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domingo, 27 de mayo de 2012

corrupción del noa, responsabilidad de viajeros.


Yo me había enamorado de la provincia de Tucumán y su gente en 2007, junto a viajar con amigos. Volví en 2009 para conocer la región y renové el romance. Me fascinó tanta mirada pura y a los ojos, tanta sorpresa de la gente por nuestro mundo, preguntas y miradas observadoras (yo viajaba con una finlandesa y otra amiga con el pelo fuxia). Cada vez que llegábamos a un lugar las personas nos daban la bienvenida y nos decían que se sentían honrados con nuestra presencia; que esa era su tierra, que la amaban y querían mucho, que por favor la tratáramos con respeto. Yo sentí vergüenza por la manera en que se trata al turista en mar del plata. Todos me dijeron cuando volví y les conté que era otra clase de turismo con otra clase de gente. Tuve miles de charlas sobre eso y con algunos llegué a consensuar que era un ida y vuelta, esa como todas las relaciones, junto con el compromiso de intentar pensar distinto a los viajeros que nos visitan en temporada e intentar tratarlos diferente, porque nadie puede decir que no es emocionante encontrar a alguien que llega a su ciudad a conocer el mar.
La informalidad, la comida callejera, su pasión por el vino patero y el folklore; humitas y tamales, chicha; la manera de tratarnos, los relatos sobre su vida y el lugar. Ellos realmente nos compartían los momentos que pasábamos juntos con una entrega total de lo que les pasaba por dentro. Hospitalidad, honestidad y desinterés, por más de que más de uno vivía todo el año con lo que sacaba en temporada. Amor por su tierra e historias de sus abuelitos ahicito nomas. La humildad con la que nos interrogaban y nos escuchaban. Todo eso y mucho más llegó a su máxima expresión cuando entré con toda mi inocencia a las ruinas de la fortaleza de los Quilmes.  En mar del plata hay un equipo de básquet que se llama igual en su tributo y al cual fui a ver durante tres año casi sin faltar en una época muy difícil de mi vida. Fue impresionantemente conmovedor sentir la sangre que corría por las laderas de aquella montaña y de todo el valle. La historia de que mis amados kaktos eran un grupo de Quilmes que se había escondido para atacar cuando los otros le dieran la señal en la última batalla contra la invasión española y como mataron a los guerreros que debían avisarles, ellos se quedaron esperando sin que nadie los llame o valla a buscar durante días, comprendiendo que todo su mundo había sido masacrado. Entonces la pacha se apiadó de ellos y los convirtió en kaktos para que pudieran seguir en su tierra y protegiendo su valle eternamente. Y pensar que a los que sobrevivieron los llevaron caminando a buenos aires para exponerlos en un museo hasta que ellos decidieron dejar de procrear para autoextinguirse. Y pensar también que en las ruinas de Quilmes fue el único lugar donde vi catalogada la colonización inka como invasión.
Me alegré muchísimo de que estuviera de moda el viaje a la zona y que tantos europeizados como yo tuviéramos oportunidad de estar ahí.  Escalarla, imaginarlos, al ritmo de las canciones de la cancha y en su ejemplar resistencia; en los nuevos abusos sobre sus ruinas cometidos por la junta militar que durante la dictadura reformó la estructura, destrozándola, para quitarles puestos de trabajo a sus descendientes como guías del lugar y a nosotros nuestros orígenes. Esas lágrimas, esas olas de emoción en la espalda y el sol del altiplano consolándome, son lo que me trajeron de vuelta acá, ahora, para decirles a todos ellos que si viajamos tanto para conocer y aprender su cultura , no están tan muertos, ni los inkas ni los españoles ganaron tanto, ni la puta junta militar. Ahí sentí que esa ebullición en la sangre y en el pecho eran mi ser latinoamericano  y que nunca mas quería vivir en ese occidente tan acartonado y pecho frío. Saubí hasta la cima (bajo mi propia responsabilidad y riesgo, porque las ruinas no son subvencionadas por ningún gobierno y no tienen seguro) y les prometí volver, una y mil veces.
Para mi el noa era todo eso, mas los miles de pueblos que  no había llegado a conocer ese verano, más los relatos de los viajeros más intrépidos que yo.
En amaicha me fue bien, Catamarca me sorprendió, pero ya en cafayate nos trataron sin esa hospitalidad ni simpatía, en salta me quisieron cagar y en Tilcara la sra. de la terminal no me había querido ayudar a recuperar mi mochila con planes de quedársela. Tenía ruido adentro, pero también sueño que siempre me pone de mal humor, asique opté por la siesta ni bien llegué. Entre una cosa y otra duré en Tilcara quince días y ahí tuve oportunidad de investigar.
La gente del pueblo, sobre todo los que tenían comercio, en su mayoría maltrataban y bastante más al foráneo. Los de los hostels eran casi todos no nacidos en el noa, o sea capital de afuera que iba a aprovechar el auge turístico, muchos europeos. Los precios de los hospedajes habían subido muchísimo, desapareciendo las opciones ultraeconómicas que yo había usado con tanto placer. Inflación y crecimiento del pueblo como lugar turístico, bueno, declarado patrimonio de la humanidad, blablá.
Me había gustado mucho también de mi primer viaje que había y ese apoyo mutuo entre norteños que intuí. Los tucumanos veraneaban en Tilcara por ejemplo. En este viaje no hubo mucho de eso y en su lugar gringaje. Yo siempre había sido de la idea de no subestimar extranjeros, porque son personas y porque vienen de muy lejos a conocer, una mínima chance se merecen por mas de que odiemos a los yankies. Los dos o tres extranjeros que yo había conocido en mi primer viaje al noa se transformaron en veinte franceses viviendo en el pueblo para mamarse todos los días, maltratar a y menos preciar a la gente del lugar  y otros muchos tantos gringos de distintos lugares que llegaban soberbiamente a diario. Obvio, también los hubo humildes y respetuosos del lugar y su gente, capaz mucho mas sabiondos de todo eso que yo.  También se sumaban muchísimos citadinos que dejando la urbanización atrás se habían comprado una parcela en las sierras. Ellos eran despreciados por los lugareños, que a su vez eran ignorados por los excitadinos. Turbio para la idealización con que yo había llegado. Bastante horrorizada ya, interrogué a un tilcareño de mi edad que había sido viajero cósmico mucho tiempo. Manifestó que los lugareños que trataban mal a la gente eran unos boludos que todavía no entendían que a mejor trato mayor propina. O sea, yo viajera soy para vos una moneda. No, no, bueno vos no porque estas de hipie, losa extranjeros o las flias de buenos aires. Tuve miedo de que esperara algún tipo de pago por la charla y lo odié por ser parte de lo que yo había amado.
Fui dos veces a las cuevas de waira (viento) que son un rastro de aquella cultura entre los cerros. Las dos veces sin guía porque con mis grupos nos gustaba más llegar solos a un lugar que la excursión armada y porque cuanto menos dinero se usa uno menos se corrompe.  En la segunda nos paró un señor, preparándonos para que nos sentáramos a charlar. Los uruguayos casi si lo morfan y fue una sorpresa para mi que hayan resultado tan enojones y pocas pulgas.
Yo represento a la comunidad. ¿a qué comunidad? A la de la zona. Ustedes vienen de la ciudad y no entienden, la pachamama es todo y somos todos; aca respetamos a las piedras, a los ríos y a los cerros, porque todo es la pacha. Ustedes vienen de la ciudad y están acostumbrados al consumo, a que no les cueste más conseguir las cosas y a no dar nada a cambio. A mi cultura la saquearon los españoles (en Jujuy si fueron colonizados por los inkas y no lo consideran saqueo o invasión) después los comerciantes y ahora los turistas. Este cerro es nuestro y nos tienen que pagar para pasar. Todos nos solidarizamos con las victimas, pero a nadie le guta que lo traten de invasor, usurpador, saqueador o boludo incapaz de conocer a la pacha. Además nos prepeaba con darle algo a cambio. Yo que soy bastante psicópata cuando lo necesito, porque me consta que funciona a las mil maravillas, le di la razón en todo y le di mis condolencias por las faltas de respeto que seguramente habían sufrido, pero le confesé con vergüenza que habíamos salido a la expedición sin dinero porque nadie nos había dicho, y que rabia la poca información sobre su cultura y su cerro. Los porteños lo putearon y los uruguayos mas, tanto que pensé que se agarraban.
Bueno, me tienen que dejar algo si quieren pasar (si eso no es un robo que es?) porque ustedes los de la ciudad no valoran la posibilidad que tienen de conocer todo esto que para nosotros es sagrado y nunca quieren dar nada a cambio por lo que tienen. Se  paró el uruguayo más grandote y yo pensé que llegaba el desenlace; pero no, el lugareño que ni siquiera nos había sabido decir el nombre de su comunidad, era terco y obstinado, pero quería plata, no un golpe. Volvemos a estar de acuerdo, dije yo para tranquilizarlo, a mi siempre me gusta devolver todo lo maravilloso que recibo, casi siempre planto las verduras que consumo o sus semillas. Si todos, obvio, dijeron los demás artos de que nos traten de boludos. Te dejo mi botella de agua que es lo más preciado que tengo en este momento. No, no, yo agua tengo y puedo conseguir. Ah! Bueno, la naranja. Quería plata el hijo de puta. No tampoco. Y que puede ser? Plata, para pasar tienen que pagar. La coca será muy sagrada y natural, pero también tiene sus efectos violentos y agresivos. Le dimos una camperita de algodón que nos habíamos encontrado tirado por el camino y nos dejó pasar. Una vez en la cueva nos cruzamos con otros guías pero ninguno se mostró tan violento ni agresivo, aunque supimos que eran de la misma comunidad.
Hasta aca nada que no se pueda intuir sobre las consecuencias del progreso en un lugar noble, pero lo que yo queiro preguntar es la responsabilidad de nosotros los viajeros sobre que eso pase. Que los gringos irrespetuosos tengan que ver directamente sobre el maltrato de las sras. de las tiendas, obvio. Pero me planteo la culpa que tengo yo ¿qué derecho tenía a idealizarlos de semejante manera, de recomendarle a todo el mundo que los valla a conocer? Siento que arruinarle la vida al pobre de Maradona no nos bastó  y no aprendimos aun que endiosar algo o a alguien corrompe, lo corrompe y nos corrompe. Pienso también en todas las veces que me dijeron que era linda o inteligente y me hartaron tanto que me esforcé mucho en ser lo contrario. No se, boca abierta.
Es difícil el tema para los que preferimos estar en lugares chicos y no urbanizados  en los que no nacimos, porque nuestra presencia ya es crecimiento turístico y el germen de que se lo urbanice después y se corrompa. En México estuve en un pueblo que vivía de cobrarle a los gringos esa precariedad. Una noche en una cabaña en Tulum sin luz y sin gas salía mas caro que un old inclusive en cancun. Es un ejemplo, no estoy para nada de acuerdo con preservar los lugares usando como filtro exclutorio el dinero.
Obviamente en la zona había mucha menos pobreza que en mis primeros viajes  y estuvo buenísimo que así sea, pero yo sentí que esa gente ya no era feliz con solo su valle y fruta de estación. Quizás ahora sentían que les faltaba todo lo que les habíamos mostrado que existían en nuestros viajes (no hablo de un celular, sino de comer galletitas todo el día). Me pregunté si me había llevado todos los elementos por los que los idolatraba y les había dejado escuchar música en el celular todo el tiempo y comer galletitas a cada rato; o qué de ambición y envidia para querer cobrarte de ma´s. pero me angustiaba mucho más manera que yo había tenido de relacionarme con ellos, porque para mi había sido muy noble expresarles mi admiración y el honor de que me recibieran de esa manera. No pude encontrar el momento en que se hubieran cagado las cosas, o eso que no volvería a  hacer sabiendo las consecuencias. Lo único que se me ocurre es proponer una reflexión sobre nuestra responsabilidad con esas cosas, con no corromper gente o pueblos cuando viajamos, con no idealizar. Y me molesta mucho que no se me ocurra algo más. 

martes, 22 de mayo de 2012

eso que todos deseamos


Apenas vi que un ojo me guiñaba la tierra, le pedi que a su antojo dispusiera de mi; ella me dio las llaves de la ciudad prohibida, yo todo lo que tengo, que es nada, se lo ofrecí.  Dicen que a veces San Pedro se apiada de los que lo saben encontrar y baja a abrirles durante unas horas las puertas del cielo para que sepan lo que es.
 Después de pasear diez días sola por el interior de la provincia de Catamarca intentando comprender las enseñanzas tucumanas y la selva catamarqueña que fue una sorpresa, planté una semilla y le pedí al universo según las leyes de Deeprak Chopra conocer amigos para compartir todo eso.  Después de un baño y la religiosa siesta de todo norteño conocí a bill y bel, o bele y Billy camino al pueblo de Londres. Como no podía ser de otra manera con las amistades instantáneas, me invitaron a acampar con ellos en el Shinkal. Tomamos una cerveza para evaluar si de verdad seríamos amigos (con demasiada prisa tiende el solitario la mano a aquel con quien se cruza, y yo quiero que tus manos tengan también garras, me había dicho Zaratustra). Aprobamos en medio de corridas al bus, arrastradas de carpa, imposibilidad de devolverle el envase a la sra. y quien sabe cuantas cosas más. Enseguida nos entendimos con muchas rizas y bizarreadas, pero sin falta de charlas sobre el universo, la energía y todo lo que nos había unido. Bel estaba enamorada del oleo de un hombre con sombrero, bill con ganas de elegir mejor a su próximo amor y yo me identificaba con ambos; vacacionaban descansando en el noa de su vida en la ciudad.
Pasamos una semana acampando, cocinando a leña, bañándonos en la pileta del camping, recorriendo las míticas ruinas absorbidas por la selva y charlando; charlando mucho. Los dos creían en la energía; bel más mística, bill más computarizado y yo con muchas ganas de entender lo que no se ve del mundo, pero muy ateisima también. Y pasábamos horas de conversación en torno a lo mismo hasta que siempre se llegaba al mismo punto: bill decía que si se tiraba de un precipicio se moría y con bel no podíamos hacerle entender que eso era lo que le habían enseñado, que no tenía pruebas de que así fuera, que había mil posibilidades de que pasara otra cosa sumadas a todo lo que no podíamos imaginarnos todavía. Y de ahí pasábamos al miedo que nos impide ser más libres, a toda nuestra sociedad edificada sobre engendrarnos miedo para obedecer sin transgredir. En  la suma de todos los miedos que pone los límites a nuestras relaciones, haciéndonos esclavos de las diferencias que nos separan y fanáticos de esas separaciones. Todo lo que podríamos amarnos si no nos tuviéramos miedo.
Siempre valoré los miedos sobre los estados de angustia, porque el miedo tiene caras y nombres y se los puede enfrentar; mientras que la angustia, la tan conocida angustia existencial no pasa de ser un agujero como me dijo una vez la psicóloga, alrededor del cual poner palabras pero nunca desde adentro. La angustia es contemplativa paralizante y miedo, para los que nos gusta superarnos, es motor si uno tiene esa vocación.
Es muy lindo imaginar como seríamos sin tantas restricciones, si esta sociedad no nos hubiera puesto tantos limites en cuanto a los deseos y la manera de percibir las cosas. Imaginar una realidad como movimiento y tránsito con una mayor integración de uno con la Pacha y unos sentidos más participativos.  Y pensábamos en sociedades sin tanta exclusión de los muertos o enfermos que los conciben entre ellos caminando en otra dimensión, en las que lo negativo formara parte del ser feliz de ese momento y de siempre. Con otra concepción del tiempo también en la que todos los instantes estén presentes para dar realidad a ese segundo, que solo es posible por todos sus antecedentes fundadores y presentes aquí, ahora y mañana.
Cuando uno comienza a charlar sobre lo que le molestan los límites, lo que haría sin ellos surge sin más y todo fluye. Durante las noches contemplábamos las estrellas y nos era posible imaginar que estaban en tránsito como todo lo demás, y que los flujos de energía viajaban de una hacia otra, felices. Intermitentes, recorriendo el espacio y formando sus constelaciones. ¿Nos sería posible ver esas constelaciones de manera tan clara alguna vez? Y veíamos miles de estrellas fugaces y les pedíamos como único deseo seguir viendo por unos instantes más su cola brillante en el cielo oscuro.  Porque si  vamos a desconfiar de la percepción hay que desconfiar de su tiempo e intensidad también.
Bele contó que entre todo lo que había leído sobre la Pacha, había seres que habitaban en los árboles, en las plantas, en la tierra y en las piedras.  Y que estaban todos en tránsito constante, sin detenerse y sin tiempos. Describió la estética de estos seres, autóctonos, precolombinos y diabólicos. Pero lo maravillo de esos momentos era que los imaginábamos de manera integrada, concientes de que esos seres estaban, estuvieron y estarían siempre presentes en la realidad, solo que formaba parte de nuestra cultura tenerles miedo o rechazo. Deseamos que sabiduría de esa concepción nos acompañara más allá de esos momentos.
También fantaseábamos con cuatro luces energéticas  verde, roja, amarilla y azul  que transitan por el contorno de las personas dejando su estela de luz atrás, delimitando su figura. Queríamos más conexión con la tierra y la vida e imaginábamos eso como sentir en nuestro interior el retumbe cada vez que alguien caminaba, escuchar el viento y los sonidos de los colores, verle el aura violeta a los perros y sentir el sol.
Una noche en uno de nuestros fogones mientras esperábamos la comida, volvimos a la discusión de siempre y bill dijo que por más de que consiguiéramos convencerle, si él tiraba su palo de caminar al suelo no se iba a iluminar el lugar;  justo pasó uno de los perros detrás de él y le golpeó el codo haciendo que suelte el palo, y el palo cayó sobre el botón de la linterna y esta se encendió iluminado la noche, como bill había jurado que sería imposible. Nos reímos y le pedimos por favor que con esa prueba se terminaran tantas discusiones en torno a lo mismo, el tiempo dirá si así sucede, pero el horrible gusto a espárragos quemados de la sopa de bele nos acompañó unos cuantos días.