nos felicitamos por el reencuentro. Ahí empezaba la odiada tarea, después de todo lo que habíamos pasado durante el día, de ver cómo eran los hospedajes de uno u otro lado de la frontera y decidir donde pasábamos la noche y ver cómo hacíamos con el cambio.