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sábado, 16 de junio de 2012

Peregrinación segunda parte, el interés de los sacrificados ex victimas y nuestro glorioso abandono del evento.


De la nada nos vimos hablando de los momentos duros de la vida de cada uno y estuvo buena esa conexión. Se apareció un personaje que habíamos conocido la noche anterior en el negocio familiar, que nos buscaba con un termo de mate para invitarnos si no teníamos. Nos sentimos contentos y disfrutamos muchísimo del momento. Se hizo de noche y se fue nuestro amigo el porteño solidario, pero nosotros decidimos quedarnos bastante más para descanzar lo suficiente del aglutinamiento de la cumbre del cerro. Empezaron a bajar las nubes y nos rodearon. Esos momentos fueron mágicos, porque en las fotos salía como su humedad ocupaba espacio y eran impresionantes los cambios de temperatura cuando nos atrapaban. Nos fuimos finalmente porque no resistíamos más el frío.
Tomamos mate mirando las bandas que seguían tocando, peleándose por el espacio sonoro, todas al mismo tiempo (150). Cuando ya no teníamos más mate, ni calor, ni onda para seguir poniéndole a la situación, se apareció la banda de talleres con una botella con un líquido naranja. ¿Quieren esto para el frío? Sí,  que pregunta. Es jugo con alcohol etílico. Era fuerte, pero no más que el frío y el panorama (no habíamos conseguido donde pasar la noche). No sé en qué momento del ritual habrá sido, pero se empezaron a ver fuegos artificiales y toda la gente se conmovió mucho. Entonces yo comenté que la próxima vez que subiera (ya había descartado hacia  más de 24 hs. subir al año siguiente, asíque el otro o el otro) iba a llevar fuegos artificiales como manera de poder hacer yo también algo lindo por esa gente que hacía ese evento lindo que yo disfrutaba. A todos les pareció muy bien, pero me aconsejaron pedirle algo a la virgen a cambio. Yo no lo quiero hacer por la virgen, sino para la gente; es para devolver, no para pedir. Igual tu puedes pedir un deseo y la virgen te lo concibe. Y ahí empezaron todos a contar sobre los plasmas y los autos o motos que le pedían a la virgen, y me generaron ganas de hablarles de espiritualidad no material que fue lo que más rabia me dio.
Después apareció una banda con gente que también cantaba, es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente. Y lo que hasta ahí me había parecido algo de los más noble y bueno en tanto gente que sube y baja su cerro pidiendo deseos y agradeciendo me empezó a parecer una mierda. Yo siempre había valorado esos momentos de las tradiciones religiosas, quizá por lo curioso de los rituales o porque se presentan sin tantas restricciones o culpas.  Pero me empecé a acordar todas las veces que nos habían dicho que sin fe no se lograba, y me imaginé que cada vez que yo sentía que no podía y lo seguía intentando porque quería ver el ritual que hacía esa gente, ellos pensaban que le daban ese sacrificio a la virgen para que les diera su vento 0km. Me dio más repulsión que nunca la iglesia con toda su hegemonía aplastando la inocencia de la gente, que le pedía bienes de consumo importados. Pensé en toda la energía de esas 150 bandas con mínimo 12 integrantes y máximo 130, más las 1500 carpas con 4 personas   cada una, más los que estaban sin carpa como oki y como yo, en todo el esfuerzo por subir, las pocas horas de sueño, la música constante, cíclica, ritualezca, casi militar, y entendí al verlo de manera tan evidente que así se frenan revoluciones.
Por suerte ese momento estuvo mechado con historias de la cancha y de la barra de Jujuy defendiendo su localía más allá y contra la institución que regula el futbol de esa categoría provincial y la policía, asíque zafó y esa reflexión pudo esperar, porque en un primer momento me quise ir del evento esa misma noche.
Tomamos seis botellas con ellos, hasta que nos dimos cuenta que si nos daban ganas de hacer pis en esas condiciones, el remedio sería peor que la enfermedad (no voy a hablar de lo que eran los baños). Nos invitaron a dormir en su casita de su banda, pero yo no quise saber nada con su machismo etílico libidinoso, ni oki con las relaciones de competencia entre machos alcoholizados. Asíque agradecimos y les dijimos que mejor dormíamos en la iglesia. Apúrense que ya debe estar llena. ¿Qué? La puta madre. Lo único que no me gusta de viajar es adaptarme en cuanto a horarios, porque esto debió ser a las diez de la noche como tarde y con la mayoría de la gente durmiendo ya.
Efectivamente la iglesia estaba llena ya y como no podía ser de otra manera, no nos dejaron pasar. Asíque nos acomodamos en el único lugar que quedaba en la antesala, al lado de la puerta abierta. Un señor con un olor horrible se acostó al lado mío durante la noche, pero a la mañana siguiente ya no estaba. Muy, muy temprano y todavía de noche se empezaron a escuchar las bandas, mezcladas con música de misa y un cura con micrófono que después nos enteramos que bendecía a la virgen porque la iban a bajar. Salió la gente, salió el cura con su micrófono y su discurso de soy un cura bendiciendo una virgen, y después salieron unas viejas de lo más mandonas a decirnos que nos fuéramos, porque ellas (que se creían elegidas por el honor de la tarea) tenían que limpiar. Yo recordé todas las guarradas que había pensado hacer la primera vez que había escuchado eso de pasar la noche dentro de una iglesia en la punta de un cerro, lo comparé con lo que de verdad había pasado y odié esa tendencia que estaba tomando mi viaje a sorprenderme tanto en cuanto a la distancia entre mis fantasías y la realidad. Las hijas de puta se pusieron a barrer antes de que nosotros nos levantáramos y el odio que me corrió por el cuerpo imaginándome respirando ese polvo me sirvió para levantarme.
Tomamos mate y comimos algo en la plaza mientras amanecía  entre los cerros y volvía a aumentar el frío, tratando de prepararnos para el evento principal: se habían sorteado puestos (postas) a lo largo del camino, cada banda esperaba en su lugar a que llegaran las Señoras que iban bajando con la virgen. Cuando la virgen llegaba esa banda iba tocando con ellas hasta la siguiente posta. Así 150 veces. Además la bajada era placentera, nos habían dicho todos, y yo no veía la hora de pasar casi corriendo y fumando por el camino que tanto me había costado subir.
Con oki teníamos la rara sensación de que lo peor ya había pasado, no había que hacer más sacrificio físico y ya había descansado como para disfrutarlo; pero ya estábamos hartos de los sikuris, de las bandas y de tanta adulación a la virgen por virgen. Nos empezábamos a sentir mal por ser parte de todo eso y ya no cabía una mirada ingenua.
Empezamos a bajar con mucha facilidad, pero sin la alegría que esperábamos. Yo miraba a las familias que bajaban con sus carpitas y me daba rabia que hubieran subido con sus hijos y que les estuvieran enseñando eso. Quería preguntarles qué modelo de celular inteligente le habían pedido a la virgen, en vez de reclamarle al gobierno cloacas, agua potable, gas, que saque las mineras, que proteja los recursos, obras para que las crecidas de los ríos no sepulten los pueblos, escuelas u hospitales para las localidades chicas de la zona, movilidad, y todo lo que no sé que necesitan. Y ya no pude diferenciar entre la institución que saquea y las víctimas que lo permiten y legitiman con rituales como ese. La institución es la gente que la conforma.
Seguimos bajando a nuestro ritmo, alejándonos de la multitud cuando queríamos y volviendo cada tanto. No estuvo bueno no poder disfrutar del evento principal que era la bajada con música, pero nos sentimos muy bien de fugarnos del evento religioso cuando lo consideramos y de decirle a toda la gente con la que hablamos de ese momento en adelante que sí lo habíamos logrado sin fe y que no nos parecía nada bueno ni admirable ni la cultura del sacrificio, ni sacrificarse para que la virgen les haga un favor, ni esforzarse por lograr ser victimas del cansancio y Mercer más ese favor, ni eso de que el que más sufre es el más bueno. Nadie nos contestó nada, y ese silencio que representaba el fin de las conversaciones sobre la virgen fue lo mejor de los tres días de peregrinaje.

martes, 22 de mayo de 2012

eso que todos deseamos


Apenas vi que un ojo me guiñaba la tierra, le pedi que a su antojo dispusiera de mi; ella me dio las llaves de la ciudad prohibida, yo todo lo que tengo, que es nada, se lo ofrecí.  Dicen que a veces San Pedro se apiada de los que lo saben encontrar y baja a abrirles durante unas horas las puertas del cielo para que sepan lo que es.
 Después de pasear diez días sola por el interior de la provincia de Catamarca intentando comprender las enseñanzas tucumanas y la selva catamarqueña que fue una sorpresa, planté una semilla y le pedí al universo según las leyes de Deeprak Chopra conocer amigos para compartir todo eso.  Después de un baño y la religiosa siesta de todo norteño conocí a bill y bel, o bele y Billy camino al pueblo de Londres. Como no podía ser de otra manera con las amistades instantáneas, me invitaron a acampar con ellos en el Shinkal. Tomamos una cerveza para evaluar si de verdad seríamos amigos (con demasiada prisa tiende el solitario la mano a aquel con quien se cruza, y yo quiero que tus manos tengan también garras, me había dicho Zaratustra). Aprobamos en medio de corridas al bus, arrastradas de carpa, imposibilidad de devolverle el envase a la sra. y quien sabe cuantas cosas más. Enseguida nos entendimos con muchas rizas y bizarreadas, pero sin falta de charlas sobre el universo, la energía y todo lo que nos había unido. Bel estaba enamorada del oleo de un hombre con sombrero, bill con ganas de elegir mejor a su próximo amor y yo me identificaba con ambos; vacacionaban descansando en el noa de su vida en la ciudad.
Pasamos una semana acampando, cocinando a leña, bañándonos en la pileta del camping, recorriendo las míticas ruinas absorbidas por la selva y charlando; charlando mucho. Los dos creían en la energía; bel más mística, bill más computarizado y yo con muchas ganas de entender lo que no se ve del mundo, pero muy ateisima también. Y pasábamos horas de conversación en torno a lo mismo hasta que siempre se llegaba al mismo punto: bill decía que si se tiraba de un precipicio se moría y con bel no podíamos hacerle entender que eso era lo que le habían enseñado, que no tenía pruebas de que así fuera, que había mil posibilidades de que pasara otra cosa sumadas a todo lo que no podíamos imaginarnos todavía. Y de ahí pasábamos al miedo que nos impide ser más libres, a toda nuestra sociedad edificada sobre engendrarnos miedo para obedecer sin transgredir. En  la suma de todos los miedos que pone los límites a nuestras relaciones, haciéndonos esclavos de las diferencias que nos separan y fanáticos de esas separaciones. Todo lo que podríamos amarnos si no nos tuviéramos miedo.
Siempre valoré los miedos sobre los estados de angustia, porque el miedo tiene caras y nombres y se los puede enfrentar; mientras que la angustia, la tan conocida angustia existencial no pasa de ser un agujero como me dijo una vez la psicóloga, alrededor del cual poner palabras pero nunca desde adentro. La angustia es contemplativa paralizante y miedo, para los que nos gusta superarnos, es motor si uno tiene esa vocación.
Es muy lindo imaginar como seríamos sin tantas restricciones, si esta sociedad no nos hubiera puesto tantos limites en cuanto a los deseos y la manera de percibir las cosas. Imaginar una realidad como movimiento y tránsito con una mayor integración de uno con la Pacha y unos sentidos más participativos.  Y pensábamos en sociedades sin tanta exclusión de los muertos o enfermos que los conciben entre ellos caminando en otra dimensión, en las que lo negativo formara parte del ser feliz de ese momento y de siempre. Con otra concepción del tiempo también en la que todos los instantes estén presentes para dar realidad a ese segundo, que solo es posible por todos sus antecedentes fundadores y presentes aquí, ahora y mañana.
Cuando uno comienza a charlar sobre lo que le molestan los límites, lo que haría sin ellos surge sin más y todo fluye. Durante las noches contemplábamos las estrellas y nos era posible imaginar que estaban en tránsito como todo lo demás, y que los flujos de energía viajaban de una hacia otra, felices. Intermitentes, recorriendo el espacio y formando sus constelaciones. ¿Nos sería posible ver esas constelaciones de manera tan clara alguna vez? Y veíamos miles de estrellas fugaces y les pedíamos como único deseo seguir viendo por unos instantes más su cola brillante en el cielo oscuro.  Porque si  vamos a desconfiar de la percepción hay que desconfiar de su tiempo e intensidad también.
Bele contó que entre todo lo que había leído sobre la Pacha, había seres que habitaban en los árboles, en las plantas, en la tierra y en las piedras.  Y que estaban todos en tránsito constante, sin detenerse y sin tiempos. Describió la estética de estos seres, autóctonos, precolombinos y diabólicos. Pero lo maravillo de esos momentos era que los imaginábamos de manera integrada, concientes de que esos seres estaban, estuvieron y estarían siempre presentes en la realidad, solo que formaba parte de nuestra cultura tenerles miedo o rechazo. Deseamos que sabiduría de esa concepción nos acompañara más allá de esos momentos.
También fantaseábamos con cuatro luces energéticas  verde, roja, amarilla y azul  que transitan por el contorno de las personas dejando su estela de luz atrás, delimitando su figura. Queríamos más conexión con la tierra y la vida e imaginábamos eso como sentir en nuestro interior el retumbe cada vez que alguien caminaba, escuchar el viento y los sonidos de los colores, verle el aura violeta a los perros y sentir el sol.
Una noche en uno de nuestros fogones mientras esperábamos la comida, volvimos a la discusión de siempre y bill dijo que por más de que consiguiéramos convencerle, si él tiraba su palo de caminar al suelo no se iba a iluminar el lugar;  justo pasó uno de los perros detrás de él y le golpeó el codo haciendo que suelte el palo, y el palo cayó sobre el botón de la linterna y esta se encendió iluminado la noche, como bill había jurado que sería imposible. Nos reímos y le pedimos por favor que con esa prueba se terminaran tantas discusiones en torno a lo mismo, el tiempo dirá si así sucede, pero el horrible gusto a espárragos quemados de la sopa de bele nos acompañó unos cuantos días.